El León que nunca se llegó a construir
Hay una forma especialmente cruel de destruir un país que no consiste en derribar sus edificios sino en impedir que lleguen a construirse. Eso fue, en buena medida, la depuración de los arquitectos republicanos

Fotografía de la Casa Buñuel, ubicada en Ciudad de México y obra del leonés Arturo Sáenz de la Calzada
Ochenta y tres profesionales fueron sancionados oficialmente por el régimen franquista mediante la resolución del Ministerio de Gobernación de 9 de julio de 1942. Algunos quedaron inhabilitados para ejercer. Otros huyeron al exilio. Muchos nunca regresaron. España perdió entonces mucho más que un puñado de arquitectos. Perdió una generación que había comenzado a imaginar un país distinto: ciudades racionalistas, universidades abiertas a Europa, viviendas sociales concebidas desde la funcionalidad y no desde la propaganda, hospitales y colegios donde la arquitectura era entendida como un servicio público.
Jesús Martínez Verón ha bautizado esa pérdida con una expresión que encierra una enorme fuerza: el patrimonio no construido. Arturo Sáenz de la Calzada, Josep Lluís Sert, Luis Lacasa, Fernando García Mercadal, Manuel Sánchez Arcas, Martín Domínguez, Carlos Arniches, Félix Candela o Matilde Ucelay son algunos de los arquitectos depurados tras un proceso llevado a cabo por los colegios de profesionales de toda España entre sus 1.088 miembros. «Nos podemos hacer una idea de lo que hubiera sido para España por lo que construyeron en América durante su exilio», concluye Martínez Verón.
¿Cómo sería hoy España, sus ciudades, sus parques, sus colegios, sus hospitales o sus viviendas si estos profesionales hubieran seguido trabajando en libertad?
Esta pregunta sobrevuela en las investigaciones de los catedráticos Jesús Martínez Verón (autor de «Causa 21679. El COAM ante el Consejo de Guerra») y Carlos Sambricio (coordinador de «Arquitectura española del exilio»), que arrojan luz sobre este grupo heterogéneo, de generaciones distintas y con visiones diferentes de la arquitectura, como también lo fueron sus ideologías políticas, desde el comunismo al conservadurismo republicano. Ambos han documentado en su libro este proceso de depuración, así como el consejo de guerra al que previamente fueron sometidos los colegiados que se hicieron con el mando del Colegio de Arquitectos de Madrid (COAM) al inicio de la contienda (la causa 21679). «España se queda con un brazo amputado», explica Carlos Sambricio para ilustrar las consecuencias de apartar a unos profesionales que, preparados y brillantes en muchos casos, quisieron aplicar las corrientes de la arquitectura moderna y del urbanismo que surcaban Europa.
Pero el régimen tachó estos postulados de comunistas. Su consigna fue el «Imperio» y su referente «El Escorial», precisa Sambricio. Hasta la década de los 50, con una nueva generación, España quedó atrapada en ese modelo.
Uno de los que partió al exilio fue el leonés Arturo Sáenz de la Calzada. Cuando estamos a punto de conmemorar 45 años de la muerte de Luis Buñuel, no está de más destacar que la casa del cineasta en la capital mexicana —la vivienda que durante años ocupó la familia de Buñuel— , fue proyectada por Arturo Sáenz de la Calzada. Y lo hizo, según deseos del propio artista, en ladrillo visto, como una manera de rendir tributo al estilo institucionista, como un recuerdo nostálgico a los edificios del Jardín de las Adelfas, como la memoria sentimental de un tiempo perdido para siempre. Recordaba además que fue él quien ideó la columna de e nueve metros de altura para la película Simón del desierto. El problema que tenía Luis Buñuel era que ese «artefacto» debía erigirse en el Valle del Mejital, un lugar a 150 kilómetros de México DF, un espacio desértico donde viven los indios otomíes. «Fui al sitio, me dí cuenta de las condiciones del terreno y todo, y le proyecté una columna de hormigón armado. Una columna hueca porque era de bastante diámetro, de cinco centímetros de espesor y con un capitel de tipo bizantino, que se abría bastante en la parte de arriba para dejar un ábaco, un remate de suficiente amplitud para que el actor pudiera moverse con cierta soltura», precisaba. Arturo Sáenz de la Calzada recordaba con humor que Buñuel le contaba que el actor que debía desempeñar el papel de Simón habría de ser interpretado por alguien que no sufriera vértigo. Arturo Sáenz de la Calzada tenía ya un largo currículo a sus espaldas. En sus años de estudiante, desarrolló una intensa actividad política. Fue miembro, desde su fundación, de la Federación Universitaria Escolar (FUE); en noviembre de 1931 fue elegido presidente de la UFEH (Unión Federal de Estudiantes Hispanos), cargo que desempeñó hasta finales de 1932. Como representante de la FUE, fue vocal de la Junta Constructora de la Ciudad Universitaria de Madrid durante los dos primeros años de la Segunda República. Esta responsabilidad le llevó además a formar parte del grupo creador de La Barraca que, según recordaba el arquitecto, se creó con una subvención de cien mil pesetas concedida por el ministro de Instrucción Pública, Fernando de los Ríos. Destaca Juan Ignacio Cueto Ruiz-Funes, profesor de la universidad Nacional Autónoma de México, que en 1935 Arturo Sáenz de la Calzada obtuvo el premio Nacional de Arquitectura por el proyecto de un edificio para exposiciones permanentes de Bellas Artes. Un año después estallaba la guerra civil y el arquitecto, después de luchar en el frente republicano de Cataluña y pasar varios meses en un campo de concentración en Saint Cyprien, embarcaba en el Sinaia rumbo a México en la primera expedición organizada por el SERE (Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles). Llegaba a Veracruz el 13 de junio de 1939. Una vez allí, comenzó a ejercer su profesión con proyectos como el que levantó para el Doctor Otero en las Lomas de Chapultepec, adquirida posteriormente como residencia para el embajador de Suecia (también construiría la Embajada de Noruega en México), y la del cineasta Luis Buñuel en el barrio de Mixcoac.
