Diario de León

El Cristo leonés que fue a una guerra

De dónde vino y dónde estuvo antes es un enigma. Un gigante encajado en una capilla en la que apenas cabe. Tanto, que sólo se le puede rezar a los pies. Tres metros cuarenta centímetros de alto para un Cristo de batalla. Una de las tallas más antiguas de León. Un coloso. También el devoción popular de León. Es el Cristo de la Victoria, que ganó una guerra

Una mujer reza en la capilla del Cristo de la Victoria, en la calle Ancha.

Una mujer reza en la capilla del Cristo de la Victoria, en la calle Ancha.S.V.P.

León

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Es un gigante encajado. Metido en una capilla que apenas tiene tres pasos de ancho y dos metros y medio de fondo. Él, que mide 3,40 por 3,20. Enorme. Colosal. También en la devoción de los leoneses. Se pierde en la memoria la veneración a este Cristo de la calle al que sólo le asoman los pies entre los ventanales de su capilla, en pleno centro de la ciudad, en la calle Ancha. Qué sabe la ciudad de él. Apenas nada más que la piedad de los leoneses.

Es una de las representaciones escultóricas de Cristo más antiguas de León. Datado entre finales del XII y principios del XIII, poco más se conoce de él. Un Cristo de batalla, ligado a las contiendas, de los que la tradición cuenta que llevaban a los campos de guerra, a veces a lomos de una cabalgadura, a veces pegado al pecho como el pequeño crucifijo que, según la leyenda, llevaba el Cid bajo su armadura en combate.

La historia del Cristo de la Victoria la recogió en sus libros José María Villanueva Lázaro, llenos de datos inéditos pero en los que no citó ni una fuente. «Una lástima», lamenta César García Álvarez, profesor de Historia del Arte de la Universidad de León. Villanueva Lázaro menciona que la talla estaba en la antigua iglesia de los franciscanos descalzos, hoy desacralizada y usada como simple almacén, en la plaza de Santo Martino, pegando a la Cárcel Vieja, el castillo romano que hoy ocupa el Archivo Histórico Provincial, en el Arco de la Cárcel. Y cuenta que luego, en algún momento, fue trasladado a la primera capilla de la Victoria, antes de que esta fuera derruida durante el ensanche de la ciudad y reconstruida tal como está ahora. Pero no aportó datos de dónde obtuvo esa información y, por lo tanto, no se pueden comprobar. Esa página de la historia sigue en blanco, a la espera de una pista que permita hilar el relato de la vida de esta talla.

Para César García Álvarez, el Cristo tiene, como señala Villanueva Lázaro, reminiscencias franciscanas. En las llagas del Crucificado y en la laceración del costado. Los franciscanos celebran las llagas de Cristo desde de que a san Francisco de Asís se le manifestaran el 17 de septiembre de 1224 mientras estaba en el Monte Alverna.

Al Cristo hace referencia el Marqués de Lozoya, historiador, catedrático, crítico de arte, escritor, periodista y político español, que lo data en el XII, y Gómez-Moreno, arqueólogo, historiador del arte e historiador, que lo hace en el XIII.

No se conservan más datos históricos de la imagen. Ni en los archivos públicos ni en el Diocesano, a donde se trasladaron todos los documentos de la iglesia de San Marcelo, a quien está adscrito el Cristo de la Victoria. Sí hay constancia en cambio desde el siglo XV de la existencia de la capilla, coincidiendo quizá con el traslado a León, el 29 de marzo de 1493, Sábado Santo, de los restos del centurión Marcelo, hallados en Tánger, donde fue martirizado.

«La conquista de Tánger, en 1471, por Alfonso V de Portugal, trajo consigo el hallazgo de una tumba en cuya lápida podía leerse ‘Marcellus, mártir legionense’. En la recuperación y traslado a nuestra ciudad de los restos mortales del Santo Legionario intervinieron Fernando el Católico, el Cabildo Catedralicio y el Concejo leonés, recoge Maxi Cayón, Cronista Oficial de León.

El Cristo de la Victoria y las pinturas de la Virgen María y san Juan en el altar de la capilla. Una imagen difícil de ver así, en toda su extensión, pues desde la puerta sólo se aprecian sus pies, dado su tamaño colosal

El Cristo de la Victoria y las pinturas de la Virgen María y san Juan en el altar de la capilla. Una imagen difícil de ver así, en toda su extensión, pues desde la puerta sólo se aprecian sus pies, dado su tamaño colosal

Cree la ciudad que el lugar donde está la capilla del Cristo de la Victoria fue la casa del centurión que es patrón de la ciudad.

