Historia de los mendigos de León
La historia de la mendicidad en León viene de antiguo pero la ayuda moderna a los ‘pobres de solemnidad’, reales o fingidos, la inaugura en la ciudad Vicenta Vicent, viuda de Cadenas, en la calle Caridad. Unos galpones que el Ayuntamiento mantuvo desde 1935 a 1964. Este es un recorrido histórico por la vida de los pobres ‘sin techo’ y ‘sin nada’

Hombre arrodillado pidiendo limosna en una calle de León.
La Calleja de los Difuntos. Así se llamaba una calle de León en aquellas calendas de tinieblas, aunque hoy se la conoce por calle Caridad, situada en el barrio de San Lorenzo, barrio en otras épocas de prostitutas y procesiones de difuntos, barrio que se pierde en la vieja historia de León. Fue asentamiento de romanos y sufrió los azotes de Almanzor. Barrio de jornaleros, molineros, hortelanos y labradores, que trabajaban las huertas y molinos. Eran gentes sencillas, que celebraban su fiesta solemnemente el 10 de agosto, día de San Lorenzo. Por aquí discurrían siete presas de agua, como la llamada Presa Vieja que movía siete molinos, o el ‘reguero merdero’, cuyo nombre lo dice todo.
La calle Caridad va a desembocar a la plaza de San Lorenzo, donde está el Crucero que en tiempos, según se dice, fue picota para ajusticiamientos de la Santa Inquisición. A ciencia cierta no se sabe exactamente de dónde venía el anterior nombre de ‘Calleja de los Difuntos’. Según unos, debido a que por aquí llevaban a los difuntos en procesión para las exequias en la antigua iglesia del siglo XII de tapial, que hubo de ser derriba por su estado ruinoso, y según otros, que en esta calleja fueron enterrados en sus propias casas los vecinos fallecidos cuanto la peste asoló León en el año 1693, una de las más virulentas que hubo, según consta en actas del Ayuntamiento.
Terribles inviernos eran aquellos de principios de siglo XX. Los numerosos pobres y hasta familias enteras que deambulaban por la ciudad no tenían donde cobijarse al llegar la noche. Y entonces, una dama leonesa, doña Vicenta Vicent, viuda de Cadenas, propietaria de unos terrenos en esta calle Caridad, llevada de su altruismo, en el año 1935 construyó unos galpones o cobertizos con el fin de dar refugio a las personas que deambulaban por la noche, a los ‘sin techo’, a los ‘sin nada’, a los mendigos.
Estos galpones, conocidos por ‘Refugio Cadenas’, estuvieron funcionando con la colaboración del Ayuntamiento hasta el año 1964 en que, debido a su estado ruinoso, no pudiendo cumplir ya con su finalidad y tuvieron que ser cerrados. Pese a lo básico de este refugio, hay que decir que en su quehacer humanitario, fue uno de los pioneros de España. Veinte año después, en 1985, el propio Ayuntamiento, siendo alcalde Juan Morano, tomó la iniciativa de resucitar aquel pionero refugio, ubicándolo en la calle Panaderos 5, donde lo atienden voluntarios de los Hermanos de San Juan de Dios, proporcionando todos los años cama y alimentos a cantidad ingente de estos necesitados. Hoy en el lugar del antiguo refugio de la viuda de Cadenas se halla el Centro de Educación Infantil.
Aunque no altruista, es este interesante caso aparecido a principios del 1900, en aquel periódico intelectual del partido republicano ‘El Porvenir de León’, un reportaje sobre un bar dormitorio situado en la calle del Rastro, hoy Ramón y Cajal. El autor dice en su crónica que este bar, a la vez café y que sirve también de dormitorio a mendigos, golfos y toda clase de gente maleante, era digno de estudio, y debía ser también de inspección sanitaria por parte de las autoridades.
Cuando entró en la taberna, dice, serían aproximadamente las tres de la madrugada, había gente por las mesas entregadas al sueño, y otros ante el mostrador consumiendo copas de aguardiente. Preguntado al dueño si tenía más huecos con gente, le invitó a pasar por detrás del mostrador, y en un salón cuyas dimensiones no excederían de nueve metros de largo por cinco de ancho, habría más de noventa personas sentadas en bancos de madera y con la cabeza echada sobre una mesa, y otros en el suelo apoyados unos sobre otos junto a la pared.
