Diario de León

Historia de una leonesa: Vicentina, la Verdulera'

Publicado por
Pepe Muñiz
León

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La localidad de Alcuetas dentro del municipio de Villabraz, tuvo sus días de gloria cuando era señorío de don Alfonso Enriquez de Acuña, tercer conde de Valencia de Don Juan allá por el siglo XV, y en cuyo castillo fortaleza vivió también su hermanastra, la malvada Pamela-Leonor, la que según la leyenda su fantasma se aparece por las noches acosando a los huéspedes masculinos hospedados en el hotel París en el palacio del Marqués de Villasinda en León, acariciándoles suavemente y dejando en su frente un helado beso.

Desde ese lugar de Alcuetas, en un radio de seis o siete leguas a la redonda tenía la casa Vicentina, humilde hija de modestos labradores que apenas podían vivir con las cosechas que recogían de tres o cuatro tierrucas de su propiedad. Vicentina creció fresca y lozana, entregada a los más rudos trabajos del hogar. Lo mismo araba en noviembre con los dos borricos que poseía, que segaba en julio las seis o siete fanegas que recolectaban. Pero como de esto no podían vivir, se ayudaban con el producto de su huerta, vendiendo verduras por casas y mercados de los pueblos del contorno.

Ahora eso sí, cuando llegaba el domingo no había moza más arreglada, más limpia ni más severamente vestida dentro de su modestia que Vicentina. Y a la caída de la tarde sacaba una silla a las puertas de su hogar y se sentaba en ella para hacer la tradicional calceta, mientras en otros pueblos, mozos y mozas danzaban a los sones de la música dominguera del tamboril y la dulzaina.

¿Cómo no vas al baile, Vicentina? Le habían dicho más de una vez. Y siempre contestaba: «Porque las fuerzas que malgastase bailando hoy las necesitaría mañana para trabajar en las tierras y en la huerta. Así es mejor. Descanso trabajando. Estas son unas medias para las piernas de mi padre, mordidas por el reuma. Lana fuerte, le harán bien».

Carlos Muñiz Sánchez

Ley natural es la muerte, y murieron los padres de Vicentina con diferencia de pocas semanas dejándola como única herencia la casa, la huerta, dos tierrucas sin valor, los dos borriquillos que le servían para las faenas agrícolas y llevar las verduras a los mercados, y quinientas pesetas ahorradas a costa de escasez y miserias. Labró las heredades, cultivó la huerta, sufrió la lluvia y el sol y el viento y el pedrisco, como lo sufren las gentes del campo.

Varios mozos ofrecieron a la huérfana casamiento, pero a ninguno aceptó. Ni los pobres ni los ricos del lugar consiguieron despertar su alma. Las mujeres, decía, sólo deben casarse una vez en la vida, por eso deben hacerlo a gusto y después de meditarlo bien. Y sola en el mundo siguió ganando el pan que comía, con el sudor de su frente y con el esfuerzo de sus brazos y con la fuerza de sus dos borriquillos en los que transportaba lo productos de su huerta a los mercados o a los hogares de los pueblos del contorno, día tras día, semana tras semana, año tras año. Y así de verdulera hizo Vicentina su oficio.

Un 27 de septiembre del año 1833, cuando Vicentina andaba ya por los 28 años, se fue a la fiesta más importante de un pueblo cercano en el que se conmemoraba la llegada de las reliquias del Santo Patrón. Casualmente en ese día Vicentina conoció a un mocetón fuerte y callado que encandiló a la muchacha por primera vez, pues como sabemos, era novata en cosas del amor, y tuvieron varios encuentros amorosos, pero como dice el refrán «tanto va el cántaro a la fuente», la moza Vicentina quedó embarazada. ¿Acaso pensaba la gente que Vicentina era una mujer rezadora, de las que van camino de la iglesia casi pegadas a la pared, escurriéndose como sombras?... Pues, no. Era una de esas mujeres que cuando se aprietan el corpiño parece como si vistieran una armadura.