Marcelo era leonés. Había nacido en el campamento romano en algún año de la segunda mitad del siglo III. Vivía junto a su mujer, Nonia, y sus hijos —hasta doce dicen las crónicas: Claudio, Lupercio, Victorio, Facundo, Primitivo, Emeterio, Celedonio, Servando, Germano, Fausto, Jenuario y Marcial, todos mártires— al comienzo de la calle Ancha, en la edificación que hoy ocupa la capilla de la Victoria.

Cuentan que en julio del año 298, en plena celebración de las fiestas por el nacimiento el emperador Valerio, Marcelo tomó la vía principalis del campamento, la misma que en su día recorrió Trajano antes de ser emperador de Roma, cuando era legado y comandante de la Legio VII Gemina Pía, la calle que ha permanecido inamovible más de dos mil años, y se dirigió al campo de entrenamiento de los legionarios, formados ese día para la fiesta. Allí se despojó de su espada y el sarmiento de vid, atributos de su rango militar, y proclamó su conversión, su adhesión a la causa cristiana. Lo hizo en público, ante la legión en pleno, en el campo que se abría ante el Palacio de los Guzmanes, la extensión que hoy ocupa la iglesia de San Marcelo, la plaza de las Palomas y el Ayuntamiento viejo. Apresado y enviado a Tánger, fue condenado a muerte y decapitado el 29 de octubre del 298.

Si Marcelo vivió en ese solar o no forma parte ya de la leyenda, pues habitualmente un centurión romano vivía en barracones dentro de los campamentos militares aunque contaba con un lugar más cómodo y privado del destinado a su centuria, la espina dorsal de una legión romana. Los restos del mártir están en el altar mayor de la iglesia de San Marcelo, en un arca de plata del siglo XVII obra del platero leonés Hernando de Argüello.

El Cristo no, pero la capilla que alberga al Cristo de la Victoria en cambio está bien documentada porque el oratorio que sustituyó a la original es propiedad municipal y los avatares de su construcción están recogidos en las actas que conserva el Archivo Histórico Municipal. Lo recoge en su libro ‘Políticas Ceremonias’ Luis Pastrana, gran Cronista Oficial de León. Pastrana cuenta el episodio en el que el Juez de Primera Instancia pide al Ayuntamiento que explique las razones que alega para considerarse dueño de la capilla. El municipio responde con un largo listado. «Que él exclusivamente ha hecho obras de conservación, que ha nombrado persona para su custodia dándole habitación en casa aneja y que jamás fue disputado ni contradicho tal derecho»», según las actas de la sesión de 28 de mayo de 1883 que cita Pastrana. El requerimiento de esa justificación se debía a los planes para alinear y ensanchar la calle.

La capilla original sobrevivió hasta el ensanche de la ciudad. La pequeña iglesia que cae bajo la piqueta en 1883 era de mayor tamaño, tenía un portalón delante a modo de atrio y más superficie por detrás, a modo de corral, con una sacristía. Lo citan Pastrana y Cayón Diéguez. También lo hace Juan Carlos Ponga Mayo en su libro ‘La Calle Ancha desde que era estrecha’.

«La capilla del Cristo de la Victoria se encontraba, como el resto de las casas de la manzana, sometida a la alineación y a la pérdida de una parte de su solar para ampliación de la vía pública», dice Ponga. Y añade: «Antes de demoler la capilla se considera necesario sacar de la misma la talla del Cristo que en ella se venera». En las actas municipales de octubre de 1882 se recoge ese dato.

Un  hombre le reza al Cristo de la Victoria, arrodillado ante su capilla en plena calle Ancha.

Un hombre le reza al Cristo de la Victoria, arrodillado ante su capilla en plena calle Ancha.Andrés M. Trapiello

De dónde vino, dónde estuvo antes es un enigma. Pero queda claro que la capilla actual se construyó para que cupiera el Cristo gigante. A su medida, al menos para que entrara. En vertical. Por eso, se le reza a sus pies. Literalmente, pues desde la puerta es imposible ver nada más. En el oratorio, que el vicario capitular Cayetano Sentís y Grau encargó a Demetrio de los Ríos, arquitecto director de las obras de la Catedral, que se inspiró en la basílica de San Isidoro y que no pudo levantar pues murió antes y que ejecutó finalmente Juan Crisóstomo Torbado Flórez, apenas cabe el oficiante y un par de monaguillos.

«Sobre la capilla que alberga el Cristo de la Victoria se sabe mucho más que sobre el propio Cristo. La capilla, de gusto ecléctico historicista, de fines del siglo XIX, con seguidismo de San Isidoro, tiene proporciones mínimas marcadas por su carácter urbano y necesaria adecuación a los requisitos de una ciudad en evolución, pero alberga un crucificado de proporciones colosales. Su datación está entre el siglo XII y el siglo XIII, pero creo que no es tan determinante finalmente entrar o salir unos años en un siglo o en otro. Mucho más importante sería conocer su origen y ubicación anterior a quedar supeditado a la capilla de la calle Ancha. Y por qué la elección de, precisamente, esta imagen y no otra teniendo en cuenta la incoherencia de tamaños entre Crucificado y capilla», reflexiona Marta Eva Castellanos, restauradora de la Diócesis.