El paso era difícil porque la masa de gente formaba un estrecho callejón de carne humana. «Puedo afirmar», dice, «que en mi vida había visto junta tanta miseria. Luego pasé a otra pequeña habitación especie de cocina sucia y revuelta por la que se va a un pasillo estrecho que conduce a otra habitación sin ventilación en absoluto y en el interior habría otras ochenta personas echadas por el suelo. El olor era insoportable. Tuve que contener el aliento para evitar desagradables contaminaciones, pues a mi lo que me interesaba era hacer el reportaje. Este bar, aunque no lo crea, explicaba el dueño, es uno de los buenos negocios que hay en León, sobre todo en invierno, pues hay días de frío en donde no se puede colocar un alfiler».
«Comienza a llenarse a partir de las nueve de la noche. Los que cogen mesa, tienen la obligación de tomar un café acompañado de una copa de orujo, a lo que se añade una pequeña galleta, y se echan a dormir apoyados sobre la mesa. A las tres o cuatro de la madrugada, la camarera les despierta, y les sirve otra consumición que es también obligatoria, esta vez café con leche y un bollo de pan. Estos son los preferentes, y pagan veinte céntimos por cada ronda y la mesa, es decir la ‘cama’. Los que están por el suelo sólo se les da un bollo, pero no pagan nada por la ‘cama’, es decir por el suelo, porque no tienen nada. Pero hay días, dice el dueño, sobre todo en los días crudos de invierno en que viene más gente, que entran en la caja del mostrador no menos de noventa pesetas, entre los que consumen y no consumen, pues por estos, la caridad del hospital de San Antonio Abad tiene a bien darnos un pequeño óbolo. Noventa pesetas no las recauda ni el mejor hotel o fonda de León, dice el tabernero, pero seguro que si recaudan más, en relación con el capital invertido en el negocio, los beneficios son inferiores a los que obtiene esta humilde casa». Cuando salió de la taberna-dormitorio el autor del reportaje, ya al amanecer, se preguntaba cómo las autoridades permitían que existieran estos pobres harapientos, y estos antros de miseria y focos de infecciones.

Pobres con un cura.
La asistencia para los indigentes en León ya existe desde hace siglos, desde épocas medievales, pues consta que en el año 1064, el obispo Pelayo fundó un hospital y casa de acogida para atender a los pobres en sus necesidades médicas y alimentarias, y otros, como el de San Antonio Abad del siglo XIII en la plaza de Santo Domingo, el del Santo Sepulcro o el de San Lázaro en Santana, el de Santo Martino, el de San Marcos. O sea, once siglos ya de asistencia médica y de caridad en León.
En el siglo XVIII, en el número 1 de la calle Misericordia existía un hogar regentado por un cura y un médico-cirujano donde se atendía a los vecinos necesitados y también a los forasteros pobres y a «extraños miserables». Su patrono era el cura, y la dotación de 1.053 reales y 12 maravedíes, consistente en varios capitales del censo y cuya renta administraba el propio cura.
Desde el siglo XVI, y principalmente en los siglos XVII y XVIII, ya se analizaba el clima económico social de esa época, pero también se examinaba el fenómeno del crecido número de pobres que se juntaban en los centros urbanos. Se proponían medidas tendentes de acuerdo con las normas de la justicia y de la caridad, a la vez que ampliar las fuentes del trabajo para proveer a las clases populares de suficientes medios para sostenerse honradamente. No obstante, la protección extendida a las clases pobres se vituperaban los abusos de los mendigos fraudulentos y los atropellos de los vagos.

Pobre pidie3ndo en la romería de San Froilán en La Virgen del Camino.
En tiempos de Felipe II hubo que admitir la limosna pública, aunque debidamente regulada, por la plaga de mendigos que proliferaban al fracasar el intento de que los pobres y mendigos se redimiesen por el trabajo siguiendo la doctrina de Luis Vives, la cual sentaba quepor razón de justicia y no sólo de caridad, había que proteger tanto al niño pobre, como a los expósitos y huérfanos, vagabundos y pícaros, aunque estos preferían vivir de la mendicidad, de la sopa boba y de la picaresca, que del trabajo.
