nikola samburov, ‘niko’
un corazón de 120 kilos
guardó las espaldas del rey fahd de arabia, del cantante sammy davis jr., del tenista björn Borg... el oficio le venía de familia, pues el padre de este gigante serbio llegó a escolta del presidente de yugoslavia, el todopoderoso tito. campeón de judo y de fútbol americano, hoy vive en león y se encarga de motivar a los jugadores del ademar

ramiro
Cuando Nikola Samburov se dedicó de manera profesional al fútbol americano, casi no había partido en el que alguno de sus oponentes no acabara en la enfermería o en el hospital. Saltaba a la hierba y las moles humanas del equipo contrario temblaban como briznas de hierba al ver prepararse a aquel coloso que unía a su físico de minotauro una velocidad endiablada. Costillas hundidas, huesos rotos y muñecas luxadas eran su cosecha habitual. ¿Y a él nunca le pasó nada? «Un dedo doblado hacia atrás, una vez, cosa de poco», dice con su castellano sintético pero eficaz, emitido desde el interior de un cuerpo asombrosamente grande, donde el tatuado cuello de bóvido hace de caja de resonancia para el acento eslavo, y donde enormes manos y prodigiosos bíceps como cabezas de niño acaban en unos ojos azulísimos y en un insospechado gesto de franqueza y beatitud, sonrisa permanente incluso al repasar los asuntos más espinosos.
Nikola, ‘Niko’ para los leoneses, no tuvo una infancia fácil. Su padre («un gigante», define, y sorprende la calificación viniendo de donde viene, pero es que también asegura tener un hermano aún más voluminoso que él, tremenda la familia) era campeón de boxeo y guardaespaldas personal del gran mariscal Tito, presidente de la ex República de Yugoslavia durante casi treinta años. A partir de un determinado momento, aquel hombre que era el brazo derecho del dictador se mostró cada vez contrario a su política y cayó en desgracia. La madre y los hermanos de Nikola huyeron a Francia y se instalaron en la localidad de Villiers-Le-Bel, arrabales parisinos, mientras el padre era declarado en busca y captura y sólo al cabo de dos años de ocultación y fuga con ayuda de guías pagados pudo reunirse con la familia. La madre había regresado antes a su país natal («problemas de pareja…») y el progenitor venía casado con una mujer que no conectó bien con los niños. Murió el padre al poco tiempo y la unidad familiar se evaporó.
«Yo sé lo que es la vida dura. Con quince años me eché a la calle a buscarme la vida, a trabajar en cualquier cosa, cargando y descargando camiones, comiendo un pan en todo el día y sin saber dónde iba a dormir». Una vida de abandono y dudosas compañías que se inclinaba peligrosamente hacia el barranco de la indigencia o la delincuencia hasta que el deporte profesional se cruzó en su vida. Eso le salvó. Fueron expertos en judo del Centro de Alto Rendimiento de aquella villa quienes se fijaron en sus fabulosas capacidades. Entró en él para permanecer doce años en la selección francesa de un arte marcial que había empezado a practicar con cuatro añitos. «Era bueno porque entrenaba muy duro cada día», reflexiona, y dice: «A mí me gusta sufrir, y para ganar algo hay que sufrir muchísimo».
Su club llegó a campeón de Europa («cada quince días visitaba un país diferente, estuve un año sin parar de competir un solo momento») y el propio ejército, cuando realizó servicio militar en el que también destacó por su puntería, le insistió para que se quedase y llegase a ser miembro de fuerzas especiales, francotirador de altura («me influyeron algunas amistades y dije que no, luego me dio lástima, hubiera hecho carrera»). Tras la mili alcanzó el título de campeón de judo de Francia y otros títulos hasta que un amigo, a la vista de las proporciones alcanzadas, le animó a probar suerte en el fútbol americano. «Entré en el mejor equipo de todos, el Spartacus de París». Al año ya eran campeones de Francia y muy pronto ‘Niko’ llegó a capitán de la selección gala.
Su destreza y solidez eran tan manifiestas que la patria de ese deporte de intenso contacto físico lo llamó para estudiar unos años en la universidad de Pasadena, California, pretexto para jugar, jugar y jugar. Eso sí, una semana antes de marcharse había conocido a una joven estudiante llamada María José, española… y de Banuncias, y su recuerdo y el hecho de que quedarse le hubiera obligado a comulgar con unos métodos a los que siempre se ha opuesto («me dijeron que tenía que subir 25 kilos más, a base de inyecciones, claro»), le movieron a pronunciar el ‘no’. «Hubiera sido profesional en Estados Unidos, habría ganado mucho dinero… pero miro a mi mujer y a la hija que he tenido con ella y sé que no equivoqué la decisión».
Antes de instalarse definitivamente en León vivió años en los que bajó el nivel de judo, por lo que trabajó en Francia como portero de discotecas y en una gran empresa de guardaespaldas (saga también dueña de la escudería McClaren) que le llevó a proteger los pasos de personalidades de tanto alcance como el rey Fahd de Arabia («en Suiza entraba a las tiendas y compraba los relojes más caros; luego, claro, nos pagaba piso en los Campos Elíseos, el teléfono, el coche, todo»); el ministro de Defensa de Francia, Charles Hernu; el tenista Björn Borg, a quien un perturbado intentó atacar y Niko lo echó a un lado como a un pelele; y el gran músico, actor y cantante Sammy Davis Jr. («era un bromista completo, le encantaba ir al Moulin Rouge; una vez me quedé dormido frente a su puerta, tenía una tableta de chocolate blanco y él la cogió, luego me dijo un compañero que Sammy me había visto dormir y fui a pedirle perdón, pero se rió y me soltó: ‘No pasa nada, además el chocolate estaba muy bueno’»).
Nikola habla poco de aquellas sangrientas guerras que asolaron su ex país en los noventa, y sólo deja entrever un íntimo sufrimiento y la muerte de casi 40 personas de su familia. «La causa fue la política, la política», repite, y recalca que a nivel humano él se trata de manera amigable con todos los paisanos de la extinta república federativa («aunque los países se hayan separado, la lengua es casi la misma y todos nos entendemos»). De hecho, en el Ademar es hoy algo así como el traductor oficial y una ayuda impagable para los chicos que llegan desde aquellas geografías («yo les ayudo con el banco, el piso, los papeleos…») y especialista motivador («prepara la mochila de noche y ponla junto a la puerta, así por la mañana no tendrás excusa para ir a entrenar», es uno de sus consejos favoritos).
Español de papel y corazón, se detiene para pronunciar bien clarito, con su sonrisa perfecta, la conclusión a la que ha llegado después de tantos golpes y tantas carreras: «La humildad y el respeto son lo primordial de la vida. Con eso todas las puertas se te abren». Verdades principales hasta para un tipo con 120 kilos de músculos.