Diario de León

Un enigma a tumba abierta

Como si de una película se tratara, el cuerpo de Antonio del Corral y de Mier, uno de los prohombres de Sahagún, desapareció hace cuarenta años sin que nadie haya sido capaz de informar a la familia acerca de lo que ocurrió en realidad, cómo fue la exhumación de los restos y dónde está el cadáver

Imagen del sarcófago donde estaba enterrado Antonio del Corral

Imagen del sarcófago donde estaba enterrado Antonio del CorralACACIO

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Cristina Fanjul
León

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Ratones que salían de las órbitas de los ojos del cadáver. Eso fue lo primero que vi al abrir la tumba». Jesús Celis, arqueólogo y exdirector del ILC, explica que él estuvo presente en la exhumación del cuerpo que acogía el sarcófago gótico que hoy se muestra en la iglesia de Santo Tirso de Sahagún. El abandono de la pieza, yacente durante un siglo en el cementerio de la villa y procedente, según los historiadores, del monasterio de Trianos, corría el peligro de descomponerse por las sacudidas del frío y la lluvia.

Celis recuerda que había un panal de abejas que abrigaba el nido de roedores. «Fue una imagen demasiado potente como para olvidarlo», añade el director del yacimiento de Lancia, que por entonces trabajaba para CPA, la empresa de conservación del patrimonio artístico que la Junta contrató para restaurar el cofre, un tesoro medieval adquirido durante la desamortización de Mendizábal para servir de refugio eterno a Antonio del Corral y de Mier. Sin embargo, los descendientes aseguran que nadie les avisó cuando el sarcófago se abrió y el cuerpo al que albergaba fue exhumado.

Hace algo más de treinta años de aquello, pero la familia no se rinde. «Digan lo que digan desde la administración, a nosotros no nos llamaron. Todo el mundo en Sahagún nos conoce. Todos sabían a quién pertenecía esa tumba, pero prefirieron no decirnos nada. Hemos pedido, sin éxito, que nos digan qué hicieron con los restos, dónde están, pero hasta ahora todo ha caído en saco roto», dice Antonio, marido de la tataranieta del finado.

Esta es una historia dentro de otra. Una de ellas es la de la vida del hombre, Juan Antonio del Corral y de Mier, cuyo cuerpo desapareció hace casi 40 años, otra, el sarcófago que lo abrigó en el camposanto durante más de un siglo. La tercera, el paradero final de los restos con una disputa entre los descendientes y la administración que parece lejos de solucionarse, en un relato que comienza con la desamortización, atraviesa el epílogo del siglo XX y, cuarenta años después aún colea.

Antonio, el marido de Leonor del Corral, tataranieta de Antonio del Corral, en su casa de Sahagún

Antonio, el marido de Leonor del Corral, tataranieta de Antonio del Corral, en su casa de SahagúnVirginia Moran

DIARIO DE LEÓN publica el 12 de abril de ese año una información en la que constata que el ayuntamiento había votado el pleno en el mes de febrero sacar la pieza del cementerio para evitar su degradación total si bien no fue hasta 1994 cuando se produjo el traslado. También asegura la redactora que había un cuerpo en su interior. Es aquí donde comienzan las divergencias.

Un sarcófago real

El sarcófago es, de todos los protagonistas, el que más historia (e historias) almacena en su interior. Su último ocupante fue el origen de este reportaje, pero sus más de 800 años podrían cubrir un viaje por el tiempo semejante al de la novela de H. G. Wells. Del siglo XIII, fue tallado para acoger a doña Beatriz, hija del infante don Fadrique. Dicha dama ordenó ser enterrada en Sahagún y, como bienhechora del monasterio, recibió sepultura en su iglesia. Sin embargo, el rey Sancho IV mandó cambiarlo de lugar con el objetivo de colocar en su lugar el del rey Alfonso VI, con lo que el de doña Beatriz se trasladó a Trianos. La historiadora Ángela Franco destaca que la infanta debió morir entre 1251 y 1268, por lo que la ejecución de su sarcófago debe datarse en el último cuarto del siglo XIII. También apunta, no obstante, a una posible pertenencia a doña Grutondo, sobrina de doña Teresa Pérez, fundadora del monasterio de Gradefes. En cualquier caso, la arqueológa defiende que perteneció a una mujer de la nobleza por cuanto que la yacente tallada en el sepulcro no es una religiosa.

La que fuera conservadora del Museo Arqueológico Nacional precisaba que la escultura estaba ricamente ataviada. Viste gonela que cubre con una capa, cuyos pliegues caen completamente rectos desde la cintura, cubriéndole el brazo izquierdo y recogiendo los extremos del lado derecho con una de las manos, mientras que en la otra sostiene una alcachofa. Peina cabello corto y liso partido en dos por un flequillo y cubre la cabeza con alto bonete según la moda de la época. Los rasgos faciales denotan una expresión serena.

La exhumación

La familia de Antonio del Corral y Mier, último ocupante del féretro, denuncia que se produjo una profanación, que la apertura de la tumba se hizo sin permiso y que el cuerpo desapareció. Antonio, el marido de Leonor del Corral Herrero, una de las descendientes, asegura que se sabía que el propietario de la tumba era Lucinio del Corral, padre de Leonor.

De hecho, en el Boletin Oficial del Estado del año 1999 consta — con motivo de la declaración del monasterio de Santa María de Trianos como Bien de Interés Cultural con categoría de monumento— que el sepulcro que éste atesoraba fue aprovechado para el cuerpo de don Juan Corral. «Sin embargo, nunca se pusieron en contacto con nosotros para llevárselo», asegura.