Así tenemos al mendigo de ‘esquina’, que acapara dos calles, tiene su sitio fijo y espanta a los otros que quieren postular en su lugar. También está el mendigo ‘documental’, que es el que pone un pasquín delante de él, contando con mentiras, o acaso con su miseria verdadera el motivo por el que mendiga. Y por último el mendigo ‘artista’, que puede ser músico o que pinta, pero no sabe nada ni de lo uno ni de lo otro. También hubo un tiempo, no sabemos si ahora, de tener cada vecino su pobre, cada pobre su parroquiano, y de esta mendicidad sancionada por la costumbre nadie se quejaba. Todo esto, en vez de estimular la caridad la quita, porque la limosna dada a un mendigo hace brotar en el acto, diez o doce que exigen otro tanto como cosa propia.

De la población vagabunda y mendicante tenemos constancia de primera mano por las novelas picarescas. También por la proliferación de los conventos donde se ofrecía la ‘sopa boba’, sustento de la gallofa, alimento necesario para los infinitos pobres que se estacionaban a las puertas del convento, sin más amparo que el de Dios y el de los religiosos. Fingiendo humildad y beatitud, los mendigos alargaban los pucheros, las cazuelas y las escudillas. Se apiñaban todos y gruñían más que murmuraban. De esto dan cuenta de primera mano los padres del convento de los Franciscanos de León.
Vida libre y andariega. Vida de truhanería en la que había que aguzar el ingenio y echar el mal de ojo cuando no se podía calentar el estómago con la sopa boba. Mendigos, todo lo hacían menos lo que constituía un trabajo regular. Si les ofrecías una labor reglamentada, escapaban, se convertían en nuestros enemigos. Por nada renunciaban a la libertad. Y si les negabas el socorro, te miraban lanzando entre dientes terribles y sibilíticas maldiciones. Las mujeres simulaban estar embarazadas, colocándose una almohada en el vientre pidiendo limosna para el parto. Otros se vendaban la cabeza con trapos sucios fingiendo estar descalabrados, o se acostaban en lugares donde pasaba la gente fingiendo estar enfermos. Unos fingiendo estar cojos, que el hábito de cojear los había hecho cojos definitivamente y ya no podían enderezarse aunque lo intentaran. Era la farsa de la pobretería, la farsa del falso pobre, y que la Pícara Justina a veces practicaba en sus andanzas por León.
Por el año 1540 el cardenal Juan Pardo Tavera propuso al Gobierno, en ausencia del rey Carlos V, que también afectaba a Castilla y León, una ley sobre la pobreza, cuyo texto era de 12 artículos. En síntesis, imponer un examen a nivel de vida y pobreza que debían superar los mendigos para poder practicar la mendicidad. Servía así para diferenciar los pobres verdaderos y los falsos, dando licencia sólo a los primeros, que eran los vecinos del pueblo o avecindados que por propia naturaleza se les consideraba pobres. Esta licencia tendría la validez de un año en un radio de no más de seis leguas del lugar, los pobres no naturales eran desterrados. No se daría licencia aquellos que no se hubieren confesado y comulgado al menos una vez al año. Se prohibía la mendicidad infantil, para que no cogieran la costumbre del vicio de mendigar. Y por último, todos estaban obligados a la recta administración de las limosnas.
Era una medida primordial y necesaria en aquellos tiempos en que España era el país de la pobretería pedigüeña, del estudiante sopista, del dómine en ayunas, del artista escuálido y del hidalgo hambriento que disimulaba su abstinencia y aparentaba su hartazgo esparciéndose migas de pan en las barbas. Y en este censo no habrían de estar sólo los que no comen en muchos días, sino también los que comen todos los días la décima parte de lo que necesitan.

Un mendigo acostado en un banco de un parque de León con todas sus posesiones en aquellos llamados 'tambores' de detergente.
Pero, ¿y si ampliamos la estadística haciendo extensiva a los otros pobres, a los pobres vergonzantes que se ruborizan de tender la mano y tender el alma y la palabra y el esfuerzo para conseguir el óbolo caritativo? Mendiga es la juventud que no puede salir de los hogares, de la casa de sus padres, porque no encuentra trabajo y ni aún terminados los estudios. Mendigo es el que se queda sin trabajo, por quebrar la fábrica, o los licenciados mal retribuidos, o los comerciantes que no venden sumidos por las grandes cadenas, o los becarios, o los mil que han sido despedidos porque una sola máquina puede hacer su trabajo. De este modo se puede decir que muchos están en condición humilde y mendicante, o sea pobre vergonzante, mendigo sin solemnidad.
