encerrados
Flores negras en la mina muerta
Lo más duro es luchar por el cierre cuando se está convencido de que la mina tiene futuro. El futuro que se entierra no es sólo el de los mineros, sino el de toda la cuenca. Si la mina muere no hay alternativa en la comarca. Pero ¿dónde ir? Dónde ir con la rabia y la lucha puestas, y sin horizonte al que dirigirse

Álvaro Rodríguez Cuesta, Elías Ortega, Daniel Garduño y Sócrates Fernández cumplen hoy catorce días encerrados en la mina.
La urna polvorienta de Santa Bárbara está abrazada por flores negras. Te acercas y ves que eran ramitos de colores, pero el polvo negro del carbón cubre con un manto uniforme todo lo que entra en la mina. ‘La santina’ está cubierta con un diminuto cuadro de posteo de madera. Bajo la urna, una foto clavada con chinchetas. Los mineros le saludan. Es Beni. Benigno Álvarez., vigilante, murió el 26 de mayo de 2008 en una avenida de lodos. «Otros dos quedaron atrapados. A uno tuvimos que sacarle el barro de la boca para que pudiera respirar». Enrique Moreno, vigilante del Grupo Túnel, que ya estuvo encerrado en el Ayuntamiento de La Robla, explica que a la entrada de cada grupo de la mina hay «una santina. Se le pide al entrar y se le dan las gracias al salir. Cada uno cree o no cree, pero la santina es la santina».
Porque la mina tiene mucho de azar. José Ramón González, también vigilante del grupo, terminó su turno a medianoche, en el mismo lugar donde se produjo el accidente, y volvió al día siguiente. «La avenida fue a las ocho de la mañana. Podía haber sido antes, o después...». También en la mina hoy parada siguen vivos los riesgos. Nadie puede quedar solo, nadie bajar la guardia.
Ni siquiera cuando tienes un ángel de la guarda. Como Pablo, de cinco años, hijo de Elías Ortega. Uno de los cuatro mineros que llevan 14 días encerrados en el Pozo Aurelio de la Hullera Vasco Leonesa. Pablo ha acabado el curso y le cabrea que papá no haya ido a ver las funciones de rigor. Está en la mina. Otras veces sale para dormir en casa. Ahora no. «Pues yo voy a ir a rescatarle», espeta resuelto. «Tú no puedes bajar a la mina», le dice la abuela. «Pues le tiro una escalera para que suba». David, el mayor, habla mucho más serio con el padre. En voz baja, con pudor ante las miradas extrañas. Pablo juega y enreda, entre la vergüenza y la curiosidad. Tiene el corazón guerrero. Pablo corazón de carbón.
Arriba, en la entrada de la mina, hacen guardia con ellos otras familias. Como Andrés Rodríguez, hermano de Álvaro. Serio, todo lo contrario que el minero encerrado. «Es el que da alegría allí abajo. Siempre de broma». «Tengo rollo para otros tres meses», comenta el bromista, mientras se escabulle de las preguntas vergonzoso en un parloteo constante.
En la sala comparten espera y esperanzas Carmen y Goya, José Ángel, Begoña, Paula,... Y tantos otros que van y vienen para oir un minuto la voz que calme sus nervios.
la otra ley
Abajo rige otra ley. «Como ayer contigo fui/ hoy contigo también voy/ que no sería quien soy/ si no te siguiera a ti». La poesía de Alberti brilla en blanco de tiza sobre las negras paredes de la covacha habilitada por los cuatro mineros de la Vasco encerrados para poner altavoz al último lamento de una cuenca que aún no entiende por qué tiene que morir. Que no se resigna, aunque ahora parece que calla. Que no está dispuesta a dar el brazo a torcer, ese que le ha tomado en vano una y otra vez el engaño reincidente de los documentos firmados en despachos muy alejados de los pozos. Que sigue en pie mientras se pregunta si de verdad está luchando por el cierre. ¿Es el fin? Alberti añadió a su poema de los años 30, tres décadas más tarde (en pleno estallido de la revolución minera asturiana), versos que concluían: «Viva la dinamita». Quizá no esté dicha la última palabra.
A ello se aferra una comarca que no entiende más cultura que la del carbón. Una cuenca que, contra todo pronóstico, «va muriendo ya poco a poco». Los hilos omnipresentes que pendían de una de las explotaciones más modernas de carbón en el país se van deshilachando mientras la ‘empresa-madre’ se vende desmembrada en lotes para subasta, cuyo número y riqueza ha sorprendido a más de uno.
La Vasco se liquida. Después de una inversión multimillonaria para asentar las bases de un futuro que ya no será: 465 millones de euros en los últimos 25 años, desde que se construyó la Nueva Mina, para acceder a unas reservas de 50 millones de toneladas de carbón. El interior, ese que hace apenas dos años estaba preparado para que trabajaran un millar de mineros durante al menos otras tres décadas, no volverá a latir con la entrada y salida de turnos y relevos, las lámparas y los marchantes, los picadores, barrenistas, entibadores,...
