Diario de León
Publicado por
Diego CArcedo
León

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Durante la campaña electoral Donald Trump predicó el aislamiento internacional norteamericano. «Que las guerras las hagan ellos», venía a decir como quien aúlla en el bosque. Pero eso fue durante la escalada de mentiras que le proporcionó la Presidencia de los Estados Unidos. Nada más entrar en la Casa Blanca empuñó el mítico maletín con las claves nucleares y, como cualquier valiente soldado medieval, se fue a la guerra a combatir a los infieles sospechosos de no aceptar que «América es lo primero».

Trump es imprevisible e impulsivo, pero no improvisó su partida para los primeros frentes. Preparó el ambiente aprobando un aumento del presupuesto de defensa en 50.000 millones de dólares y desde su autoridad imperial impuso a sus aliados en la Otan que incrementasen el suyo. El presidente necesitaba darle trabajo —y beneficios— a los fabricantes de armas que tanto habían invertido en su campaña y, naturalmente, había que buscarle nueva utilidad a la producción.

El primer objetivo fue Siria, donde quienes encabezan el poder consumaban una nueva salvajada bombardeando posiciones enemigas con gas sarín, el arma más tenebrosa que cabe utilizar contra seres humanos excepción hecha de la bomba atómica. Cincuenta y nueve misiles disparados desde la flota, advirtieron al régimen de El-Asad y a quien quiso tomar notas, que lo suyo va en serio. El castigo salió bien, causó los efectos mínimos necesarios, no dejó, como podría haber ocurrido, un rastro de víctimas inocentes, y la opinión pública internacional, harta de las atrocidades de aquel conflicto, poco menos que se puso a aplaudir con las orejas.

La popularidad de Trump entre los suyos recuperó en cuestión de horas algunos de los puntos perdidos y las protestas rusas le permitieron parar los rumores de su idilio con Putin. El éxito había sido doble. Sonriente ante el éxito, descartó enseguida que se hubiese tratado de una operación aislada. «Trump quiere guerra», escribió un prestigioso columnista norteamericano. Ya tiene nuevos objetivos y vaya uno a saber si también sobre la mesa del Despacho Oval, Somalia, donde el Pentágono tiene clavada la espina de una retirada de sus soldados con el rabo entre las piernas. Y Corea del Norte.

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