Tanto la Junta de Castilla y León como el ayuntamiento aseguran que los días 11 y 12 de abril de 1988 se publicaron sendos anuncios en el Bocyl y en el BOP que sometían a información pública la propiedad del sarcófago: «Ningún familiar aparece como reclamante de derechos y se determina posteriormente su inclusión en el inventario de bienes del Museo de León». Asimismo, el expediente de la Junta certifica que el 24 de enero de 1992 hay un escrito del ayuntamiento dirigido al Servicio Territorial de Cultura en el que aparecen sendos edictos de la alcaldía a fin de que pudiera reclamarse la propiedad por cualquier persona, «lo que nadie hizo en el plazo que en los mismos señala».

Sin embargo, no es en esta diatriba donde radica un problema con derivadas penales, si bien habría prescrito. Y es que nadie sabe dónde está el cadáver y, lo que resulta más grave, los documentos oficiales — y no solo los testigos— se contradicen en una batalla de sospechas que revela que hay afirmaciones que no cuadran. El arqueólogo Jesús Celis asegura que él mismo, testigo del proceso de apertura del féretro, vio con toda seguridad el cuerpo del finado. «Tiene que haber, por lo tanto, un acta judicial», dice, al tiempo que afirma que, además de los trabajadores de la empresa había un juez. La familia, por el contrario, asegura que en el cementerio no hubo ningún representante de la Iglesia, policía sanitaria mortuoria ni juez alguno. Lo tildan, por lo tanto, de una profanación.

El pasado 17 de julio, el Servicio Territorial de Cultura de la Junta enviaba a Leonor del Corral un documento en el que aseguraba que los restos hallados en el sarcófago se depositaron en una urna costeada por la propia administración autonómica y que todo ello se hizo de acuerdo a la normativa sobre policía sanitaria mortuoria. Lo recogido en este expediente entra en colisión con la afirmación del ayuntamiento que, en varios documentos, —entre ellos en una contestación al Procurador del Común— ha asegurado que no se tiene constancia de información alguna respecto a la existencia en el sarcófago de restos mortales.

¿Quién dice la verdad? ¿Había restos en el sarcófago? Y, si los hubo, ¿qué se hizo con ellos?

La familia lleva años tratando de recabar datos que le lleven a tener una certeza sobre el paradero de Antonio del Corral sin éxito. Las cartas de Leonor, tataranieta del fallecido, llenan el registro de la Junta y del ayuntamiento, pero la ausencia de respuestas es la única resolución que hasta el momento ha recibido.

«Mire, lo único que queremos es que el ayuntamiento de Sahagún realice un acto de reconocimiento por la cesión del sarcófago que la familia ha hecho a la villa, pero ni siquiera son capaces de hacer eso», lamenta Antonio, el marido de Leonor del Corral.

Este periódico ha tratado de lograr la valoración y las explicaciones de Domingo Vallejo, alcalde de Sahagún en el momento del traslado del féretro desde el cementerio hasta Santo Tirso, pero no ha logrado que este ofrezca información alguna sobre si hay algún expediente relativo a la exhumación del cadáver. Por su parte, quien ocupa en estos momentos la concejalía de Cultura, el concejal de Cultura actual, Ramón Rodríguez Alaiz, explica que en su día nadie reclamó la propiedad del sarcófago. «Estuvo dos veces en información pública», dice para defender que la familia del Corral no puede considerar que la pieza es de su propiedad. «Por lo tanto, cuando dicen que ha sido una cesión al ayuntamiento están equivocados. La posibilidad de realizar un acto de homenaje ha sido votada en pleno hace tres años y no salió adelante», explica, al tiempo que considera estéril preguntar, casi cuarenta años después, si había o no un cuerpo en la urna.

Y, sin embargo, y a pesar de que la posible profanación haya prescrito... «Tenemos derecho a saber dónde están los restos del antepasado de la familia de mi mujer», reivindica Antonio, que recuerda, además, que todo se solucionaría con un acto de reconocimiento al hombre cuyo cuerpo alguien perdió.

UN LINAJE MUY LEONÉS

La vida del ocupante del sarcófago es otra de las historias que componen el puzzle. Vástago de una familia procedente de Liébana, el padre de Antonio del Corral fue guerrillero durante la ocupación francesa y alcanzó el grado de coronel. En la sucesión de cruces sanguineos, la familia Corral entreveró su historia con las de los Azcárate, los Flórez Herques o los Font, entre otros, todos ellos relacionados con la Institución Libre de Enseñanza y, por lo tanto, del ideario liberal. Su hija Guadalupe contrajo matrimonio con Julio Font y Canals, hijo a su vez de José Antonio Font y Carbonell, comprador de los conventos de Sahagún y Trianos y de otros bienes desamortizados.La familia incrementó su patrimonio durante la desamortización y Antonio del Corral fue uno de los principales compradores de bienes de los conventos de Sahagún y Trianos — como el sarcófago gótico— y del clero secular. En los padrones y censos figura de manera invariable como uno de los mayores contribuyentes a la villa y de la provincia. Formó parte de la junta de fomento del ferrocarril de Palencia a León y suscribió acciones por 24.000 reales. También fue accionista de la Sociedad Palentina-Leonesa que explotó la ferrería de San Blas en Sabero. Intervino activamente en política y ocupó varias veces cargos municipales, siempre por elección popular. Había sido comandante de la milicia nacional de Sahagún en los primeros años de la regencia de María Cristina de Borbón. Esta milicia prestó importantes servicios a la causa liberal y persiguió a las partidas carlistas que desde las montañas de Palencia y Santander recorrían la comarca de Campos cometiendo atropellos y saqueos. Fue diputado en Cortes Constituyentes de 1837 y la elección se realizó según la fórmula establecida en las Cortes de Cádiz. Perteneció a la comisión permanente de Ultramar y a la Comisión especial para examinar el plan del Gobierno para terminar la guerra Carlista.

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