Junto a los versos de Alberti acompañan a los encerrados un cartel del apoyo (este siempre sin fisuras) de las mujeres del carbón, un calendario escrito también a tiza sobre la pared, en el que se marca el paso de los días en la noche sin fin de la mina; y la improvisada instalación doméstica que se han construido para pasar las horas: un ‘aparador’ con termo de café, tazas y unas botellas de vino; una mesa con mantel de periódico (sobre la que descansan la prensa local del día y, encima de todo, el Interviu) y una despensa consistente en un palo clavado en el montón del carbón, del que penden varios chorizos y una bota. Y un millón de mosquitos que persiguen hipnotizados las lámparas sobre la cara. A poco que se hable ahí, se sale merendado de mosquito para una temporada.
Aquí hambre no pasan. Frío sí. La humedad muerde las gargantas y las articulaciones, y con el paso de los días los trajes de agua y las botas se convierten en guardianes de catarros, ampollas y entumecimientos. Se resiente todo, menos el ánimo.
La familia
La familia es lo que más se echa de menos. Están incansables al otro lado del telefonillo de las urgencias, en la entrada del Pozo Aurelio. Los compañeros no fallan. Suben y bajan una y otra vez para no dejarles solos. Pero ahí abajo, tras un año de abandono de las instalaciones, sólo queda la sinfonía ruidosa del silencio de las galerías abandonadas.
«Esto no está hecho para vivir aquí. Cuando trabajas pasas en el pozo ocho horas, y luego sales y te duchas. Con el agua se va lo bueno y lo malo de la mina». Sócrates Fernández ya estuvo encerrado 24 horas en el Ayuntamiento de La Robla y ocho días en las oficinas de Santa Lucía, en diciembre. Es el que lleva menos tiempo en la empresa de todos los encerrados. Y también el que persigue tizas para dejar en vagonetas, vigas y paredes el mensaje del futuro que cree mejor para la minería. Y para la sociedad que pergeña.
Conoce bien los sonidos con los que habla la mina. Están las chillonas máquinas de ventilación. Pero, sobre todo en la calma de la noche eterna del pozo, estremecen los crujidos de la madera que cede. El carbón que se desprende. El agua que mana cada vez por más rincones. «Son sonidos conocidos, pero ahora los escuchas de otra manera. Antes no te parabas a pensar. Ahora calculas la cantidad de carbón y piedra que tienes encima…».
La mina que queda
Casi 200 metros de montaña presionando las abandonadas estructuras. Están en la planta 190 (marca el nivel sobre el mar) del Grupo Túnel. La cota de la calle es 1.160. Se han resguardado en la confluencia de las galerías de la antigua explotación Santa Lucía, abandonada hace unos años. Su suelo está inundándose, las cunetas se han llenado de lodo porque los servicios mínimos son incapaces de atender las necesidades de la enorme explotación, y también el cielo de la mina cede. El suelo está lleno de rachones reventados que se han rendido al peso de la montaña y a las filtraciones de agua. Unas vagonetas con madera de recambio sirven de tirita para intentar contener la presión sin fin que atenaza a las minas.
Como los vagones donde hacen noche los encerrados. Con unos elementales colchones para hacer más llevadero el metal donde comparten sueño y sueños. Los llaman «el adosado». «No le digas a mi mujer que tengo la cama sin hacer...»
En el transitar del visitante por la alfombra de lodo lo más importante es no pisar los raíles. Son una pista implacable de patinaje para el extraño a la mina. El que nunca verá el cielo de las galerías, porque sólo puede ir ocupado en alumbrar con su lámpara las interminables trampas del suelo por el que pisa. Entre no perder el equilibrio y no dejar la bota atrapada en un ‘glup’ espontáneo del lodo el visitante invasor se pierde la mayor parte del espectáculo de sombras de galerías y pozos; y de la maquinaria parada quizá ya para siempre. Muchas de las máquinas están estropeadas, pero no hay dinero para arreglarlas. A la espera de ver cómo se resuelve el concurso, aquí no hay ni para tuercas.
Las horas en la mina muerta transcurren en un intento de mantener el ritmo biológico del exterior. Un horario de desayunos, comidas, cenas y horas de sueño que se acompase con la vida fuera de la montaña. Con la vista fija en el 31 de julio. Para entonces, si no se han liberado las ayudas al cierre ordenado de las explotaciones de interior de la Vasco, más de 200 familias de la zona dejarán de tener empleo. La mayoría con la posibilidad de acogerse a las indemnizaciones por el cierre, un paréntesis corto de transición para quienes tienen pocas posibilidades de encontrar otro empleo. Porque sobre todo saben ser mineros. «Y porque en cuanto les dices que han trabajado en la mina les cierran las puertas. Son jóvenes, pero no les dan trabajo en ningún sitio porque temen que tengan lesiones o enfermedades. Porque la mina castiga mucho», lamenta Carmen Mera, la mujer de Elías.
