15 años del 15-M: lo que queda en León de la indignación de las plazas
Hace 15 años, Botines se convirtió en León en el epicentro de un movimiento social pacífico que asaltó las plazas de todo el país en busca de un cambio, un revulsivo y un espacio de expresión. Una generación de jóvenes golpeados por la crisis tomó el megáfono para gritar su desencanto. Fue la voz de los indignados. Un grupo de leoneses echa la vista atrás. Esto es lo que ha quedado de ese movimiento cívico que desató una ola de esperanza

Concentración en la plaza de Botines exigiendo uno de los lemas de la protesta pacífica del 15-M: "Democracia Real".
Es parte de la historia política y social de este país. Un movimiento pacífico con la desobediencia civil como pilar. Imágenes icónicas de las acampadas en la Puerta del Sol y en otras plazas de toda España, asambleas a golpe de megáfono y micrófono, debates abiertos, sin guion ni tiempo de intervención. Un parlamento en la calle que se regía por una norma: libertad de expresión.
Hubo debate pero poco contraste, porque la mayor parte de los reunidos coincidían en sus ideas.
Las plazas se empezaron a llenar de tiendas de campaña. Acampadas espontáneas que se extendieron desde la Puerta del Sol en Madrid, el kilómetro cero de las protestas, hasta la plaza de Botines en León. Eran el símbolo de la lucha contra la corrupción, la austeridad que ahogaba a las familias, los recortes y la precariedad. Y el rechazo a la 'vieja política', que encarnaban el bipartidismo del PP y el PSOE.
Fue la ‘primavera española’, un nuevo ‘mayo del 68’ protagonizado por otra generación aunque aquellos viejos rebeldes de la revuelta parisina, que se habían terminando acomodando al sistema, revitalizaron su espíritu de protesta y se sumaron a la movilización. Juntos escribieron una página que está en las hemerotecas y en Google. Los llamaron, despectivamente, los ‘perroflautas’, pero desaliñados o no, antisistema frontales o no tanto, fueron el germen del nacimiento de nuevas opciones políticas y un nuevo compromiso social. Así nacieron las ‘mareas’, Stop Desahucios o Podemos. Algunos de aquellos líderes callejeros terminaron asentados en la política institucional, desde los ayuntamientos hasta los parlamentos o el Congreso de los Diputados.
De todo aquello sobrevive un poso de nostalgia, un punto de decepción y un sueño aún latente, el de la posibilidad de un cambio social profundo desde el personal.
“Sigo pensando en el 15-M como un movimiento crucial, no sólo por sus repercusiones en España sino también fuera del país”. Esther Bajo volvió a ser joven aquel 15-M de hace 15 años. Junto a su pareja, el también periodista José Luis Estrada. En Botines. Entre tiendas de campaña de mil colores y el bullicio de las ideas.
Estrada es autor del libro ‘¡A la plaza!’, en el que desentrañaba la actuación de los mercados que, en su opinión, estaban secuestrando la democracia y ponían en riesgo de desaparecer instituciones como la Unión Europea, denunciaba el papel de las Escuelas de Negocios, que habían convertido el sistema financiero mundial en un casino, y el corporativismo que había invadido la política y la había puesto a su servicio, desprestigiando a los políticos y haciendo el trabajo sucio a la ultraderecha, cuyo ascenso analizaba minuciosamente, tanto en Europa como en América. Llevaba algunos años de ventaja porque desde la crisis del 2008 venía analizando la situación política y social.
“José Luis lanzaba en eso que él llamaba ‘panfleto' algunas propuestas al debate público y un llamamiento para crear un movimiento de rescate de la democracia, y en ello estaba cuando empezamos a ver esos carteles en blanco y negro que llamaban a una movilización el 15-M y a la que nos unimos inmediatamente”, recuerda Esther Bajo.

