Diario de León

josé luis campo villar

El eterno dependiente

Es el empleado de ferretería más veterano de León: 49 años tras el mostrador. En agosto se jubila dejando atrás muchos trasiegos, señoras que entraban pidiendo ‘perico’ y otros con taladros entre el pecho y la camisa

marciano

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Publicado por
Emilio Gancedo
León

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José Luis Campo será probablemente el único empleado de ferretería capaz de dar con cualquier pieza que se le solicite —por pequeña o grande que sea— con los ojos cerrados. Entre la jungla metálica y punzante de brocas, tuercas, alcayatas, martillos y azadas, José asiente ante la petición del cliente, aguza el serio mentón y se dirige derecho, como si tirara de él un bramante invisible, sin mediar duda ninguna, hacia el diminuto tornillín requerido. La causa hay que buscarla en que José es el más veterano dependiente del ramo en León —«hay otros dos pero esos se convirtieron en dueños, como yo no hay otro», defiende—, y en agosto se jubilará después de 49 años tras el mostrador de la ferretería La Cocina, que es la más antigua de la ciudad, doble añejada.

Nacido en el barrio de Santa Marina, tenía seis cuando toda la familia se mudó al barrio de la Inmaculada, a una de las ‘Casas del Aguinaldo’ que llamaron, las levantadas por el Ayuntamiento para familias humildes tras una sonada campaña navideña de recaudación benéfica, y destaca de aquellos años, ante todo, la gran solidaridad vecinal que reinaba en la barriada —todos colaboraron, por ejemplo, con pico y pala, a la traída del agua— y una agria rivalidad juvenil frente a sus congéneres de las Ventas que se medía pegando patadas al balón en partidos interminables o a base de batallas campales donde todos intentaban emular al héroe local, el boxeador ‘Pecholobo’.

A los 14 años se acababa la escuela impartida por broncos e ignorantes maestrillos militares («había que cuadrarse ante ellos», anota), y entró a trabajar de pinche en La Herramienta Industrial, recordado cartel del comercio leonés, seis meses de barrer y hacer recados hasta que el encargado le pilló un día liado a puñetazos con otro aprendiz («nada, por una chiquillada»), y cambió a La Cocina, donde dio «con una persona maravillosa, el señor Barrios», quien lo encarriló y lo ancló de por vida a este prosaico mundo de anaqueles y catálogos, a este exhaustivo laberinto niquelado. José repasa las ferreterías leonesas desaparecidas durante este tiempo (Pallarés, Ridruejo, Zarauza, Ardura, Los Valencianos, Hispano-americana) y rinde tributo a la figura de ese dependiente cortés que atiende, pregunta y aconseja, y deplora esas superficies «donde uno lo va echando todo al carro, te cobran, y adiós, ¿pero eso qué es?».

José ha colocado infinidad de tendederos y estantes metálicos en todo este tiempo, ha cambiado cerraduras y enrejados, bregando con cualquier elemento que contuviera alguna partícula de metal, y veces hubo en que hasta perdonó el pago… tras vislumbrar el pobre panorama que reinaba dentro de algunos hogares. También se las vio con uno que marchaba de la tienda intentando —malamente— ocultar un taladro bajo la camisa, y que ante la pregunta de José, respondió: «¡Pero si es mío!». «Pues qué curioso, lo lleva usted con el soporte original y todo», le advirtió el celoso tendero, eterno retén de los herrajes. Otra vez una señora le pidió «un perico». «Yo le dije que teníamos jaulas pero no pájaros, al final resultó que en su pueblo llamaban así al orinal». José, como es muy serio, ríe con el cuerpo y las pupilas y luego tiene palabras de cómplice recuerdo para sus viejos compañeros de mostrador, para Elías, Lupicinio, Moncho y Miguel Ángel, y luego, con un hilo de voz, avanza: «Pues sí, yo creo que los clientes me van a echar en falta…».

—¿Y por qué no esperas un año más, y así llegas a los 50 años trabajados, un número redondo?

—¡Sí, hombre, y la juventud esperando!

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