LÁPICES Y ALPARGATAS
relieve para un episodio español
Viajar es abrir los ojos y sorprenderse. Siempre hay motivos. Es muy sencillo. Puede encontrar hechos de la historia escritos en la piedra. Como en Naarden, por ejemplo.

Juan Comenius, el padre de la Pedagogía, está enterrado en la iglesia que preside su escultura.
Amsterdam, la capital de los Países Bajos, la hermosa ciudad abierta y de poderosas iniciativas, es un destino habitual en el mapa de no pocos viajeros. Y siendo como es, a mi entender de caminante, un acierto, no cabe duda de que, como cualquier focalización excesiva, impide no pocos gozos, experiencias o detalles cercanos. Interesantes. Como afirmaba Ciro Alegría, sin embargo, «el mundo es ancho y ajeno» y la mirada nunca podría detenerse en todos los fulgores.
Unos veinte kilómetros separan Ámsterdam de Naarden, la antigua capital de Holanda, una villa cercana para quien la camina y espectacular en su estructura fortificada. La gran fortificación –Vesting- es hoy una de las mejor conservadas del mundo. Y realmente hermosa y llamativa porque los constructores, siguiendo modelos italianos, consiguieron adoptar con muros y foso una forma peculiar de estrella. Esta razón explica la espectacularidad de una vista aérea. El museo evita otras aclaraciones. En cualquier caso, conocer las fortalezas históricas y defensivas de la zona nunca defraudarán al viajero.
Naarden es siempre una visita de peculiar encanto. Recorrer sus calles, admirar edificios, gozar la singularidad. A uno le sorprendió la escultura que, junto a la iglesia, recuerda a Juan Comenius (1592-1670), teólogo y filósofo considerado el padre de la Pedagogía. Sé que hay un grupo escultórico en la localidad, aunque desconozco dónde, en que nuestro personaje se convierte en protagonista del mismo. La respuesta a esa inevitable pregunta que uno se hace sin verbalizar tiene su respuesta al saber que está enterrado en la iglesia cuya entrada preside. Razón más que suficiente –cuántas razones esconde la curiosidad- para recuperar un nombre, recorrer su intensa y azarosa biografía y recuperar no pocos de sus principios pedagógicos válidos aún hoy. Quede como referencia que vertebra no pocos el hecho de haber puesto en evidencia la situación de la gente sencilla, maltratada por el trabajo forzado y cruelmente explotada por las altas contribuciones, harto de la insostenible desproporción entre el lujo de la nobleza y la miseria del pueblo.
De contribuciones y abusos –el famoso diezmo- habla, como fondo, el relieve al que se refiere el título y que fácilmente encontrará quien pasee por esta pequeña ciudad, cuyo asentamiento actual no se corresponde con el primitivo. A causa de las inundaciones provocadas por el Zuiderzee, el antiguo mar interior –y ya conocemos la lucha holandesa por el dominio del mar y sus aguas-, en 1350 fue trasladada a un lugar más seguro. El actual.
Contra estos abusos se rebelaron varias ciudades de los Países Bajos. La revuelta estaba capitaneada por Luis de Nassau y Guillermo de Orange. La respuesta del duque de Alba fue arrasar varias poblaciones. El concreto, el hijo del duque, Fadrique de Toledo, estaba al mando de las tropas españolas en Naarden el 1 de diciembre de 1572. Ordenó reunir a toda la población en la plaza, según cuentan recurriendo a motivos que nada tenían que ver con lo que al final ocurrió. Engaño.
Sabuesa voluntad de ejemplarizar con miedo, muerte y destrucción. Entonces los soldados abrieron fuego despiadadamente. Murieron todos sus habitantes, sin ninguna consideración. «Todos», subraya quien me cuenta la historia ante la que aún llaman Casa de los Españoles.
Una placa de bronce recuerda el hecho. Sobre la misma fachada, de ladrillo e inconfundibles ventanales blancos, bajo prácticamente la sombra del alero, el relieve: lleno de intensa plasticidad, permite visualizar un acontecimiento histórico de las andanzas españolas por aquellos territorios de la Europa del norte. «No se extrañe –me subrayó una señora que rondaría el medio siglo, oronda y sonriente- que algunas madres no recurran al coco. Aún dicen a sus niños que viene el duque de Alba…».
También destruyeron los muros medievales. Los que hoy contemplamos, conforme a modelos italianos, se construyeron a lo largo de la siguiente centuria. Una centuria en la que hubo que poner mucho en pie. Sobre todo, las ganas de vivir y de ser libres.