León, la ciudad guarida del dragón
Están por todas partes, a simple vista, aunque pasan desapercibidos. Están en las calles, en las fuentes, en las columnas y en los escritos. Como temidos reptiles o disfrazados de mujer en territorio de matadores de la bestia. León es tierra de dragones. Su guarida.

El pasadizo de la torre nordeste de Botines en donde Gaudí encerró el 'cerebro' del dragón y la rosa de sangre que simboliza la última gota de sangre de Cristo.
Sonríe delicada, con una mirada virginal, ceñida su corona de la estirpe de los reyes leoneses, con el niño en brazos, vestida de sol, inmaculada, de pie, pisando al dragón. Aplasta su cabeza. Sin contemplaciones. Sin miramientos. Sin mirarlo. Es su triunfo. El del bien sobre el mal. Está en el parteluz de la puerta principal del Juicio Final. En la Catedral de León. Es la Virgen apocalíptica, la Virgen Blanca. Ella y el dragón reciben a la entrada del templo gótico. Es una réplica hecha por el cantero, tallista, escultor y restaurador Andrés Seoane. La original está al otro extremo, en la capilla central del ábside. Como si ella y el dragón fueran origen y final.
La Virgen del Apocalipsis comparte templo con una dragona y con un amplio catálogo de dracos único en el mundo. El lugar donde los constructores de las catedrales dejaron sus secretos grabados en piedra, a la vista de todos, esperando que alguien viniera a descifrarlos. No importa en qué siglo.
La medusa abre sus fauces frente a la casa de un matador de dragones, con sus cabellos enredados de serpientes. Un monstruo femenino del inframundo que convierte en piedra a quienes la miran a los ojos. De los confines del mundo más oscuro ha salido para estar en una fuente y derramar por sus fauces el líquido sanador que todo lo purifica, el agua. Así se sacraliza y santifica en la ciudad a la bestia.
Está en la fuente de la plaza de San Isidoro. Un medallón de inspiración romana. El origen.
Quizá Roma descubrió que León es la ciudad del dragón, su guarida. Morador de ciénagas y terrenos pantanosos. Sobre corrientes, regatos y regueros está construida León. Los romanos y sus legiones domesticaron el agua con su arquitectura. Y trajeron de Grecia y Oriente Próximo las leyendas sobre este ser mitológico que simboliza la lucha.
La bestia siguió viviendo en León porque los romanos nunca se fueron de aquí, la ciudad continuó siendo romana por los siglos de los siglos y los descendientes de aquellos legionarios han llegado hasta nuestros días, viven en la ciudad. Se recluyeron en las murallas y sobrevivieron a todos los tiempos. Intramuros, sus creencias, las de las legiones, las que trajeron la V Alaudae, la VI Victrix y la VII Gemina, se mantuvieron y se transformaron, se adaptaron a los nuevos siglos y se fundieron con el cristianismo, desde su culto a las ninfas, las diosas femeninas en lo que hoy ocupa la Plaza del Grano, donde los arqueólogos sitúan varios ninfeos y donde aparecería luego un icono de la Virgen del Mercado en plena crisis por el arrianismo, hasta su adoración a Mitra, un culto mistérico muy difundido por el imperio romano que tuvo especial implantación entre los soldados romanos, una religión que practicaban los legionarios y también comerciantes e incluso esclavos pero que estaba vetada a las mujeres. Fue la gran rival del cristianismo aunque acabó devorada por ella, vencida como el león al dragón.
Como Cristo, Mitra nació el 24 de diciembre, en una cueva, y fue adorado por pastores. El poder del solsticio de invierno que se ha mantenido secularmente en León, en las leyendas de la resurrección de los muertos y el paseo del rey Ordoño II y su galgo por la girola de la Catedral la noche en la que nació Jesús de Nazaret o en el mágico canto de la Sibila.
Flota León sobre un subsuelo de agua. La eterna lucha de la ciudad para ser levantada. En todos los lugares. En la Catedral, también, amenazada de destrucción por el topo. Ese sustrato acuoso es el lugar donde vive el dragón.
Sale del averno para enredarse por toda la ciudad. Trepa por la paredes del románico de San Isidoro y se instala en los capiteles, en forma de sierpes o de mujeres de dos pechos mordidos por una serpiente. Asalta el Zodiaco de la basílica románica, una amalgama de Cristo y Mitra, uno de los más enigmáticos e inexpugnables de la Edad Media, con un bestiario de serpientes enroscadas en Escorpio y una sierpe mitráica en Sagitario.
Es, sostiene el profesor titular de Historia del Arte de la Universidad de León César García Álvarez, «el zodiaco más complejo y enigmático de todo el medievo, extraño, extraordinario y singular del arte universal, con imágenes que remiten a fuentes difíciles de conocer aún hoy y lleno de elementos astronómicos». García Álvarez ha investigado sobre el simbolismo de los dragones en sus libros ‘El simbolismo del grutesco renacentista’, ‘ El laberinto del alma’ y en numerosos artículos y conferencias.
Guarda San Isidoro, en su museo, otro dragón. En una cajita de asta de reno con forma de draco, la única pieza de arte vikingo que se puede ver en España. Y en el arca de los marfiles, a San Miguel abatiendo a un dragón, que el profesor Césasr García Álvarez relaciona con el «ragnarok», el apocalipsis vikingo. Joyas de un tesoro digno de reyes, como lo cataloga el propio museo.

