María Fernández Díez
Si mueres, muere ‘farto’
Lleva 45 años al frente del mesón ‘La montaña’ de Barrios de Gordón y allí han acudido desde conocidos políticos a un Matías Prats «con el bigote helado». «Todos tienen boca, el pobre y el rico». Recuerda. Son famosos su arroz con morcilla, sus bollos preñaos y su colosal ‘aguisao’

SECUNDINO PÉREZ
María vio dos muertos a la vuelta de Campomanes, donde viviera con unos familiares durante parte de la guerra por ser Gordón frente de bombazos y saqueos («no se asusten, señoras», les avisaron, previamente, unos chicos que pasaban), y en «una campareta arimada a la carretera» estaban, cosidos a tiros, uno de ellos con los ojos muy abiertos, como cegado por una luz demasiado intensa. María vería más, por ejemplo yendo al monte a apañar casquillos de bala que luego vendían a los chatarreros; entre las escobas, aquí y allá, cuerpos pidiendo descanso. María recuerda muchas cosas de aquel tiempo negro, como marchar la mocedad a las cuevas de Las Fonticas («los mayores tenían menos miedo») para guarecerse de los bombardeos, y ver salir gente hacia el bastión del pico Fontañán a llevar en caballerías latas de conservas y chocolate a los allí resistentes. Pero lo peor para ella y su familia fue que « afusilaron » a su padre, minero, con tan sólo 25 años, y eso porque lo confundieron con otro, y —situaciones surrealistas de nuestra guerra— hasta vinieron luego a pedir perdón a la pobre esposa.
Al regreso de Campomanes estaban «todas las casas deshechas», rapiñadas y casi impracticables tras el paso de soldados y moros, y la familia, aquella mujer sola, ayudada por María, la mayor de los tres hermanos, tuvo que salir adelante a fuerza de arrancar patatas y lentejas, y de ir reuniendo ovejinas y una vaca, tremendo logro. María alternó escuela y pastoreo de cabritos, y a los 16 años marchó a León a servi a casa del arquitecto Miralles («una vez se fueron a París y me trajeron bolso, zapatos, abrigo… porque, ¡cómo les cuidaba yo a los niños!») y en el bar Cantábrico («con los primeros dueños, aquellos que tenían la fábrica de la sopa Trinidad»), y en La Pola con los Lozano.
No se sabe si fue de tantos esfamiaos y necesitaos como viera en su niñez, lo cierto es que el afán de María ha sido siempre dar de comer a todos. Pero comer bien, contundentemente, sin tregua, platos proteínicos y memorables que ayudan a ver la vida de un modo más calmo y más plácido. Aprendió a cocinar con madre, tía y abuela los ingredientes primarios de la época y a ellos sigue recurriendo una y otra vez. Por ejemplo, el su famoso aguisao («es una sopa de pan que llevaba huevos, bacalao, chorizo, morro, ¡lo que quieras echarle!, y se cuece todo junto»), el arroz con bacalao que se ponía por Navidad, los pollos de casa, el portentoso cabrito con deliciosas patatas asadas (el secreto de esas patatas es mayor que el de la Coca Cola), las patatas con costilla (celebra cada año unas jornadas en torno a esa rotundidad alimenticia) y unos inmensos bollos preñaos que causan tanta admiración como disfrute. Bollos de pan que amasa ella misma (y los gochos los criaba en casa, llegó a tener treinta) y que no vende, hay que consumirlos allí. «Hubo uno que veraneaba en Villamanín que porfiaba para que le vendiera una hogaza, y yo que no, así que la comió entera y la mujer lloraba: ‘¡Que te vas a morir!’, y él: ‘Bueno, pero si me muero, muero farto!’».
Fabadas, tortillas, frisuelos, descomunales cocidos, el comedor lleno, reuniones de juventud, de paisanos, de escopeteros… y de políticos (Zapatero, Martín Villa, el hijo de Tierno Galván), a todos servía María sin mirar medallas («la misma boca tiene el pobre que el rico»). Desde a Matías Prats —padre— que llegó a las cinco y media de la tarde de hacer un reportaje bajo la nieve («traía el bigote con escarcha») hasta a los jefes de centrales térmicas de toda España, que le dejaron 800 pesetas de propina («casi más que lo que costó la comida»).
Su mesón La Montaña —antes tenía tienda y había días que ni siquiera se acostaba, para hacer la comida se sigue levantando a las seis— cumple en junio 45 años, y aunque ahora hay que llamar antes de acudir (la viudedad de aquel marido que tanto la ayudó, los achaques...), sigue María hacendosa.
—Pero, ¿sigues haciendo tú el pan, y todo?— le preguntan.
—¡Y siembro el huerto!
María lamenta la caída tan grande y general de movimiento que tuvo lugar hace dos años («con Aznar bajaron los réditos, y mira, ha sido es la perdición de los pobres»), pero sigue al pie de los fogones («mientras tenga fuerzas y la pensión, ¡yo voy a continuar!»).
—No cierro porque esto es la vida mía.