Castellanos, que defiende una restauración en profundidad de la talla, que ya sufrió una fuerte intervención a mediados del siglo XX y luego en los años 90, cree que hoy «necesita ser tratado otra vez porque son evidentes los daños en su policromía, tanto estéticos como estructurales».

La restauradora el Obispado alerta de que la capilla «no evita que la imagen esté expuesta a las inclemencias meteorológicas ya que una simple puerta con un cristal la separa de la calle».

«Desde luego, es una imagen devocional y simbólicamente relevante», expone. Y, como César García Álvarez, señala que «es una pena que sea irrelevante documentalmente».

García Álvarez destaca otros elementos de interés, como las pinturas de la Virgen María y San Juan que acompañan a cada lado el Cristo, las estrellas de iconografía bizantina que representan la luz divina, la trascendencia y la guía celestial, y las rejas que son una réplica de las de la Iglesia del Mercado.

El profesor de la ULE da relevancia a la «intensa devoción» que concita el Cristo de la Victoria.

Lo conoce de cerca la farmacéutica Marta Fernández de Vega Chávarri. Sus padres fueron custodios regidores del Cristo de la Victoria. Por tradición, el cuidado de la imagen recayó entre los vecinos del barrio. Su farmacia colinda con la capilla. Y su padre, muy meticuloso, llevó durante años las cuentas del Crucificado. La devoción de León por esta imagen queda patente en las donaciones y limosnas, que Fernández de Vega anotó de manera minuciosa, ejercicio tras ejercicio.

Marta Fernández de Vega Chávarri con los documentos que conserva de su padre, también farmacéutico, que fue custodio regidor del Cristo de la Victoria. Su farmacia linda con la capilla.

Marta Fernández de Vega Chávarri con los documentos que conserva de su padre, también farmacéutico, que fue custodio regidor del Cristo de la Victoria. Su farmacia linda con la capilla.S.V.P.

Marta Fernández de Vega sube las escaleras de la farmacia en busca de una caja donde conserva los archivadores de su padre. En letra legible, con esa caligrafía de antes, su padre anotó gastos e ingresos del Cristo. Las flores, la limpieza, las bombillas, las facturas de la Tintorería Habanera y de la Imprenta Moderna, de Electricidad Rueda o de Casa Tele… y al otro lado los ingresos: donaciones pero, sobre todo, las limosnas de los fieles. Del cepillo, el 14 de enero de 1992 había 79.000 pesetas. De una limosna, el Cristo recibió cien mil pesetas. Y en la columna de haber, llegó a tener una pequeña fortuna.

Si los donativos eran generosos, también la ayuda que prestaban los custodios a otras causas: 25.000 pesetas para una operación de trasplante de un niño, para los afectados de un huracán en América, unas inundaciones en Badajoz o para Unicef en Ruanda. Todo perfectamente detallado, porque el Cristo de la Victoria tenía cartilla en la Caja de Ahorros. Y, como rezaba en las estampitas, «en la puerta hay una ranura para recoger limosnas».

Las cuentas se entregaron en el Ayuntamiento y en la iglesia de San Marcelo y, coincidiendo con un cambio legal sobre la titularidad de las cuentas bancarias —hay quien dice que también por un enfrentamiento entre los regidores del Cristo y los regidores de la ciudad— los encargados de custodiar la imagen cesaron y los papeles quedaron en una caja que Marta Fernández de Vega no había vuelto a abrir.

En cuántas cruzadas habrá estado este cristo de batalla, este coloso leonés que se deteriora preso en su pequeña capilla aprisionada entre medianeras. Consta que la ciudad se encomendaba a él cuando se iba a la guerra pero para García Álvarez y Castellanos, la imagen evoca el triunfo del cristianismo sobre el paganismo que profesaban los legionarios que fundaron la ciudad y que, en palabras de Cayón, «en el ara de la Victoria, establecida muy cerca de la Puerta Cauriense, situada entre el Palacio de los Guzmanes y la embocadura de la calle de la Rúa, realizaban ofrendas a sus dioses». ¿Sería ese, la proximidad al altar de la victoria romano, la piedra en forma de pedestal o de columna donde se conmemoraba la victoria de Octavio sobre Marco Antonio y Cleopatra, el origen del nombre de la capilla y el Crucificado leonés?

La devoción de la calle. La batalla que sí ganó. Ese Cristo encerrado en su capilla que parece derrota pero es Victoria.

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