Las rosas en la cara
Quería hablar en este artículo de la Feria del Libro de Madrid, porque me gusta mucho esa Feria. Me gusta porque es popular y está enraizada en la vida civil de los madrileños. Pero de repente se me ha cruzado en el camino la muerte de María Dolores Pradera. También María Dolores estaba enraizada en la vida de la gente. Se ha muerto con 93 años. Pienso en su famosa canción La flor de la canela mientras subo las escaleras de la estación de metro de Ibiza. Esa es la mejor estación para ir a la Feria del Libro. En una esquina de la calle Ibiza hay una maravillosa casa en la que vivió el escritor Agustín de Foxá. Me quedo mirando la casa, y me pregunto cuál sería su piso. Foxá murió el 30 de junio de 1959. Es incluso posible que Foxá conociera a María Dolores Pradera. Cuando Foxá murió la Feria del Libro de Madrid ya existía, pues lleva celebrándose 77 años. Siempre me emocionó ese momento de La flor de la canela en que se dice «jazmines en el pelo y rosas en la cara», es un momento de exaltación de la belleza. Voy pensando todo esto mientras me acerco a la Feria. Hoy me toca firmar en una caseta. La Feria del Libro de Madrid es el momento en que los escritores se encuentran con sus lectores, si tienen la suerte de tenerlos. Llevo dos bolígrafos.
Uno de tinta azul y otro de tinta negra. Agustín de Foxá iría muchas veces a firmar sus libros a la Feria. Me quedo pensando en la pluma estilográfica de Foxá. Sería una Parker, seguro. Es todo un detalle que un escritor lleve un buen bolígrafo o pluma cuando va a dedicar sus libros a los lectores. No puedes ir con un boli de propaganda. Eso yo lo he visto hacer. Hay que ir por lo menos con un boli de cierta presencia. El problema de firmar con pluma estilográfica es que la tinta tarda en secarse.
Y a lo mejor el lector no puede esperar. Vuelvo a pensar en María Dolores, en su adiós. Recuerdo, mientras busco mi caseta, que estuvo casada con Fernando Fernán Gómez, creo que fue a finales de los años cuarenta. Recuerdo ahora una escena de la película ‘El verdugo’ que tiene lugar en una Feria del Libro de Madrid de principios de los años sesenta. Llego por fin a mi caseta. Saludo al librero. Me siento en mi rincón, debajo de un cartel con mi nombre. Espero a que vengan los lectores. Dentro de cuarenta años tal vez venga otro escritor memorioso que me recuerde a mí. Ojalá dentro de cuarenta años siga habiendo libros. Siga existiendo la estación de metro de la calle Ibiza.