Las garras y dientes del dragón representadas por Gaudí en la verja de Botines.
León es su guarida y también tierra de matadores —y matadoras— de dragones. San Isidoro de Sevilla y de León, obispo, erudito y sabio, experto en ciencia, arte y humanidades. Venerado como santo y considerado el último padre de la iglesia de Occidente. Enterrado en la ciudad de las murallas tras las que se cobijó quizá el cristianismo más temprano de España y su culto a una Virgen, la del Mercado, la tercera aparición mariana más antigua de la historia tras la de la Virgen del Pilar al apóstol Santiago, según reza la tradición, en la madrugada del 2 de enero del año 40 en la ciudad romana de Caesaraugusta, Zaragoza, y la de la Virgen de las Nieves, en el 358, que se manifestó, según la leyenda, al papa Liberio y a una pareja patricia en Roma, instándoles a levantar una iglesia en el lugar que encontrarían cubierto de nieve en pleno verano y que es el origen de la construcción de la Basílica de Santa María la Mayor, una de las cuatro basílicas papales. La aparición de León no está reconocida oficialmente por la Iglesia tal vez porque, dicen, no fue una manifestación de la Virgen. Lo que apareció, al parecer, debió ser un icono, como explica siempre el párroco de la iglesia del Mercado, Manuel Fláker Labanda.
San Isidoro, matador de dragón, un santo que entró en batalla y acabó con la bestia mitológica en Narbona, representado en las pinturas de la Cámara de doña Sancha que, según el relato «llamó al dragón, que le obedeció sumiso y, al hacerle la señal de la cruz, se marchó al interior de los bosques dejando de causar daño». Un triunfo sobre el mal.
Un héroe necesita un dragón para vencerlo. También ellas, las matadoras de dragones. Como santa Marina, cuyo nombre lleva en la ciudad un barrio y una iglesia que es parroquia. La santa de Antioquía que fue devorada por un dragón y en sus fauces hizo reventar a la fiera al hacerle la señal de la cruz. La que tuvo una iglesia bajo su advocación en Valencia de Don Juan, hoy desaparecida, con un gran artesonado con dragones, arpías y grifos, 6.000 kilos de peso que se conservan en un techo abovedado en el Prado.
O santa Marta, que tiene en la ciudad hermandad penitencial, que amansó y dio muerte, entre Arlés y Aviñón, en el Ródano, a un dragón de nombre Tarascón. Y una tarasca, quizá la primera referencia en León a este monstruo mitológico, hay en el capitel del muro sur de la Catedral de León, una doble sirena que puede ser dragona o melusina, espíritu femenino de agua dulce que habita en un pozo o río sagrado que es mitad mujer y mitad serpiente, una enigmática sirena.
Y matador de dragones fue Guzmán el Bueno, que se enfrentó a la sierpe de Fez, que reza la leyenda que encontró peleando con un león, al que el caballero que no dudó en sacrificar a su hijo arrojando desde la muralla de Tarifa a las huestes almohades su propio puñal, se apiadó de él y rescató de las fauces del draco para convertirlo en fiel compañero de batalla.