¡Hay tanta gente que tiene hambre de tantas cosas que no son pan¡ ¿Qué importa que la limosna pedida para pan sea gastada en vino? Como si el vino no fuera para muchos tan necesario como el pan. Recuerdo que hace tiempo, chateando con un amigo poeta por el barrio Húmedo dio 200 pesetas de aquellas a un pobre que imploró la caridad de este modo: «¡Por favor, señores, una limosna para ayuda de una frasca de vino!». Una frasca eran dos litros. ¿Fue un gesto generoso o un alarde de filósofo el de mi amigo el poeta? Yo me inclino más bien a creer en su filosofía, porque muchas veces, cuando veo a nuestro alrededor tantas inquietudes y tantas cosas tristes y miserables, creo que lo mejor sería estar siempre, como aconsejaba Baudelaire, «borracho del algo».
Siempre ha sido deprimente el espectáculo de la mendicidad, pero hay quien afirma que muchos de los de estas comparsas son simplemente profesionales de la mendicidad, disfrazados para mejor conseguir la conmiseración de las gentes, como los que se disfrazan de cojos y tullidos, o los que mendigan adoptando posturas dolorosas sobre el enlosado, o gimoteando en las puertas de las iglesias o de los supermercados, extendiendo su mano rugosa y renegrida, procedimientos unos, casi en desuso y otros tan socorridos, que a fuerza de ser tan vistos se han desacreditado hasta el extremo de no inspirar compasión. O los que pudiendo tener trabajo, por ser el jornal exiguo desde el punto de vista de ellos, prefieren no ganar ninguno y vivir de los rendimientos no tan honrosos, pero sí más lucrativos, de la postulación mendicante. Curiosamente, el que esto cuenta, sorprendió en una ocasión este interesante diálogo: «¡Cómo!... ¿tú pidiendo limosna? ...le dijo el primero al segundo… ¿No tienes trabajo? .... Te diré, como tener trabajo, si lo tengo, pero entre ganar poco, exponiendo la vida en los andamios, o ganar más del doble de este modo, ya me dirás».
Muy acertadamente se ha dicho que el hombre es un animal de costumbres. Las mayores relajaciones morales pueden llegar a constituir un hábito, a modo de segunda naturaleza de la que el poseedor es inconsciente. De este modo no se explicaría que subsistan esos bajo fondos de la sociedad. Y es que al amparo de la mala vida vivan numerosos seres que hasta creen gozar de la felicidad, en fuerza de estar acostumbrados a las mayores privaciones. Buena prueba de ello, la aversión irreductible de muchos mendigos a la reclusión o aislamiento. Prefieren vivir su vida en la calle, libres, que estar acogidos en un asilo de la caridad, donde se les exige comportamientos y obligaciones. Y esto lo estamos viendo cada día en las noticias que dan los medios de comunicación. ¿Quién no ha tenido la ocasión de oír o ver casos en que los padres obligan a los hijos a que mendiguen, junto a su persona o por separado?

Un hombre pidiendo limosna en una calle de León el 26 de noviembre de 2013.
Hay algunos mendigos que tienen casas, ahorros en el banco y bienes de otras clases, son avaros por naturaleza y no aspiran más que a reunir mayor cantidad de fortuna. En otros la costumbre de pedir se ha hecho un vicio eterno. Se dan casos de algunos mendigos recluidos en un asilo, donde nada les puede hacer falta, pedir limosna dentro de él a cuantas personas acuden de visita.
Un caso curioso ocurrido aquí en León fue el de una anciana tullida y en cama hacía varios años con buena pensión de viudedad que pedía limosna a cuantos se acercaban a su lecho, incluso lo hizo en la víspera de su muerte. Otra señora también de aquí en León, tenía alquilado un piso segundo en la calle Varillas y una buhardilla en la misma casa. En el piso recibía espléndidamente a sus amistades, y en la buhardilla los socorros que se hacía llevar diariamente de diferentes asociaciones benéficas.
