de almacén a museo
La Valduerna de antes
LA ASOCIACIÓN EL EMBRUJO HA CUMPLIDO CON LA PUESTA EN VALOR DE LA PANERICA DE PALACIOS, CONVIRTIENDO EL VIEJO EDIFICIO EN UN AULA ETNOGRÁFICA QUE DESDE LOS RECUERDOS PROYECTA FUTURO
Recreación de una cocina tradicional.
El sol se cuela entre las ventanas e ilumina las viejas paredes que rezuman recuerdos. Entrar y pisar las losas es volver la vista atrás, un viaje que propone la Asociación El Embrujo de la Valduerna, de Palacios, que acaba de concluir las obras de restauración de La Panerica, un coqueto museo y aula etnográfica que aglutina los objetos de la vida cotidiana de antaño, además de algún ‘tesoro’, cedidos por vecinos de la localidad para darles una segunda vida. Una forma de poner en valor el pasado para proyectar futuro.
Al frente de este proyecto está la presidenta de la asociación, Maribel Martínez Alija, y el secretario, Alfonso Martínez, junto al resto de miembros que han trabajado incansables desde el verano para que al fin la puesta en valor de La Panerica y las costumbres valdornesas sea una realidad.
El edificio, que mantiene la estructura, las paredes y las piedras originales, data de finales del siglo XII o principios del XIII, contemporáneo de la parte más antigua de la iglesia del Palacios. Cuentan que, previsiblemente, esta construido sobre el castillo primitivo de Alfonso V y el antiguo torreón romano que controlaba el paso en la Vía de la Plata.
La Panerica debe su nombre a las paneras y los molinos. En la localidad llegó a haber unos cuantos y éste al ser de menor tamaño quedó con el diminutivo. En su día se utilizó para guardar los diezmos que los fieles entregaban para el sostenimiento de la iglesia y con el tiempo se convirtió en almacén, para guardar el mobiliario del templo en desuso, y como local para actividades socioculturales.
Ahora una nueva vida se abre en este museo. Una vida que mira el legado de los vecinos del pueblo y la comarca. Muchas veces utensilios que marcaron el día a día pero que con su desuso también cayeron en el olvido. Entrar en La Panerica transporta al visitante. El Embrujo de la Valduerna se ha afanado para sacar a relucir la piedra original de las paredes, en base a un proyecto que ha sido sufragado por los ayuntamientos cercanos, empresas, particulares, entidades públicas y privadas, así como los propios miembros de la asociación. Una especie de micromecenazgo cargado de simbolismo y tesón. La obra empezó con apenas dinero en las arcas y el esfuerzo común ha logrado que sea una realidad.
Unas enormes vigas llaman la atención. «Son las originales», dice Maribel Martínez, mientras señala a unos antiguos misales expuestos sobre una vieja pila bautismal. «El más antiguo es del siglo XIX y la pila vino de la vieja iglesia de San Pedro, que también estaba en Palacios de la Valduerna, y que fue incendiada por Napoleón en 1808». Y es que a su paso hacia Astorga el gobernante francés también dejó su huella en la comarca.
Un documento que está expuesto en La Panerica relata precisamente como fue la ‘visita’ de Bonaparte. Narra que quemó el templo y sus tropas se llevaron las ropas blancas y explica también como con las hojas de los libros envolvían comestibles. Una realidad que llevó al párroco de la época a tener que rehacer el volumen donde se inscribían los matrimonios. Para ello, y bajo juramento, todas las parejas tuvieron que repetirle el día de la boda para que de nuevo lo fuera transcribiendo. El libro renació, aunque la tarea duró más de 40 años.
Esta es otra de las historias que pueden conocerse en el museo, donde los legajos atestiguan el pasado de la localidad y de otros pueblos de la Valduerna. En la parte de arriba de La Panerica se abre un mundo dedicado a las labores, la vida cotidiana y las tradiciones valdornesas. Mucho material cedido por los vecinos para vestir esta que es su aula etnográfica.
Un impresionante mantón de Manila, que en 1890 trajo un lugareño para su mujer a la vuelta de la guerra de Filipinas, recibe al visitante. Los abecedarios bordados a finales del siglo XIX y los viejos billetes de la República también asoman su protagonismo. Cada una de las piezas lleva asociado el nombre de la persona que lo ha cedido, la fecha y una breve descripción.
La sala aún guarda muchos más tesoros, algunos que se remontan incluso a la Edad de Hierro como un viejo molino localizado. Todas las piezas arqueológicas que se exponen, recuerdan desde el Embrujo, están documentadas por expertos.
Este repaso a la historia de la comarca y de Palacios de la Valduerna sigue con un guiño a los oficios tradicionales, como el lino. Las viejas máquinas, las cardadoras o las espadas tienen su espacio reservado. También la antigua profesión de carpintero, con multitud de útiles que dejan entrever la evolución del día a día. No es lo único, en Palacios también hubo un chocolatero, como atestigua el aula etnográfica, que muestra los útiles que se empleaban para el consumo del cacao.
La Panerica no se olvida de lo que fue la vida cotidiana y junto a los trajes tradicionales recrea una antigua cocina, con sus sillas labradas, sus platos de gala y del día a día o los viejos botes de Cola Cao. Hasta unas botellas de Águila serigrafiadas reposan en una de las estanterías.
Entre las curiosidades llama la atención un remedio para la gripe. Un viejo calentador envuelto en un calcetín para calentar la cama en las frías noches. También sorprende una vieja máquina que a modo de televisión o cine servía para entretener las largas tardes de posguerra. Es una madera que tiene abierta una ventana y por donde van pasando unos dibujos que el propio espectador mueve con una manivela. Ingeniosos inventos que han sobrevivido al tiempo y la tecnología.
El paseo por La Panerica aún da para más y en sus estanterías se expone una copia de las antiguas ordenanzas de 1694 de la cofradía de los Hermanos de San Lázaro, una hermandad que aún pervive. Junto a ello se muestra la primera licencia de «castrador de cochinos» que hubo en Palacios. Nada menos que de 1867.
Un museo vivo, ese es el objetivo de El Embrujo, para ir exponiendo todo ese legado vecinal para que sirva de reclamo. La Panerica busca ser un revulsivo y un espacio abierto a los visitantes y a los peregrinos para que sean los mejores embajadores de la riqueza humana y material de esta tierra.