lidia franco franco

siempre en primera fila

«en esta vida todo me ha costado muchísimo», dice esta mujer de cuerpo frágil y voluntad de hierro que sacó tres carreras, condujo coches, impartió clases y hoy es la más fiel asistente en león a actos culturales

bruno moreno

Publicado por
emilio gancedo
León

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La pequeña Lidia sólo quería ser útil, y todo su afán era que le permitieran llevarle las sopas al padre cuando éste andaba trabajando en las fincas, como hacían sus hermanos. Tanto insistió y porfió que un día le dejaron hacerlo, y allá que marchó ella entusiasmada, sendero adelante, con su habitual y rítmico bamboleo hasta que cayó todo lo larga que era en mitad de la carretera para que las sopas acabara comiéndolas… «el perro del tío Pardal». Pero no claudicó la paramesa y más adelante se empeñó en echar una mano con el riego. La familia lo preparaba todo, la subía en el macho rumbo a la noria y cuando pasaban cerca de una tierra de trébol o alfalfa, el animal la tiraba al suelo con sólo un mínimo meneo. «Maaaacho», protestaba la niña, sacudiéndose el polvo del camino.

Una poliomielitis padecida a los cuatro meses de vida redujo considerablemente la movilidad de Lidia Franco pero no pudo hacer nada contra su determinación ni contra su alegría. Es verdad que le costaba realizar muchas tareas y que era incapaz, por ejemplo, «de machacar el ajo», pero todo lo observaba e intentaba, y aún más importante, «fui la que menos escuela perdí de todos», explica, porque no estaba obligada a ausentarse, como el resto de chavales, para ayudar en la casa, la cuadra o la hemina.

Lidia vio la luz de este mundo en Urdiales del Páramo, mientras se celebraba la misa de Jueves Santo de 1937, y la «nació» su abuela, muy mañosa para esas labores, y no la comadrona local, «que era una guarra, a los niños les lavaba un poco el culo con su propia saliva, y fuera», denuncia, y recuerda que entonces era corriente susurrar que quien naciera ese día tenía poderes especiales y hasta podía predecir el futuro, algo que desdeña Lidia, atea y libérrima, aunque quizá en su caso se plasmara en una sobrenatural voluntad y en un arrojo fuera de lo común. Se acuerda de escenas que en sí mismas condensan la negrura de la posguerra como la de aquellas madres despiojando a sus hijos en el corral, «era el tercer mundo, y hoy hay quien desprecia a los inmigrantes que vienen a España. ¡Por favor! ¡Si nosotros éramos iguales que ellos hasta anteayer!», clama.

¿Y qué quería ser de mayor la niña Lidia Franco? «¡Ja! Nadie me lo preguntó nunca...», así desliza su reproche y aquella pena de niña cojita que con 13 años apenas pesaba 29 kilos (y aun con todo daba vueltas en el trillo, y amañaba la casa), y a la que mandaron tres meses a Boiro, con un tío guardia, en esperanza de que medrase algo. «No cogí ni un gramo más pero, eso sí, volví hablando gallego a la perfección», dice con su verbo chisporroteante, claro, directo, cabal como el adjetivo que lleva de apellido, y por duplicado.

De aquella las niñas aprendían poca cosa («a bordar, si acaso») pero ella, por su especial situación, su cabeza despejada y por tener un tío maestro, fue el de la educación el más transitable camino que vio abierto («mis padres siempre me apoyaron en eso, ¡siempre!», recalca; eso sí, a cambio ayudaba a su padre a calcular cosechas y hectáreas, «la que estudia echa las cuentas», le decía).

A los trece cursó la básica en La Bañeza y un año después entró en el Juan del Enzina de León, días de pensiones («cambiarás de patrona pero no de ladrona»), paseos por Ordoño y películas de Sissí en el Emperador. Su anhelo por aprender era tal que acordó con los padres marchar a Madrid, y allí acabaría sacando tres licenciaturas: Magisterio, Pedagogía («porque yo quería ser más que maestra») y Psicología, todo un reto y un triunfo en una universidad, la española, que entonces contaba con un escuálido 1% de mujeres. En el foro «despaletizó», dio clases particulares, acudió a tertulias y se le ensanchó el mundo («en Madrid, ya sabes, se empiezan todos los vicios»). Posgrado en Psicología Clínica y Pedagógica, encontró en 1969 trabajo en Zaragoza, en el colegio Nuestra Señora del Pilar, donde «hice de todo», de jefa de estudios y de residencia, psicóloga...», llevando a efecto cuanto estudió y reflexionó sobre este difícil arte («jamás, jamás se debe enseñar a base de miedo») y vendimió abundantes afectos escolares que hoy sigue cultivando por medio de unas redes sociales en las que se revela activa y habilidosa. Mandaba quitar las carteras de los pasillos («yo voy con mi andar oscilante y necesito más sitio», pedía) y la primera en contar chistes de cojas «¡era yo!».

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Se jubiló a los 56 y regresó a su tierra natal para ser la más fiel asistente a actos culturales de la ciudad (el Ágora de la Poesía, la Facendera de El Cardo, presentaciones de libros...), leer tres horas al día y ofrecer teorías de superación a quien quiera oírlas: «Yo me suelo decir a mí misma: ‘Lidia, a ti no te puede nadie’» y repite: «Esto es muy duro pero las personas que estamos así debemos pensar que no es culpa nuestra, ¡y que nunca hay que dar un paso atrás!». «Oye, y es que de vez en cuando hay que echarse algún piropo a uno mismo, ¡yo lo hago muy a menudo!».