Cacerolada en la plaza de Botines el 20 de mayo de 2011.
“Yo no estuve en primera línea. No dormí en plazas ni sostuve megáfonos. Estaba sentada, observando, desde el ingenuo estudio del banquillo, sabiendo que, de manera inevitable, me iba a tocar salir a jugar. Y que también, de manera inevitable, me iba a lesionar". Sofía Delgado mantiene vivo el recuerdo de ese momento.
“El 15-M me enseñó, al igual que a mucha más gente, que indignarse podía ser una forma de amor hacia el mundo y no sólo de rabia contra él. Que la democracia no es un estado o un lugar al que llegamos de manera definitiva y estática, sino una conversación ardua, casi permanente, con nosotros mismos y con los demás sobre cómo queremos convivir. Y que los derechos que hoy consideramos normales fueron conquistados gracias al compromiso personal de mucha gente generosa que antes decidió organizarse para ampliar la dignidad de quienes vendríamos después. Y así generación, tras generación”, reflexiona Sofía Delgado.
Buena parte de los participantes del 15-M han pasado ya página. Les cuesta volver la mirada a aquellos días y no ocultan un punto de decepción.
“Estoy ya en otras batallas”, dice uno de los protagonistas de aquellos días. “Sigo en el activismo, pero de otra manera”, añade. No quiere nombre ni apellidos. “Me queda lejos ya”, apostilla.
“Yo ahora ayudo desde otro lugar”, dice otra de las personas participantes en aquel movimiento. “No estoy en el activismo, ahora ayudo desde otro lugar”, explica. “Hacen falta espacios de acción, conversación, empatía y resolución de conflictos cotidianos que ahogan a las familias en soledad y angustia”, añade.
“Queda la añoranza de lo que fue, de lo que pudo ser y no se cumplió”, recuerda otro miembro de aquel 15-M leonés. “Yo estuve en la Puerta del Sol, creí en ello, pero todo o casi todo ha quedado asfixiado precisamente por la política”, apunta. “No sé si merece la pena volver a recordarlo ahora”, añade con un punto de desencanto. “Pero existió y fue importante”, les responden en diferido quienes también estuvieron allí.
“El 15-M no solo fue un acontecimiento político. Fue y sigue siendo una forma de contracultura histórica permanente que sabemos ha adoptado y seguirá adoptando muchas formas y muchos nombres y que en definitiva se traduce como el espíritu colectivo de quienes nos negamos a aceptar que la injusticia sea el estado natural de las cosas”, reflexiona con 15 años de distancia Sofía Delgado.
“Rompió el monopolio de la resignación. Nos recordó que podíamos participar, disentir, preguntarnos cómo queríamos vivir y organizarnos para defender aquello que considerábamos importante. Cambió conversaciones, ensanchó imaginarios y devolvió legitimidad a palabras que parecían desgastadas: comunidad, dignidad, solidaridad, democracia, patria”, aporta Delgado. “No fue sólo una plaza. Fue una pregunta colectiva profundamente humana: qué país queríamos construir y cómo queríamos sostenernos los unos a los otros”, añade. Y da la respuesta: “Lo tuvimos claro. Ahí importaba lo público. La sanidad pública que nos cuida cuando somos vulnerables. La educación pública que ensancha horizontes y democratiza oportunidades. Los servicios sociales que protegen cuando la vida se rompe. La cultura como derecho y no como privilegio. El feminismo”.
“El 15-M inspiró mi idea de país”, explica Sofía Delgado. “Un país que tiene que ver con una España generosa, profundamente humana y construida desde la diversidad y el reconocimiento mutuo. Una España que entiende la diferencia como riqueza y no como amenaza. Que defiende la democracia y los derechos humanos en voz alta, de frente y sin ambigüedades. Que protege aquello que nos hace más iguales. Un territorio profundamente solidario y antibelicista. Un país que no mire hacia otro lado ante el sufrimiento ajeno, que entienda que la dignidad humana no termina en las fronteras y que sepa reconocer en cada injusticia una responsabilidad compartida. Un país que apueste por el diálogo frente a la violencia, por la cooperación frente al miedo y por la paz frente a quienes convierten el odio en identidad política”.
Menos optimista es José Antonio García. “Acabaron copiando lo que tanto criticaban, los personalismo, el liderazgo extremo, la confrontación política, los bandos, el navajeo… en fin, los vicios de aquella vieja política que decían combatir”.
"Al final hubo más poder que política", resume.
“Mucho de lo que ha sucedido en estos años, desde aquel 15-M, se lo debemos a ese movimiento de rebeldía, a los ‘indignados’, sin ellos no hubiera sido posible pero creo sinceramente que ha quedado enterrado”, explica desde Madrid Rosario García. “Muchas líneas rojas que se habían marcado se las saltaron casi inmediatamente. Y con sus luchas intestinas han ahogado la visibilidad de los éxitos, de lo que se logró”.
“Compartimos una esperanza”. En eso coinciden todos. “Nosotros pensábamos que reinventar una democracia real pasaba por participar activamente en ella, que renunciar a ser votantes y votados era resignarse a que a los ciudadanos se nos tratara como meros clientes”, reflexiona Esther Bajo. Ella entró en política, en el Ayuntamiento de Villaquilambre, con un partido que ayudó a crear. José Luis Estrada falleció prematuramente.
“Aún recuerdo, cuando vivía en Malta, donde me trasladé tras la muerte de José Luis y de mi madre intentando recomponerme y recomponer mi familia, una colección de ratones de ordenador que vendían en el principal centro comercial de la isla; cada uno tenía la bandera de un país europeo y un lema que lo caracterizaba, como ‘Viva la pizza’ en el italiano o ‘Vive l’amour’ en el francés, y en el español ponía Sí podemos”.
“La muerte de las ideologías no esconde el hecho de que siempre ha habido y hay dos caminos, tanto en lo personal como en lo político: el que conduce hacia los demás y el que conduce hacia uno mismo, es decir, el camino hacia el interés privado o el camino hacia el interés público y la solidaridad, y creí que éste sigue siendo, por suerte y en el fondo, mayoritario, pero desactivado por las divisiones en torno a cuestiones de menor importancia y por la frustración”, analiza Esther Bajo.

