Diario de León

Los refugios de la infancia olvidada

«Las puertas de las escuelas se fueron cerrando unas detrás de otras. Con un portazo que sonó en los pueblos a sentencia de muerte. Pero en los palacios de la capital solo hubo silencio… Isabel Cantón Mayo se sirve de las palabras de Ana Gaitero como el prefacio de su nueva investigación sobre escuelas rurales

Museo Castrocalbon de antiguas escuelas.

Museo Castrocalbon de antiguas escuelas.maria fuentes

Cristina Fanjul
LEÓN

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Hay un aura de melancolía en las fotografías de los niños de Toralino. Veinte escolares de diferentes edades se exponen a la cámara junto a su maestra. Son los años 50 del siglo pasado. Fue hace un momento, pero parece que la imagen llega hasta nosotros desde el otro confín del tiempo. Vestidos algunos de ellos con su ropa de trabajo, no alcanzan los diez años de edad. Niñois y niñas acuden juntos a la escuela, con la pátina de la vida propia del campo y la escasez. Sonríen y ese momento es la demostración de que a pesar de la postguerra, los avances civilizatorios de las aulas que los cobijan son la promesa de un futuro mejor. La de Toralino fue una pequeña escuela mixta desde sus comienzos como escuela de temporada. El edificio ha sido reformado y hoy en día es un local social y un bar. Al principio tenía una sola puerta. La otra se abrió al darle otros usos. Esta escuela de 1940 carece de servicios anejos y tiene la funcionalidad básica escolar. Su supresión coincide con las de los pueblos limítrofes en mayo de 1980.

Catedrática emérita de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de León, Isabel Cantón, puso en marcha Las escuelas rurales de La Vega y La Valduerna por la más que evidente decadencia de la escuela rural por la incidencia de la despoblación y la desaparición física de muchas escuelas. La obra abarca nueve ayuntamientos y 34 pueblos, todos con características singulares, de relevancia por sus construcciones escolares, que constituyen uno de los patrimonios arquitectónicos y culturales más valiosos del mundo contemporáneo. Defiende la profesora que el progreso de los alumnos, convertidos de adultos en profesionales relevantes y activos para el desarrollo de su tierra, se debe a las escuelas rurales. Sin embargo, advierte que, a pesar de ser bienes de alto valor patrimonial, están en peligro. Cantón ha dedicado el libro a la categorización, puesta en valor y preservación de estos «lugares de la memoria», como ella los llama.

La profesora Isabel Cantón.

La profesora Isabel Cantón.maria fuentes

Cada edificio escolar refleja una determinada concepción de la enseñanza, una época histórica y unas necesidades sociales concretas. Como señala Isabel Cantón, todas las escuelas son importantes e inclasificables en su singularidad; sin embargo, para comprender mejor su evolución resulta útil agruparlas en categorías que permitan identificar elementos comunes y analizar sus características constructivas y funcionales. La construcción de las escuelas modernas y de los sistemas educativos nacionales fue posible gracias a dos paradigmas de gestión y política educativa. El primero fue el paradigma comunal y el segundo, el estatalizador, que se mantienen en la actualidad. Destaca Cantón que las escuelas públicas españolas han tenido una historia triste y compleja. «La urbana se distribuía en locales viejos, casas alquiladas, bajos municipales, dispersa en varios barrios de la ciudad, mientras que las rurales adolecían de lo más básico en recursos y edificios, y compartían el espacio escolar con los animales o en el atrio de la iglesia. A finales del siglo XIX y principios del XX, las escuelas se ubicaban casi siempre en una sala angosta, húmeda, mal ventilada y con escasa luz y los padres no se atrevían a enviar a sus hijos a recibir la primera instrucción porque temían catástrofes como las de Ruzafa —donde murieron diez niños por el hundimiento de la escuela— y Albalate. Por ello, en muchos lugares, el profesor daba las lecciones casi a la intemperie, en patios y corrales, y las suspendían los días de lluvia o frío excesivo. En 1930 surge el Gatepac (Grupo de arquitectos y técnicos españoles para el progreso de la arquitectura contemporánea), cuyos nuevos modelos se desarrollaron en poblaciones muy pequeñas de León, que consiguieron así tener un edificio escolar diseñado por arquitectos vinculados a las corrientes europeas más avanzadas. Un impulso significativo se produjo gracias a Pablo Flórez, cuyo trabajo permitió dotar a muchas localidades de escuelas renovadas. Los edificios de adobe y tapial fueron así sustituidos por otros de ladrillo y piedra, con lo que se dignificó el espacio educativo. Este periodo estuvo influido por corrientes pedagógicas renovadoras vinculadas a la Institución Libre de Enseñanza, cuya impronta llegó a León a través de la Fundación Sierra-Pambley. Inspirada en los principios de Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate o Manuel Bartolomé Cossío, la Fundación promovió una concepción de la educación basada en la libertad, la formación integral del individuo y la conexión entre la escuela y la experiencia. Desde 1939 hasta 1975 se promulgó la primera y única ley de Construcciones Escolares, a la que se acogerán, por ejemplo, la mayoría de las escuelas de La Bañeza. El territorio de La Valduerna conserva un conjunto excepcional de edificios escolares que muestran la evolución de la arquitectura educativa rural durante el siglo XX. A través de distintas tipologías, es posible observar cómo las políticas educativas, las condiciones económicas y los modelos pedagógicos fueron configurando espacios destinados a la formación de generaciones enteras.