Precisa el profesor mexicano que Arturo Sáenz de la Calzada desplegó una intensa actividad extraprofesional en México: fue presidente de la Asociación de Universitarios Españoles, miembro del comité de redacción de la revista Ultramar (1947) y colaborador de las Españas, socio fundador del Ateneo Español de México (1949), miembro del Consejo Rector del Frente Universitario Español (1956) y Consejero de Relaciones con los Núcleos de Centroamérica del Consejo de Defensa de la República Española en el exilio (1961). Entre sus escritos sobresale La arquitectura en el exilio, publicado en 1978 por José Luis Abellán en El exilio español de 1939.
Cuarenta y nueve arquitectos como él partieron al exilio a México, Venezuela, Cuba, Estados Unidos o la antigua URSS. Hubo dobles exilios por una convulsa geopolítica, al desatarse la II Guerra Mundial o cambiar los regímenes gobernantes en los países de acogida. Otros se quedaron en España, sin poder firmar sus proyectos, que en algunos pocos casos avalaron compañeros en activo.
Fueron objeto de un homenaje en 2004 promovido por el Ministerio de la Vivienda y el Consejo Superior de Colegios de Arquitectos. Apenas ninguno quedaba vivo, y de hecho, solo acudió Matilde Ucelay y esa madrugada moría Fernando Chueca Goitia, convertido en un referente intelectual.
Un repaso por este legado puede comenzar en la madrileña Casa de las Flores, un ejemplo de la corriente racionalista que firmó en 1931 Secundino Zuazo, considerado el padre de los jóvenes arquitectos de la capital ansioso de modernidad. En ella vivió Pablo Neruda. Zuazo, autor entre otros ejemplos de los Nuevos Ministerios, fue forzado a marchar a Canarias por el régimen. Emblemático es el pabellón de España en la Exposición Universal de París de 1937, firmado por Luis Lacasa y Josep Lluís Sert. La República quiso visibilizarse ante la comunidad internacional en plena contienda civil con obras de grandes artistas, entre ellas el «Guernica», de Picasso. En 1992 se levantó una réplica del pabellón en Barcelona.
Luis Lacasa fue duramente inhabilitado a perpetuidad por su ideología comunista. Se exilió en Rusia y luego en China, y aunque consiguió pasaporte para volver a España en 1960, fue conminado a abandonar España en 48 horas a riesgo de ser detenido. Volvió a Moscú, donde murió en 1966. Sert (Barcelona, 1902-1983) está considerado uno de los grandes, primera figura de la vanguardia catalana. Desarrolló en EE. UU. una amplia carrera profesional y docente, especialmente en la Universidad de Harvard, de la que fue decano en la Facultad de Arquitectura.
Entre sus obras antes del exilio, figura la representativa Casa Bloc y los apartamentos de la calle Muntaner. Icónico es el Hipódromo de La Zarzuela, diseñado por Carlos Arniches Moltó y Martín Domínguez, junto al reputado ingeniero Eduardo Torroja. Se terminó después de la Guerra Civil y es fácilmente reconocible por sus marquesinas onduladas. Martín Domínguez se exilió en Cuba, donde trabajó mucho, aunque nunca le reconocieron el título de arquitectura. También vivió un doble exilio y tras la Revolución cubana marchó a Estados Unidos con 62 años, ligero de equipaje y apenas dinero. Carlos Arniches Moltó, que deslumbró a Le Corbusier por su reforma de la Casa de Edgar Neville, vivió el denominado «exilio interior» en España, de la que no quiso marcharse. En la Ciudad Universitaria de Madrid se conserva una destacada obra: la Central Térmica, firmada por Torroja y Manuel Sánchez Arcas, que también diseñaron el Mercado de Abastos de Algeciras. Sánchez Arcas fue inhabilitado a perpetuidad y murió en Berlín sin volver nunca a España, al igual que Bernardo Gíner de los Ríos, fallecido en México.