Enjuta con dragón de cola enroscada en la capilla de Santa Teresa, en la Catedral de León.
El símbolo del mal y el demonio, que contiene todos los elementos, el fuego, el aire, la tierra y el agua, se pasea impune por las 111 enjutas del ábside de la Catedral, que el profesor César García Álvarez describe como una sucesión desconcertante de imágenes obscenas, de ángeles y animales, pero que, en realidad, ese «caos» es uno de los conjuntos iconográficos más extraños y excepcionales del gótico. «Único en el mundo», dice. Una muestra única en una Catedral que contiene a la vez claves heráldicas, astrológicas, políticas y dinásticas. Un gran tesoro simbólico.
Tienen 38 dragones de todo tipo imaginables esas enjutas que, entre otros aspectos, representan los vicios que el obispo Martín Fernández quería erradicar del cabildo leonés.
Martín Fernández, obispo de León en la segunda mitad del siglo XIII, al servicio del rey como notario y canciller, y arcediano de la iglesia, impulsor de la construcción de la Catedral, participante en concilios con presencia habitual en Roma y uno de los pocos prelados que favoreció las órdenes mendicantes, sobre todo a franciscanos y dominicos, era un hombre profundamente preocupado por el cumplimiento espiritual de los canónigos catedralicios, con los que mantenía una fuerte enfrentamiento. Tal vez por eso ideó este laberinto, por el que tenían que pasar cada día los canónigos y con el que les recordaba todos los vicios, la idolatría, la violencia, la sodomía, el juego de los dados, el latrocinio, la lucha a espadas, perjurio... Dragones de cola enroscada, aplastados por un águila, luchando entre ellos, expulsando fuego por la boca… No eran el demonio, eran sus demonios, los de los canónigos.
La Catedral de León, que es el «monumento gótico con mayor número de dragones», señala García Álvarez, la bestia que los alquimistas asociaban con el mercurio, el caos y la nigredo (un concepto alquímico que designa la primera de tres fases en la transmutación de la materia), contiene además de dragones la primera representación en el arte del Purgatorio como un lugar no como un estado, la representación del canto de Sibila y otras dos ceremonias que no se han conservado, la fiesta de los locos y la fiesta del asno, y el juramento de iniciación de los constructores de catedrales, con imágenes vinculadas con los cultos de Mitra.