Vicentina miraba hacia el camino de la Cañada por donde montado en su yegua negra solía venir él, y ella le esperaba con las ventanas, igual que el corazón, abiertas de par en par. ¡Es tan dulce aguardar al que vendrá de cierto y azuzar a las horas para que pasen más deprisa!... Pero aquella noche, el que ella esperaba no vino. Y al siguiente día de aquella noche, y días siguientes. ¡Cuantos pasos anduvo! ¡A cuántas puertas tuvo que llamar!. Todo para saber lo que había sido de él. Y una tarde, antes de que el sol cayese, se enteró que había partido para la América lejana. Y fue aquella tarde, y la única vez, cuando dos lágrima muy grandes se deslizaron por el semblante rígido de Vicentina. ¡Creí conocer a un hombre que sería mi marido, se decía para sí fría y severa, y me encontré con un hombre que toma la mujer como un trapo! Y Vicentina, a pesar de todo, siguió arando y segando sus dos tierrucas, cuidando la huerta, cociendo su pan y ocultando su embarazo bajo amplias ropas, apretados refajos y largos manteos.

El último mercado abundante de aquel año fue el de Todos los Santos. De todos los pueblos llegaron a Valencia de Don Juan gentes, conduciendo carros, caballerías, transportando garbanzos, cebada, miel, gallinas, huevos, manteca, todo en cantidades tan menudas que la necesidad de su venta no parecía justificar viajes de horas y horas, pero es que el año había sido malo. Vicentina, como de costumbre, allí estaba con sus dos borriquillos cargados en sus alforjas verduras de la huerta. Hacía frío, pero iba bien arropada con pañuelo en la cabeza, larga vestimenta y amplio manteo oscuro que hacia que apenas se notase su abultado vientre.

La plaza estuvo llena durante el día de mujerucas vendedoras, de señoras regatonas, de aldeanos sencillos. Las casas de comida, las tabernas tuvieron un buen día. Vicentina vació sus alforjas, vendió todo lo que llevaba y se dispuso a regresar a su casa, que estaba a más de tres legua y media, pero rápido, pues ya no se sentía bien. Notaba que el momento culminante estaba más que próximo, y montada en uno de sus borriquillos y atado a su lado el otro, les azuzaba al trote. Necesitaba llegar cuanto antes para allí en la soledad de su hogar al cálido calor de la cocina, esperar al que iba a venir, cuando ya era de noche…

Un grito como de carne mutilada….. el vagido de una criatura luego….¡el hijo ha llegado, carne tierna, boceto de carne olorosa aún a la ventura de la creación, que Vicentina oprime contra la suya con frenesí conmovedor, ensimismándose a la vez que desfallece de ternura!... Después cortó y curó su ombligo, bañó a la criatura, la fajó y le puso una blanca y leve camisa de cálido hilo y bien arropada la depósito en un cestillo de los de llevar las verduras a los mercados. 

Ya de antemano había tomado su decisión. Ya habría una madre que tendría siempre el corazón y los brazos abiertos de par en par como la puerta de su casa para acoger al fruto del que creyó apasionadamente ser su primer amor, su único marido. Pero antes toma entre sus brazos aquella cosa pequeñita, acerca la carita del recién nacido y la humedece con sus lágrimas… Y días después en el silencio de la noche sale y deja esa «cosa» a la puerta de uno de los vecinos del pueblo, al azar. Luego se encerró en su casa para no ver a nadie. Abría por las noches la ventana que daba al camino de la cañada como si aún le esperara y más de una vez se despertaba de sus terribles pesadillas. Se había ido un trozo de su alma que no quiso volver a besar.

Como un secreto de confesión, esta es la desconocida historia de Vicentina la ‘verdulera’. Pero como esta hay muchas historia de mujeres que han sufrido en silencio el dolor causado, y más en aquellos tiempos, cuando los pueblos eran arrasados por la lluvia y el viento, gastados por la mordedura lenta de los días, corazón de la tierra pobre, y por esa costumbre ancestral del honor dañado.

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