Acampada en la plaza de Botines.
También para Sofía delgado supuso una transformación personal.
“Personas corrientes que se levantan todos los días imaginando cómo pueden ayudar a los demás a través de su toma de decisiones: personas que sostenemos hogares, asociaciones, redes vecinales, escuelas, movimientos sociales, espacios culturales, lugares de encuentro, sindicatos, gestores de lo público, partidos políticos… gente de todos los colores y marcas. Verdaderos corredores de fondo de la igualdad, la fraternidad y la democracia cotidiana. Personas que, muchas veces lejos del foco, siguen creyendo que merece la pena construir una vida más justa para todos y todas”, dice Delgado.
“Quizá por eso importa tanto la memoria colectiva. No como nostalgia ni como una disputa estéril sobre el pasado, sino como brújula ética. Para reconocer las señales. Para recordar que ninguna democracia está completamente a salvo, que ningún derecho permanece intacto por inercia y que las formas del fascismo —camufladas o expuestas— rara vez regresan anunciándose con claridad”.
Más allá de la utopía está el asalto de la realidad social y política, con el asentamiento de la extrema derecha y su discurso excluyente que recoge ahora a los nuevos indignados.
“Quizá uno de los errores de nuestro tiempo sea imaginar el fascismo únicamente como aquello que ya conocemos de las fotografías en blanco y negro, de los uniformes, de los símbolos evidentes o de las consignas grotescas que hoy, en ocasiones, reaparecen en forma de caricatura cutre. Existe, sí, un autoritarismo ruidoso, simplista, profundamente inculto, que convierte la complejidad en consigna y el miedo en espectáculo. Uno que parece casi una mala copia de sí mismo Quizá el verdaderamente inquietante no sea solo ese. Lo peligroso es también aquello que se presenta con formas más aceptables. El discurso de odio cuando aprende a vestirse de normalidad. Cuando se camufla de sentido común, de falsa moderación o de cansancio social. Cuando convierte el desprecio en opinión respetable, la desigualdad en mérito y la deshumanización en simple realismo”, añade.
“La historia nos enseñó algo incómodo: rara vez las democracias se deterioran únicamente desde los extremos más evidentes. También se erosionan cuando demasiadas personas dejan de reconocer las señales porque ya no llegan gritando”, profundiza Sofía Delgado.
“Queda de ese movimiento es el temor a una ciudadanía que ha sustituido la indignación por la rabia –y la indignación sabe dónde quiere ir en tanto la rabia es ciega- y la necesidad, cada vez más imperiosa, de unidad en torno a las ideas básicas de los demócratas progresistas”, dice Esther Bajo.

Acampada en la plaza de Botines. Los jóvenes no se fueron a sus casas, se quedaron a vivir en las plazas, que se llenaron de tiendas de campaña. Fue el epicentro de la protesta cívica y pacífica.
El 15-M rompió el bipartidismo tradicional, provocó la llegada de nuevos partidos como Podemos y Ciudadanos y movimientos sociales que dieron el salto a la política, colocó el acceso a la vivienda y la sanidad y educación públicas en el centro del debate, cambió la manera de la participación ciudadana y permitió una nueva manera de expresión de los vecinos, alzó la voz por la igualdad y el feminismo y cambió la percepción sobre la corrupción, que no ha desaparecido pero para la que hay ahora menos tolerancia social.
El movimiento se disolvió, Podemos está en caída, Cs ha desaparecido y muchas de las reivindicaciones, como la lucha contra la precariedad laboral o la vivienda, siguen aún vigentes y sin solución. No cumplió todas las expectativas que la sociedad depositó en ese movimiento y, sin embargo, cambió el interior de muchas personas. Y les dejó una huella profunda.
“¿Cuál es la herencia más valiosa del 15M? La conciencia de que esa España diversa y profundamente humana era, es y será siempre posible. Una España construida desde la memoria democrática, la cultura, la fraternidad, la defensa de lo público y la convicción de que nadie merece quedarse atrás”, resume Sofía Delgado.
«Creímos que todo podía cambiar, vivimos ese sueño».
¿Sería posible un nuevo movimiento de indignados? Motivos hay, dicen, pero no se dan las circunstancias. 15 años después del 15-M queda algo más que nostalgia. Su impacto social está fuera de toda duda. Y eso es más que un recuerdo.

Manifestación en León dentro de los actos organizados por el 15-M con uno de los eslóganes más famosos del momento.