Que nada cambie

Hay personas que sólo quieren eso: que nada cambie. No se han enterado de que la vida es cambio, de que todo cambia constantemente y de que no podemos controlarlo ni resistirnos a ello.
Claro, no ayudan cosas como: «ay hijo, mejor quédate cómo estás, ¿y si te sale mal?». Así terminamos creyendo que el cambio es un problema. Y no, el cambio más bien es una oportunidad. Porque lo que no cambia, no evoluciona. Porque lo que más sufrimiento provoca no es el cambio, sino resistirse a él. Y, sobre todo, porque el miedo al cambio es una fuente infinita de oportunidades perdidas. No se imagina usted cuántas.
También están los que, atrincherados en el «yo soy así, esto es muy difícil», se resisten contra viento y marea. Les resulta más cómodo decir eso que esforzarse por salir de su zona de confort y hacer las cosas de forma diferente.
Sí, está claro que siempre es más fácil no hacer nada que cambiar algo. Y, a pesar de ello, hay quien un día coge las riendas y elige su propio cambio. Tiene una motivación clara, deja de esperar el momento perfecto y se pone manos a la obra. Se forma para tener un trabajo mejor, cambia su alimentación o pide un traslado. A su lado observa el que sólo cambia cuando ya no le queda otra, cuando le echan del trabajo o cuando es su pareja la que le deja a él. Pero eso ya es otra historia…
Sea como sea, sepa qué hacer para que la travesía le resulte más agradable:
Asuma que cualquier cambio supone un riesgo y que cualquier decisión implica decir que no a algo. Y no se preocupe por no saber, preocúpese sólo si no está dispuesto a aprender.
Hágase tres preguntas: qué quiero, por qué y para qué. Dese cuenta de por qué es importante eso para usted y piense en las consecuencias positivas que tendrá ese cambio.
Pase lista a los recursos que tiene para llevarlo a cabo: ganas, perseverancia, capacidad de sacrificio, apoyos externos…Y póngase en marcha. No se quede pensando, no sea de los que le da muchas vueltas, pero nunca termina de dar un paso. Hágame el favor y levante el pie.