Y qué dirán
En el coaching es habitual trabajar con alguien que, a pesar de llevar una vida aparentemente idílica, no se siente satisfecho. Recuerdo a una clienta con una carrera profesional envidiable, un buen trabajo y un salario de casi seis cifras, que no se sentía motivada. Estaba deseando cambiar de empleo, pero no se atrevía. ¿Qué le frenaba? Por encima de todo, el miedo al «qué dirán».
No es de extrañar. Hemos crecido viendo como los demás nos halagaban cuando hacíamos lo políticamente correcto y como nos criticaban cuando intentábamos salirnos del camino establecido. Hasta que un día uno se da cuenta de que está más pendiente de lo que opinan los demás que de su propia opinión. De que vive la vida con miedo a que los otros le juzguen o le critiquen y de que se le ha pasado el tiempo haciendo lo que los demás esperaban de él y no lo que él quería hacer
¿Le suena de algo? Cuando esto pasa durante mucho tiempo puede llegar un momento en el que uno se sorprenda al ver que poco o nada de lo que tiene lo ha elegido él. A veces puede ser algo tan doloroso de reconocer que prefiere cerrar los ojos y no mirar. Porque la verdad duele, no cabe duda. Pero mucho más duele vivir en una mentira por no enfrentarse al «tú estás loca», «¿y si luego no te sale bien?» o «a ver si va a ser peor».
El problema es que creemos que es nuestra obligación satisfacer a los demás o evitar sus críticas. Y después terminamos llenos de rabia por no atrevernos a tomar nuestras propias decisiones o por no llevar las riendas de nuestra vida. No confiamos en nuestro criterio, no nos damos permiso para equivocarnos y no disfrutamos de la posibilidad de hacer algo que de verdad nos motive. Se nos olvida que es imposible agradar a todos y que no tenemos que dar explicaciones por cada decisión. En cambio, sí podemos elegir qué opiniones queremos tener en cuenta y hasta qué punto. Por poder, incluso podemos regalarnos el placer de ser coherentes con nosotros mismos sin tanto miedo al «qué dirán». Pero eso también se nos olvida.