Pero el caso más esperpéntico fue el de una señora de aspecto humilde, aunque de porte aristocrático, también vecina de León, que se dedicó durante bastantes años a dirigir peticiones de socorro a toda clase de personas pudientes hasta que el cabo de cierto tiempo se descubrió que pagaba diez mil pesetas de alquiler de casa y tenía en ella dos criadas y un piano en el cual hacía sus ‘pinitos’ musicales.
Y no hemos de olvidarnos de aquella mujer pobremente vestida, sin apenas dientes, bastante encorvada, vestida de negro, que pedía limosna por los bares, y al morir se descubrió que era propietaria de una casa en la calle Renueva, con un cartilla de ahorros de más de siete millones de pesetas de aquellas, y un hijo cura.
Hay que desconfiar de los mendigos que llevan papelotes y envoltorios. Algunos recordarán a una original pareja que andaba por León, madre e hijo. Ella con desastroso equipo y él con melena recortada con tijeras de esquilar y un gran transistor al hombro, siempre pegado a la oreja, pero que no debía entender nada de lo que se hablaba. En cierta ocasión unos amigos intrigados de que la mujer guardase con cierto recelo un envoltorio de periódicos al ver que se acrecaba alguien, se propusieron descubrir el misterio y comprobaron que era nada más y nada menos que una botella de aguardiente, compañero inseparable de la mendiga. La pareja, que al parecer tenía familia en una localidad de Andalucía, fueron enviados a ese lugar por el servicio de asistencia social, por ferrocarril, junto con un voluminoso equipaje del que no querían separarse consistente en doce sombreros viejos, cuatro misales romanos, tres maletas llenas de ropa sucia y raída, nueve botellas vacías, tres barras de pan duro y varias cajas de zapatos viejos. Riquezas de las que no quisieron separarse, siendo preciso abonarles el correspondiente exceso de equipaje.

Uno de los usuarios del Hogar del Transeúnte espera refugio el 18 de enero de 2017 durante la ola de frío en la ciudad.
Todo esto puede comprenderse admitiendo la monomanía de la mendicidad. Se dice con frecuencia que la verdadera necesidad está oculta, y esto es cierto, pero se debe desconfiar de los necesitados que abusan de los memoriales y de las repetidas peticiones.
Por la década de 1950 andaban por la calle dos hermanos, uno que solía colocarse en la esquina del Padre Isla y Renueva, con un platillo y haciéndose el ciego, que veía mejor que un lince, y el otro solía colocarse por Suero de Quiñones, haciéndose el manco, y cuando ya tenía la calderilla suficiente, soltaba la mano ‘manca’ que tenía sujeta detrás de la espalda oculta por la chaqueta y se ponía a dar puñadas al aire como se si practicara el boxeo. Cada dos por tres eran sorprendidos por los guardias municipales en estas malas artes de la mendicidad y les metían en la ‘perrera’, aquel tendejón ubicado entre el último cubo de Ramón y Cajal esquina calle Abadía, tendejón que servía a la vez para recoger los perros sueltos y también para encerrar a los borrachos, cantores nocturnos, blasfemos y rateros de poca monta.
Aquí, como en todas partes, muchos de los mendigos de solemnidad, los pobres a perpetuidad, sienten obstinada rebeldía a la reclusión y a la disciplina bienhechora, a la higiene, a la alimentación y comodidades reglamentarias, prefieren la incertidumbre del azar. ¿Por qué? Hace muchos años un filántropo tuvo una iniciativa. Dijo que la solución del problema había que buscarla en los componentes de ese mismo problema. Y se le ocurrió ofrecer un premio de 50.000 pesetas de aquellas de 1945 al mendigo que acertase a expresar la verdadera razón psicológica que motivaba el fracaso de cuantos planes se habían ideado para reprimir la mendicidad. Ignoramos los resultados que tuvo tan pintoresco concurso.