Los ojos del dragón, en la torre Nordeste de Botines, donde lo encerró Gaudí.
Gaudí vio claro que León es la madriguera del dragón, que León era la ciudad de la Leyenda Dorada.
Tenía el dragón su guarida en una laguna, fuera de la ciudad amurallada en la que vivían el rey y sus súbditos. Cuando montaba en cólera, la ciudad le ofrecía sacrificios, primero de reses, luego humanos hasta que, en su voracidad, exigió la vida de la hija del rey. Cuando la princesa iba camino de ser engullida por el dragón, san Jorge le sale al encuentro, lo atrapa, le da muerte y libera de su yugo a la ciudad y todo un reino.
Gaudí sólo tuvo que echar un vistazo. Lo tenía todo ante sus ojos. Una ciudad romana amurallada, un palacio, la tierra pantanosa, su pasado como reino, los pecados de una urbe provinciana…
El arquitecto de Dios, que ha sido declarado por el papa Francisco venerable y para el que se busca la santificación, rompió las normas urbanísticas y no alineó Botines paralelo al Palacio de los Guzmanes sino que trazó una planta trapezoidal exactamente igual que la constelación de Draco y orientada al norte exacto, siguiendo la trayectoria de la estrella Polar, mirando directamente a la mítica ciudad de Glastonbury, donde yacen el rey Arturo y Ginebra y, con ellos, enterrada la leyenda del Santo Grial y los caballeros de la tabla redonda, enfocada a la Torre del Gallo de San Isidoro, donde se guarda el tesoro de los reyes de León y donde se custodió durante siglos el «Cálix Domini», el cáliz de doña Urraca, la reina que empleó su ajuar regio en proteger dos cuencos antiguos de ónix, ¿la copa de la Última Cena, el Santo Gríal?
Gaudí creó un dragón camuflado en el edificio, con la fachada a modo de las escamas de la piel, las fauces de la bestia por puerta de entrada, las garras y los dientes en la verja, el remate del tejado como el espinazo del animal, las escamas en la fachada, los ojos en la torre nordeste y su cabeza, su cerebro, en la rosa de luz, el otro símbolo que representa la sangre de Cristo, bien protegido, en el bajo techo de esta torre, en un lugar al que había que llegar por un angosto pasillo donde nadie entraba salvo los niños de la casa, que subían al domicilio del portero y se colaban para jugar.
Como en la Catedral o en San Isidoro, en la Casa Botines, el constructor dejó a la vista señales, pistas a la espera de que alguien viniera a desvelarlas, que posara sus ojos sobre ellas y supiera interpretarlas.
Gaudí encerró al dragón en Botines, preso en una «caverna» sobre una capa freática como si de un pantano se tratara, colocó la cabeza en lo más alto de la torre nordeste, la única que tiene unos ventanucos en el chapitel dispuestos a modo de ojos, y dejó que la bestia mirara al interior de la ciudad fortificada.
La torre acaba en una veleta que es en realidad la lanza de Longinos, el legionario romano que atravesó el costado de Cristo para certificar que definitivamente había muerto, y la columna a pie de calle que tiene forma de copa es el Santo Grial, el cáliz en el que se recogió la sangre de Cristo. «Es la lanza que hiere a Anfortas, el custodio caído del Grial en el drama musical sacro wagneriano», anota García Álvarez.
Después, sobre la boca de entrada al dragón, colocó a san Jorge atravesando con su espada la cabeza de un cocodrilo que recuerda poderosamente al aún no descubierto en 1892 dragón de Komodo, un dragón vivo, el gran saurio, el lagarto de mayor tamaño conocido. Y, para cumplir la leyenda, colocó la torre nordeste alineada el 23 de abril, festividad de san Jorge, con todas las constelaciones de matadores de dragones, con Draco, Hércules, Ophiuchus y Serpens (el dragón de la diosa), Hydra (la dragona de las aguas), Pegasus (el hijo de la dragona), Perseus, el liberador de Andrómeda (el dragón y la fertilidad de la tierra) y Cetus (el dragón del mar).
César García Álvarez siempre intuyó que Gaudí había dejado en León un gran mensaje, un mensaje de una profunda trascendencia.
Botines, el grial y el dragón, la búsqueda del conocimiento total, el gran secreto, el camino de perfección y la expiración del mal. León, la curación de Gaudí.
Pueblan los dragones de historias y leyendas los pueblos leoneses, ancestrales historias de lagartijas descomunales dedicadas al mal que llaman cuélebres y culebrones, a los que había que sacrificar ganado para apaciguarlos. Lo rezan así los mitos de Leitariegos, Montrondo y La Vid. Y dragones colocó en plena calle Ancha de León el maestro Zuloaga en algunos de sus famosos mosaicos.
Están por todas partes. En el códice de Fernando I y la reina Sancha, en las pinturas al fresco de la iglesia de La Puerta en Riaño o en los grutescos en las obras renacentistas de los principales monumentos de la ciudad.
«El dragón es un iconograma esencial, que simboliza los niveles inferiores de la existencia, el pecado, la vida material, que se oponen a las fuerzas superiores, morales, intelectuales y espirituales, todo ello expresión del humanismo neoplatónico cristiano. Una de las presencias más significativas del dragón, en este sentido, se encuentra en el trascoro catedralicio, en cuyos cuatro frisos se plasman simbólicamente los cuatro niveles de la existencia y sus cuatro furores correspondientes: el material, el moral, el intelectual y el espiritual. En el primer friso, nacen amenazadores y triunfantes de un Romeo. En el segundo, dos dragones vegetalizados son aplastados por Hércules, en el tercero son dominados por sendos Eros ciegos, y en el último han desaparecido, sustituidos por águilas. Ello es una muestra de la extraordinaria sutileza intelectual de los todavía desconocidos humanistas que idearon los riquísimos programas simbólicos del Renacimiento leonés», explica el profesor García Álvarez.
Corría abril de 1808 cuando un «dragón», un coracero de los ejércitos de Napoléon, fue arrojado por su caballo por las escalerillas de la Plaza Mayor, las que se abren desde la boca misma del mítico Bar Benito, la pequeña escalinata que es símbolo de la resistencia de la ciudad contra la invasión francesa. Allí donde cuenta la leyenda que la Virgen de la Inmaculada Concepción obró un milagro que permitió a los soldados leoneses escapar de las tropas invasoras. Porque allí, uno de los soldados franceses maldijo a la Virgen y cayó con su cabalgadura por los peldaños. Fue el último «dragón» en morir. Como si, de nuevo, la Virgen y la sierpe fuera el principio y el fin de todo, el uróboro, el ciclo eterno de las cosas. El último tributo de sangre a la ciudad que es guarida de la bestia.

Una 'dragona' en la fuente de San Isidoro
- La medusa abre sus fauces frente a la casa de un matador de dragones, san Isidoro, con sus cabellos enredados de serpientes. Un monstruo femenino del inframundo que santifica el agua en la fuente de la plaza de San Isidoro.

Dragones en la calla Ancha

Dragones y bestias en los códices de León

Un dragón en forma de cocodrilo y su matador a la vista

INAUGURACIÓN DE UNA NUEVA SALA EN EL MUSEO DEL PRADO QUE ALBERGA LA COLECCIÓN DONADA POR JOSÉ LUIS VÁREZ FISA Y SU ESPOSA MARÍA MILAGROS BENEGAS QUE CUENTA CON DOS JOYAS LEONESAS
La bestia de la santa Marina, matadora de dragones

Los dragones creados en la Catedral de León para recordar a los canónigos sus vicios

La Virgen que aplasta sin miramientos al dragón