Material escolar

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Tipos de escuelas

Entre las tipologías más reconocibles destacan las denominadas escuelas fortaleza, presentes en localidades como San Félix de la Vega, Robledino de la Valduerna, Fresno, Cebrones, Riego o la primera escuela de Destriana. Construidas principalmente entre las décadas de 1960 y 1970, estas escuelas presentan edificios compactos de dos plantas realizados en ladrillo o piedra, orientados al sur y cubiertos con teja árabe. Su arquitectura transmite una clara sensación de solidez y protección. Los edificios se organizan mediante un volumen rectangular de planta y piso, con fachadas continuas y una composición rigurosamente ordenada de ventanas cuadradas o ligeramente rectangulares. La escasez de elementos decorativos, la presencia ocasional de rejas en algunos huecos y la robustez de los muros generan una imagen casi defensiva, de ahí la denominación de «fortaleza». Constructivamente responden a soluciones económicas y resistentes, mediante muros portantes reforzados con elementos de hormigón y cubiertas inclinadas de suave pendiente adaptadas a las condiciones climáticas de la comarca. La cubierta inclinada, de pendiente suave, responde a soluciones constructivas tradicionales adaptadas al clima local y favorece la evacuación del agua de lluvia. El acceso principal se realiza directamente desde la calle mediante una entrada sencilla, complementada con una rampa metálica que mejora la accesibilidad. Técnicamente, el edificio está construido con muros portantes de fábrica y estructura reforzada con elementos de hormigón, utilizando sistemas constructivos económicos y resistentes. La escasa decoración y la continuidad de los paramentos muestran una clara prioridad por la durabilidad, el control y la funcionalidad antes que por la representación estética. Su implantación alineada con la calle y la apariencia cerrada generan una imagen robusta y protectora, propia de antiguas escuelas rurales o edificios educativos adaptados a contextos de pocos recursos.

Imagen de los alumnos de una de las escuelas

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Imagen de los alumnos de una de las escuelasDL

