mike burren
el callejón de los prodigios
rockabilly, cocina tex-mex divertida y picante, pósters ‘freak’ y serie b a raudales. mézclese, agítese y sírvase caliente: obtendrá un genuino ‘cóctel móngogo’

jesús f. salvadores
En Puerta Castillo, piedras viejas y engendros nuevos, se abre un arco de medio punto a modo de boca ansiosa y una vez traspasado el zaguán de su garganta se encargan de recibir al visitante estampados de leopardo, bolas de mil colores, exposición de bizarros tatuajes y carteles y afiches de películas imposibles: lo freak y lo rockero conviviendo sin complejos, música instrumental de los cincuenta y sesenta junto a nostálgicos iconos de serie B, todo ello cocinado con guacamole y envuelto en tortas de maíz.
De entre las fotos y los fanzines, y los muñecos y los pósters, y las mesas y taburetes customizados surge de pronto una especie de rey gaélico de luengas patillas, ojos cristalinos y camisa leñadora. Es Mike Burren, americano leonesizado que habla un muy suave, líquido castellano, y que pone fin a todos esos rumores que hacían bailar su nacimiento por la Commonwealth entera, desde Australia a Canadá. Es hora de confirmarlo, Mike nació en Long Island, en el Estado de Nueva York, en 1969, y fue niño silencioso siempre inmerso en la lectura de cómics y en el visionado de aquellos títulos setenteros de terror de baratillo, naves nodriza sujetas por hilos y monstruitos de ojos saltones. En la típica casa unifamiliar, los padres trabajaban el día completo y al pequeño Mike lo crió la tele de la época. La noche de los muertos vivientes , la saga de El planeta de los simios y en medio de la jungla VHS de los ochenta, Mad Max y compañía, aderezado con descargas de los Ramones, tremendo descubrimiento.
Facturaba Mike vídeos caseros, soñaba con estudiar cine y al final entró en la Universidad de Nueva York para cursar con beca Artes y Ciencias Sociales en un campus lleno de punkies y hippies . Antes de finalizar la carrera se lanzó a cultivar otra de sus pasiones, los viajes, unos por la Norteamérica profunda y luego a Londres en billete de ida, seis meses trabajando en bares y como ayudante de fotografía, pero se hartó del frío y marchó a recorrer la India y Nepal, cuatro meses y medio, disturbios, moscas y lepra. Regresó para completar la carrera y, sin poder parar, eligió como próximo objetivo Dublín, donde conoció a una avilesina, Pet, con la que acabaría formando pareja en amor y trabajo. Ambos planearon montar un bar diferente y, tras una etapa de año y medio en Tenerife como cocinero y alumno empeñado en aprender español, eligieron en 1997 León —buscaban una ciudad de tamaño medio y con universidad—, para afincar su Móngogo, primero en la calle Serranos y después de 8 años, tras el sombreado portalón del viejo Mesón Castillo.
Drácula contra Frankenstein , La marca del escorpión , Vudú sangriento , Callejón infernal , Zombi Holocausto , Los ritos sexuales del diablo ... contemplan a los comensales devorar las pesadillas y el daikiri de fresa. Paul Naschy y John Walters también miran. «No hacemos nada que no nos guste», declara entre Coronitas y tequilas este amante de León: «Como estadounidense, no me acostumbro a pasar junto a un edificio y saber que tiene casi mil años. ¿No os dais cuenta de que eso es increíble?».