CANTO RODADO

la renuncia

Quieren que renunciemos al sentido común, al último átomo de dignidad y al último tren de león. hay que renunciar a la estaca y a la queja

León

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Lucha por tu barrio que el país está jodido». La frase nos interpela desde de una pared del barrio de El Ejido. Está escrita en letra redonda y quien la pintó eligió el color morado. Quizá por ello me parece que es autora y no autor. Las chicas frecuentan menos que los chicos las calles con los sprays. Pero haberlas, haylas. Doy fe.

Conozco a unas que salieron cierta noche con la artista boliviana María Galindo y tomaron la ciudad. «No queremos el 50%, queremos todo el paraíso», proclamaba una pintada por detrás de la estación de Matallana. Ya no existe. La borraron con una mano de pintura. No convienen esos mensajes que aspiran a todo en una sociedad que ha convertido la renuncia pacífica y borrega en un mantra.

Hay que renunciar al empleo estable, renunciar a las subidas salariales, a las prestaciones por desempleo, renunciar a las becas, renunciar a las inversiones en investigación, renunciar a la maternidad para no estorbar al empresario, renunciar a la escuela pública y a los menús escolares seguros y saludables, con productos locales y empleo local. Renunciar a las ayudas a la dependencia, renunciar a la cultura, a la justicia y a la verdad.

Dimisión colectiva

Enseñan a las nuevas generaciones a renunciar a su tierra, a emigrar con una maleta en un vuelo low cost , a hacerse tan flexibles que les dé lo mismo trabajar en la caja de un supermercado que en un bufete de abogados. Hay que renunciar a los sueños y adaptarse al mercado laboral. Ese es el camino. Renunciar porque ser mileurista ya es demasiado.

La renuncia ha venido para quedarse. Para implantar un estado de ánimo colectivo de dimisión de la voluntad. Podría parecer que cada hoja que cae al suelo en este otoño disfrazado de verano, o viceversa, es una renuncia. Un aparcar la libertad. Un desistimiento de vivir. El otoño arde en los termómetros. Los Gobiernos, el de Madrid y el de Valladolid, nos pretenden privar de los últimos átomos de dignidad.

Nos invitan a renunciar, y ¡de qué manera!, a la inteligencia, si fuera posible. La ministra Pastor nos mete en el túnel de los seis minutos para cruzar Pajares mientras responde que el tren, por León, pasará «por donde toda la vida». Quieren que León renuncie a tomar el último tren.

Cospedal en Barrio Sésamo

Luego viene Cospedal, en plan barrio Sésamo, a enseñarnos a distinguir lo-bue-no de lo-ma-lo en un ejercicio de cinismo y caradura que invitan al despelote total salvo que la población haya renunciado incluso a reírse, sino por placer, al menos como mecanismo de defensa. Las palabras no hay quien las gobierne afirman los mismos señores que las meten en cintura en el diccionario.

O las dejan en el limbo del habla. Sin carta de naturaleza, como que no existieran. Es lo mismo que hace el PP con sus corruptos innombrables. Están ahí Bárcenas, Acebes, Rato, Camps... y muchos más pero hacen como que no existen. Hay que renunciar a la vista, al tacto, al oído, al gusto, al olfato. A los cinco sentidos y al sentido común para tragar con la sopa de gusanos que nos ponen como plato del día. El consejero de Educación de la Junta de Castilla y León, Juan José Mateos, ha comprado los gusanos en la sopa por 12.000 euros. La empresa suelta la panoja y aquí paz y después gloria.

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Es tiempo de renuncias. Sí. Pero a lo primero que hay que renunciar es a la queja en el bar, o en la oficina, en el supermerdo o en la cola del paro. Hay que renunciar a la estaca que nos ata a este sistema que se está derrumbando, hundiendo en su propio muladar. Ese que el PP y el PSOE quieren pactar después del banquete de corrupción que se están dando. Deberían renunciar.