CANTO RODADO
plinto vacío
la ausencia de las mujeres de los lugares públicos es clamorosa, pero es obsceno que se oculten sus logros deportivos con el machismo reinante
Mi tendencia a embobarme en las librerías me metió, sin darme cuenta, en una dedicada exclusivamente a los ferrocarriles y las guerras. Fue en Londres, muy cerca de Waterloo, una estación de tren (y metro) con nombre de batalla que recuerda el triunfo de las tropas inglesas, prusianas y holandesas sobre las de Napoleón. En el Reino Unido aman la épica tanto como los trenes.
Una épica muy masculina, como bien retrata el repertorio de estatuas de Trafalgar Square. Sólo en dos ocasiones han elevado figuras femeninas en el plinto vacío de la emblemática plaza londinense. Alison Lapper Pregnant fue la primera. La estatua que retrata a una artista británica que nació sin brazos y con las piernas muy cortas fue colocada a muy pocos metros del almirante Nelson en el plinto vacío que anualmente es ocupado por alguna pieza contemporánea.
Desnuda y con su barriga de embarazada de ocho meses, no sólo se convirtió en el primer homenaje de la cosmopolita ciudad a las personas discapacitadas (cobra cada vez más sentido el término diversidad funcional) sino también en un símbolo del «coraje, la belleza y la rebeldía» de Londres, en palabras del artista Marc Quinn.
El alcalde de entonces, un tal Ken Livingstone, se dehizo en elogios y sentenció: «Estamos haciendo historia». Pero la gloria sigue siendo masculina. En 2008 se colocó una estatuta ecuestre de Isabel II. Y para de contar.
Calles en masculino
A lgo parecido sucede con las calles en León. Y en Madrid. Y me atrevería a decir que incluso en Barcelona. La ausencia de las mujeres de la memoria pública es clamorosa, pero resulta obsceno que el machismo reinante trate de arrebatar sus méritos actuales. Asistimos a sesudos debates sobre por qué deben mantenerse los nombres de determinados próceres y nos desayunamos el 18 de julio con que serán los tribunales y no nuestra santa democracia quienes retiren del callejero los nombres franquistas porque aquí no hay quien haga cumplir la ley.
Memoria y mirada
L a memoria es caprichosa. Y la mirada también. Y sobre todo muy patriarcal, muy androcéntrica y, como nos están demostrando las olimpiadas de Río 2016 a escala global, muy sexista. El físico, la edad, la maternidad... y unas cuantas burradas se han colocado por delante de los logros de muchas deportistas en sus respectivas disciplinas. Están haciendo historia, pero como si no.
No se libró de la voracidad machista la berciana Lidia Valentín, que ha traído a casa una de las 12 medallas logradas hasta ayer por la tarde por la delegación española. Aunque pierdan ellos siguen siendo los protagonistas, los héroes. Es tal la obsesión con los iconos masculinos que habido quien ha propuesto a Rafa Nadal para presidente.
Ellos representan los valores olímpicos. Si a ellas se les escapa un grito o es su forma de jugar y ganar (Carolina Martín, oro en bádmiton) empiezan a cuestionar su deportividad. Y sin embargo, ahí están ellas recogiendo medallas (6 de las 12). Si hay que poner ejemplos, ahí está el de Carolina Rodríguez. Ha roto las barreras de la edad, de la superación y de la generosidad. Se ha pasado el año no sólo entrenando para ir a Río, sino dando clases de gimnasia rítmica en uno de los colegios más olvidados de León, el Padre Manjón de Armunia.
En Gran Bretaña, al menos, aman los trenes. Aunque fuera una mujer, Margaret Thatcher, la dama de hierro, la que logró desplazarlos como medio de transporte con sus políticas neoliberales. Aquí la copian con devoción 40 años después. Y siguiendo sus pasos, primero se cargaron las minas y ahora el tren de vía estrecha.