Imagen de una de las escuelas

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Otra tipología singular es la de las escuelas matrices, representada especialmente por los edificios de Castrillo de la Valduerna y Toral de Fondo. Su rasgo distintivo es la combinación de funciones docentes y residenciales en un mismo conjunto arquitectónico. El edificio se articula mediante dos cuerpos laterales destinados originalmente a las viviendas de los maestros y un volumen central reservado para las aulas. Esta organización genera fachadas equilibradas y simétricas donde los volúmenes extremos adquieren protagonismo visual y confieren cierta monumentalidad al conjunto. Las aulas se reconocen por la disposición regular de amplias ventanas que favorecen la entrada de luz natural, mientras que las zonas residenciales permitían al profesorado vivir integrado en la comunidad rural. Esta fórmula arquitectónica refleja una época en la que la escuela constituía un auténtico centro de vida social y cultural. La construcción se resuelve mediante muros de fábrica revestidos y estructuras de hormigón, materiales característicos de la arquitectura escolar pública del siglo XX. El resultado es una arquitectura sobria, práctica y representativa, capaz de conciliar educación y residencia bajo una misma cubierta. La expansión educativa de los años sesenta impulsó la construcción de numerosos edificios siguiendo modelos promovidos por el Ministerio de Educación. A esta categoría pertenecen las escuelas de Requejo y Villarnera, junto con otros ejemplos como San Juan de Torres. Son las escuelas estandarizadas. Estas construcciones presentan una organización muy racional: las aulas se sitúan en la planta baja y las viviendas de los maestros ocupan la planta superior. Se trata de edificios de dos alturas construidos en ladrillo visto combinado con bandas revocadas y pilares exteriores que marcan el ritmo de las fachadas. Su arquitectura responde a criterios de economía, repetición y funcionalidad. Las ventanas rectangulares, distribuidas regularmente, garantizan una adecuada iluminación natural, mientras que las cubiertas inclinadas de teja cerámica aseguran una eficaz protección frente a las inclemencias meteorológicas. Desde el punto de vista técnico, suelen emplear estructuras porticadas de hormigón armado con cerramientos de fábrica de ladrillo y forjados de hormigón. El resultado es una arquitectura austera, sólida y duradera, representativa del desarrollismo español y de la voluntad estatal de extender la escolarización a todos los rincones del país. En localidades como Palacios de la Valduerna, Miñambres de la Valduerna y Valle de la Valduerna aparece una tipología especialmente singular: las denominadas escuelas con peineta. En estos edificios, la «peineta» constituye un elemento de coronación que sobresale sobre la cubierta y rompe la estricta funcionalidad del volumen principal. Más que una solución técnica, se trata de un recurso compositivo destinado a dotar al edificio de identidad propia y reforzar su carácter institucional. La presencia de formas verticales o escalonadas en el remate superior introduce una silueta reconocible en el paisaje urbano y diferencia a la escuela de otras construcciones utilitarias. Aunque el edificio mantiene la sobriedad característica de la arquitectura escolar rural, la peineta aporta una dimensión simbólica que dignifica visualmente el espacio educativo y lo convierte en un referente dentro de la localidad. La tipología más extendida en la comarca es la de las escuelas funcionalistas de planta baja, presentes en Castrotierra, Toralino, Regueras de Arriba y de Abajo, Santa María de la Isla, Santibáñez de la Isla, San Martín de Torres, Santa Colomba, Vecilla, Destriana, Robledo, Ribas de la Valduerna, Redelga, Villamontán, Posada, Torre y Villalís, entre otras localidades. Estos edificios responden a los principios del funcionalismo arquitectónico, según los cuales la forma debe estar subordinada a la función. Se trata de construcciones de planta rectangular, fachadas lisas y ausencia casi total de ornamentación. Predominan los tonos claros, los grandes paños acristalados y las ventanas horizontales que favorecen la iluminación y la ventilación natural. La distribución interior busca optimizar las condiciones pedagógicas mediante aulas luminosas y espacios racionalmente organizados. La arquitectura se convierte así en una herramienta educativa al servicio del aprendizaje, siguiendo las corrientes renovadoras de la Escuela Nueva y las preocupaciones higienistas de mediados del siglo XX. Las escuelas de Santa María de la Isla y Villamontán de la Valduerna constituyen excelentes ejemplos de esta tendencia, donde la economía de medios y la claridad funcional determinan cada decisión proyectual. Detrás de estos edificios se encuentran algunos de los arquitectos que participaron activamente en la construcción escolar de la provincia de León durante el siglo XX. Entre ellos destacan Pablo Flórez Urdapilleta, nieto de Pablo Flórez Herqués; Francisco Blanch i Pons, autor de los proyectos de Soto, Requejo y Huerga de Garaballes; Luis Aparicio Guisasola, responsable de la escuela de Palacios de la Valduerna; así como Ramón Cañas del Río y Juan Torbado Franco. Sus obras muestran cómo la arquitectura escolar fue evolucionando desde modelos más representativos y residenciales hacia planteamientos cada vez más racionales y funcionales, adaptándose a las necesidades cambiantes del sistema educativo. Más allá de su valor arquitectónico, estas escuelas conservan elementos materiales que testimonian la historia cotidiana de la educación rural. Entre ellos destacan el arca de dos llaves y el reloj escolar conservados en Ribas de la Valduerna, piezas que evocan la organización administrativa y la vida diaria de unos centros que durante décadas constituyeron el corazón cultural de los pueblos. Hoy, cuando muchas de estas escuelas han perdido su función original, su conservación adquiere una importancia fundamental. No son únicamente edificios; representan la memoria colectiva de generaciones de alumnos y maestros y constituyen un patrimonio educativo que permite comprender la evolución social, cultural y arquitectónica de la comarca de La Valduerna. La diversidad de tipologías presentes en este territorio demuestra que, efectivamente, todas las escuelas son importantes e inclasificables. Cada una posee una identidad propia, pero juntas forman un valioso mosaico que narra la historia de la educación rural leonesa a través de sus espacios, sus muros y sus formas de construir el futuro.

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