Uno no es culpable de la pobreza, decía Suzanna Jansen en una entrevista, al comentar su interesante libro ‘El paraíso de los pobres’, en el cual cuenta como real un horrendo y deprimente experimento en el que había estado inmerso uno de sus antepasados. Tras las guerras napoleónicas se generó mucha pobreza. Un general ideó un plan: ¿por qué no emplear a los pobres y de paso darles disciplina, civilizarles, para que dejen de ser pobres? Así que mandó construir tres grandes hospicios a modo de cuarteles para alojar a unas tres mil personas. Durante el proceso de ‘civilización’, se separó a los padres de sus hijos para educar a ambos por separado, y hasta que los adultos no demostraran ser eficientes no tenían derecho a volver a reunir a la familia. De otro modo había que reeducar a los pequeños. El director de aquello aplicaba una disciplina militar. Les decía lo que comer, cuándo hacerlo, y así. Nadie tenía poder de decidir nada sobre su vida, ya que carecían de las herramientas para volver a una vida normal, incluso después, porque el mundo exterior señalaba a los que salían de aquellos hospicios, con cierto temor. Aquellas personas solo eran pobres que habían tenido mala suerte, pero la sociedad ya no les daba trabajo, era como si hubieran estado en la cárcel o en una leprosería. El invento fue un fracaso total. La gente allí internada quedó estigmatizada en vida. El caso es que este experimento duró casi un siglo.
Uno no sabe lo que pensar sobre esto. La pobreza pasa de una generación a otra. El que crece en un entorno pobre tiene la sensación de que el mundo no le pertenece, no confías en ti mismo. La mendicidad es común a todos los países, y en el Tercer Mundo puede llegar a un grado cruento. La desigualdad social, el desempleo, la explotación laboral, diversos accidentes, migraciones, la avanzada edad, el vagabundeo, el ‘auto-enfermo’, las enfermedades mentales e incluso la negativa a recibir ayuda son algunos de los factores más frecuentes de la mendicidad.
Viene a cuento esta aversión irreductible de la mayoría de los mendigos a la reclusión o aislamiento recordando la filosófica manera de vivir de aquel pobre que deambulaba por las calles de nuestra ciudad, allá por la mitad del siglo pasado, de profesión, sin lugar a dudas, la de mendigo perpetuo.
Era un viejecito pequeño, delgado, de ojillos azules y barba rala. Creo que se llamaba Hortensio. A través de las roturas del sombrero mugriento asomaban mechones de revueltos cabellos grises. Los bolsillos de su chaqueta abultaban enormemente y colgaban de los hombros como si fueses talegos. El color de su traje era de un color inconfundible, pero también un color indefinible, como todos los trajes de los mendigos. Habría que inventar un color especial para distinguirlos.
El viejo caminaba siempre observando con atención al suelo, y un grueso palo no se separaba de su mano. ¿Qué buscaba este viejo con la vista fija en la tierra? ¿Iría pensando en la pequeñez humana? ¿De que todo es polvo, miseria y calamidad en la vida? Y de pronto se encorvaba y recogía algo del suelo. Era una punta de cigarro que el mendigo, después de limpiarla cuidadosamente, sepultaba en la cavidad insondable de su bolsillo
Fuese donde fuese, en el paseo de la Condesa, en Papalaguinda, en la plaza de San Marcos, en una calle, en un rincón, en la puerta de la iglesia, allí se encontraba uno con el viejo pordiosero no compartiendo su regocijo con los demás, sino pidiendo limosna, con voz lamentable. Hasta en los entierros se le encontraba uno. No a rendir un positivo testimonio de respeto y amor al fallecido, sino a ejercitar su derecho indiscutible de pedir a todo el mundo, como si esto de la limosna fuese para él la noción central de la existencia.
Para Hortensio, lo trascendental, lo importante estaba en atrapar la limosna. Fuera de eso, las ideas y las grandes luchas de la existencia y las revoluciones y las guerras que agitan al mundo sólo dejaban en su cerebro una idea turbia y embrollada. Había aprendido a vivir, que no es poco, a costa de los demás, que ya es mucho. ¿Para qué más?
Por la noche, en el pórtico de la iglesia de Renueva, aquella antigua y pueblerina iglesia que estaba a la entrada de la estación de Matallana, extendía su manta, contaba las monedas recogidas durante el día, encendía la colilla de un cigarro puro de los que atrapaba en el suelo y se dormía mirando a las estrellas que fulguraban en la masa informe, inmensa y sombría del firmamento.
Una mañana de un día de invierno apareció Hortensio helado, tieso, frío, con una colilla pegada a sus labios morados, inertes. La helada de 14 grados bajo cero de esa noche de claro luna acabó con este mendigo de León, orgulloso de su ignorancia y por eso mismo, nadie le amargó la vida.