Diario de León

CANTO RODADO

Sororidad

Las auxiliares de ayuda a domicilio se han declarado en huelga pero la diputada de Cs, Marta Martín, no mostró ‘sonoridad’ con las humildes porque no sabe qué es la sororidad. Jane Fonda, sí..

Ana Gaitero
León

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La he visto espalar nieve para entrar en casa de un anciano en Prioro. Era la única persona que subía a diario a ayudar a la última habitante de Penoselo. Trabajó en casa, con papá y mamá, en los últimos años de sus vidas.

No es una mujer. Son cerca de 1.200 en la provincia de León. Hablo de las auxiliares de ayuda a domicilio. Esas trabajadoras que desde la década de las 90 son el pilar de los cuidados profesionales en muchos hogares.

Las manos que alargan la vida en casa cuando los achaques de la edad se convierten en dependencia, los oídos de sus penas y alegrías y los ojos de la familia. Obreras trashumantes que van de calle en calle, de carretera en carretera, con el bienestar y una bata bajo el brazo.

Su voz mañanera rompe el silencio de las cocinas. Y sus espaldas cargan con la debilidad de las vidas que cuidan. Trabajadoras que por primera vez en la historia de su profesión declararon una huelga para exigir mejoras en sus salarios y condiciones de trabajo. Valientes.

No vino en sonora ayuda con estas trabajadoras la diputada de Ciudadanos Marta Martín. No sabe lo que es la sororidad y la confundió, como el diccionario digital de la RAE, con sonoridad. Por afinidad sonora. Porque habla de oídas y porque no sabe que, como afirma Amelia Valcárcel, no se puede proclamar que mi cuerpo es mío y pretender apropiarse del de otras. Confundió sonoridad con sororidad de la misma manera que intentan camuflar la ignominia de los vientres de alquiler con eufemismos de maternidad subrogada y otras chingadas.

Sororidad precisan las auxiliares de ayuda a domicilio, al igual que todas esas mujeres que componen esa nebulosa de colectivos olvidados y silenciosos —hasta ahora— que proporcionan los sustentos básicos de la sociedad. Las humildes con las que Jane Fonda, a sus 80 años, compartió ‘escenario’ y micrófono esta semana en Washington. «Las mujeres estamos preparadas para el cambio», dijo la actriz y activista en un acto de sororidad.

Sororidad, esa hermandad entre mujeres aún no reconocida en el diccionario, precisan las Kelys que limpian las habitaciones de los hoteles en condiciones precarias y las campesinas que aguantan de sol a sol en el surco y que frecuentemente cargan a sus hijos e hijas en las espaldas, en Bolivia y en Perú, en Kenia y Madagascar.

Sororidad precisan las empleadas del hogar y las temporeras de la fresa. Las porteadoras de la frontera hispano-marroquí en Ceuta y Melilla. Las obreras del siglo XXI que aún sufren acoso y explotación. Las migrantes que buscan a sus hijos arrebatados en la frontera, las madres cuyas voces se ocultan en España y que aún buscan a sus bebés robados. Las mujeres negras que pierden al nacer a sus criaturas en Estados Unidos. Claman sororidad.

Sororidad necesitan también las limpiadoras que cobran menos que los barrenderos. Las costureras hacinadas en talleres de Bangladesh o maquilas en Ciudad Juárez, que corren el doble riesgo de morir exhaustas o asesinadas después de violadas. Ciento seis años después de la huelga en la que las trabajadoras del textil de Lawrence, Massachusetts, reclamaron pan y rosas, mejores condiciones laborales, más sueldo y derechos sindicales, la precariedad, la temporalidad y los bajos sueldos son el denominador común de los oficios feminizados que sostienen la vida en silencio y en la sombra. Todo un abanico de profesiones que desempeñan por goleada las mujeres.

Gracias a estas mujeres muchos pueblos no se han quedado completamente vacíos a pesar de los méritos que hacen las administraciones, como la Junta, quitando médicos en invierno y en verano, suprimiendo paradas de tren y mirando para otro lado a la hora de arrimar el hombro para que la provincia no se escurra por los agujeros horadados para sacar su riqueza de las entrañas.

A ellas, a esas mujeres, les debemos mucha vida. Y con esta provincia están tan en deuda que el nuevo Gobierno debe emplearse a fondo en algo más que inaugurar un trozo de autovía entre León y Valladolid porque la enfermedad de marchar aún no tiene cura. Y va a más.

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