Porque, en el fondo, no se imaginan la vida fuera de la mina. «Para todos nosotros es un sector con futuro». Más si trabajabas en la Vasco. «En otras minas picaban agachados. Nosotros trabajábamos de pie». Porque las vetas de la cuenca de la montaña central son las más anchas de España. Las que en otros países no dudan hoy en explotar. Varias de más de cien metros de potencia (anchura). Una hilera de picadores horadando día a día capas que para sí quisieran muchas explotaciones.
era la vasco
Pero eso, si cabe, no es lo más importante. «La Vasco era estabilidad. Condiciones laborales buenas conseguidas después de muchos años de lucha de los trabajadores». Huelgas antológicas y pelea sindical de décadas para llegar al final a sentenciar «un cierre absurdo. Con lo que ha costado llegar hasta aquí, no me imagino estas comarcas sin carbón».
Por eso lo tienen claro. «¿Ha terminado la lucha minera?» «No. De ninguna manera». Hay quien lo entiende como un compás de espera. Paula Fernández, compañera de Sócrates, concibe la ayuda para el cierre ordenado de la mina de interior como «una manera de ganar tiempo, para dar después una lucha mayor. Para que nos organicemos y podamos seguir. No estamos vencidos, vamos a seguir luchando por mantener la mina. Pueden pasar muchas cosas, no perdemos la esperanza en la continuidad del sector…».
En realidad la necrosis de la mina agonizante ha comenzado ya a contagiarse en la cuenca. Más de siete nóminas adeudadas a los mineros, después de años de expedientes de regulación de empleo y dudas encadenados, han hecho mella ya en muchos de los negocios de la comarca. «Nunca pensamos que la mina podría llegar a cerrarse. Ya no hay relevos, no hay trabajadores. Luchamos por una cosa muerta. Y muchos negocios están desapareciendo. Si no estás aquí, no te das cuenta de que en realidad está muriéndose toda la cuenca. Y con ella morirá todo León».
Begoña Hernández sufre por su hijo Daniel. Su marido, José Ángel Garduño, deja estallar a medias una rabia a duras penas contenida». Lo triste es que están luchando por el cierre. Aquí hay carbón de sobra, y ahora lo traen de fuera. No es lógico». Le duelen los achaques del hijo encerrado porque sabe lo que es estar dentro. «Allí abajo no puedes despistarte ni un momento. Los compañeros siempre están pendientes, pero yo sé lo que hay. Llevo cinco años prejubilado y todavía escupo carbón. Esto no entra en la cabeza de nadie».
traicionados
Porque las esperanzas flaquean. «A veces sí, a veces no». Son muchos años de promesas traicionadas. Ninguno de los planes del carbón, en los últimos 20 años, se ha cumplido en plenitud. «Ahora están mudos». El mensaje de la cuenca a los políticos es claro: «Que vengan a vivir con los sueldos de los mineros de hoy. O con los salarios que no se les han pagado. Tenían que bajar en la jaula y pasar aunque sólo fuera una hora allí. Pero ni se dignaron a venir cuando los muertos (el escape de grisú que acabó con la vida de seis mineros en la Vasco en octubre de 2013)». Hay rabia, pero la situación está muy tranquila para lo que podría ser. «Estamos muy templados».
ánimos templados
Allí arriba, en las oficinas, las familias también templan ánimos. «Son ellos, los encerrados, los que nos dicen que están bien, que tengamos fuerza. Los que nos consuelan. Pero cómo están allí abajo. Tantos días sin respirar aire puro, con la humedad, el frío, las corrientes, el agua…» Por eso no pueden llorar. Goya, la madre de Elías, lloró sobre todo al principio. Eso dice, porque es un manojo permanente de nervios. «Quiero que la gente vea la mina, que sepa cómo es. Yo no pude. Bajé una vez y me dio el pánico. A mis hijos intenté convencerles de que estudiaran». Con Elías no pudo. «Desde los tres años quería ser minero. Admira mucho a su padre. Elías Ortega, un gran minero, un gran picador, pregúntale a quien quieras», no se cansa de repetir. «He tenido que ser fuerte para él. Antes él estaba ahí ocho horas y salía. Ahora no. Dormir ahí dentro es lo peor. Pero dicen que hasta que no haya acuerdo no salen. Yo no sé si aguantarán…».
Paula aprovecha las horas de cama para desahogarse. «No puedes cuando hablas con ellos. Eso te calma, pero cuando llegas a casa…» A otros no les da tiempo. «Hay que organizarse con los niños. También piensas que si no fuera por ellos la situación no sería tan difícil. Pero cómo dejarlo todo atrás, sin nada seguro, con los hijos tan pequeños…»
La cuestión es dónde irán los mineros si desaparece el carbón, pero también qué destino tendrá el resto de la población de toda la cuenca. Todo, todo, gira en torno a la minería. «Ya han cerrado muchos negocios. Llevamos años de ERE, y ahora muchos meses sin cobrar». Los niños también lo llevan mal. Los pequeños porque no entienden qué pasa. Los más crecidos porque intuyen que su vida se enfrenta a un horizonte difícil e incierto, que no se parece en nada a lo conocido.