Kenia, la gran esperanza africana
Tras cuarenta años de independencia, el país que conserva el encanto primitivo de África y alberga la mayor concentración de vida salvaje del mundo afronta un cambio político con el que intenta cerrar sus heridas de corrupción y pobreza.

Los turistas pueden observar a los leones a escasos metros de distancia en Masai Mara
Hay una ciudad en la que la tierra es roja como el azafrán y tiñe los charcos de naranja. En la que las jirafas son testigo del trasiego de los aviones en el aeropuerto. En la que la sonrisa es impermeable a la pobreza. Es Nairobi, la capital de Kenia, un país de 42 tribus que sobrelleva su condición de africano mejor que cualquiera de sus vecinos. La tierra de Nairobi es muy fértil hasta para los mitos. Como la acacia del hotel Stanley, que funcionaba como un tablón de anuncios natural en la época de los grandes cazadores, que clavaban allí notas en las que daban cuenta de sus éxitos. La original fue trasladada a un museo por cuestiones de espacio. El árbol sucesor, más joven y más pequeño, del estilo «Cazador busca aventurera para safari. Si eres intrépida, espérame a las ocho». Los tiempos han cambiado en Kenia. Están cambiando. En el mismo hotel Stanley recibe al viajero una imagen con la que se familiarizará a lo largo del viaje. Es el retrato de Mwai Kibaki, el presidente de la república, cuya fotografía preside la mayor parte de edificios. Las sonrisas de los kenianos se expanden ante «un buen tipo», dicen. Kibaki, un economista septuagenario, es la imagen de la transición. Algo está cambiando. Y eso lo saben el biólogo, el maasai, el terrateniente y el ranger. También lo constató en diciembre del 2002 Anders Wijkman, observador de la Unión Europea, cuando, después de las elecciones aseguró: «Los kenianos han podido ejercer libremente su derecho a voto». De esa libertad nació el Gobierno de la Coalición Nacional del Arco Iris (NARC) y de su líder, Kibaki. La democracia se despereza tras décadas de dominio de la Unión Nacional Africana de Kenia (KANU), un partido que invita a la búsqueda de paralelismos con el PRI mexicano. La primera medida de la coalición en el poder fue declarar la educación pública y obligatoria. Nairobi, el lugar en el que se gesta la transición, era originalmente un estación de paso del llamado Tren Lunático, una línea construida entre 1896 y 1901 entre Mombasa y el Lago Victoria. Una osadía. Cruzar el desierto de Tsavo y superar el desnivel de la falla del Rift. Los llamados coolies , trabajadores traídos de la India por los ingleses, fueron la mano de obra empleada para el desafío. Hoy, gracias a su destreza en los negocios, son una clase acomodada en Kenia. Hace un siglo eran poco más que esclavos. Muchos fueron víctimas de los devoradores de hombres de Tsavo, como denominó el coronel John Henry Patterson a los dos leones machos que frenaban con sangre humana el avance del ferrocarril. Entonces, muchos indios llegaron a creer que aquellos animales eran demonios. Algunos locales pensaban que eran dioses enfadados con el hombre blanco. Ahora, los kenianos han encontrado una explicación científica a la matanza y la atribuyen a que los depredadores se vieron obligados a alimentarse de hombres debido a la escasez de herbívoros que habían sufrido una extraña epidemia. Con problemas más prosaicos se encontraron los prisioneros italianos que construyeron durante la Segunda Guerra Mundial parte de la carretera Transafricana, que une El Cairo y Ciudad del Cabo. Trabajaron en un tramo que remonta el gran desnivel del valle del Rift y hasta tuvieron que levantar una capilla en la zona. Buen cobijo para Dios Para Dios, Kenia siempre busca un buen cobijo. Las iglesias parecen palacetes si se las compara con las casas que las rodean. Es la materialización del fervor religioso. Porque en Nairobi, domingo significa realmente día del Señor. Y es de verdad un día festivo. Las niñas sonríen con sus vestidos de muñeca. Son todo lazos, desde los zapatos blancos hasta el pelo. Los atuendos y las celebraciones se convierten la antítesis del recogimiento. La palabra de Dios se difunde desde palcos improvisados en parques públicos, en descampados cercanos a la estación, en encrucijadas de caminos de las afueras. Cualquier lugar es bueno para cantar las alabanzas del Señor. Aunque su credo es en realidad es el « hakuna matata », el «no hay problema» en swahili. Mientras los fieles rezan, toman posición a la caza de pasajeros unos autobuses privados pintorescos y destartalados. Son las matatu , el medio de transporte más popular. La mayoría son vehículos de segunda mano y la uniformidad no existe. A menudo lucen colores llamativos y leyendas hippies. De noche, parecen árboles de Navidad ambulantes, con sus pequeñas luces rojas, y sobresalen en el torbellino circulatorio, más caótico para el viajero no británico porque los coches circulan por la izquierda. Pero es un servicio que parece tan improvisado como necesario. En noviembre, una huelga de matatu paralizó el país. Los propietarios se negaban a aceptar las medidas que quería aprobar el Gobierno, encaminadas a reducir los accidentes. El paro no duró mucho, porque los conductores cobran al día. Los días laborables la ciudad hierve. Y hierven sus alrededores. Se acelera el flujo de la autopista que parte de Nairobi hacia el norte. Ya en pleno campo, a los lados de la carretera se extienden franjas paralelas de cultivos. Son patatas y tomates. El Gobierno es el propietario de ese terreno, cuya finalidad es la futura ampliación de la vía. Pero permite que los más pobres lo cultiven. El viaje en coche hacia el norte ofrece una colorista galería de agricultores. «¡ Jambo !», saludan, más bien cantan en swahili los más cercanos al jeep. Si en el horizonte hay personas siempre hay una mano que abandona unos hierbajos o suelta un fajo de leña para despedir el paso del viajero. Por el mismo precio siembran patatas y sonrisas. Porque en Kenia nadie saluda con indiferencia. Son más efusivos todavía los niños que salen del colegio y regresan a casa. Van uniformados y descalzos: una imagen que podría ser la perfecta metáfora del contradictorio legado de Occidente. Pero ni su uniforme ni sus pequeños pies sobre la tierra borran la alegría de su cara. Para ellos, en realidad para la mayoría de los keniatas, un bolígrafo es un tesoro, un artículo de lujo. Por eso es lo primero que piden a los mzungu , los que están de paso, los blancos. Saben que los mzungu traen dólares y buscan animales. Y en esta búsqueda llegarán a las Tierras Altas. Esta zona está separada del valle del Rift por una angosta cordillera de 160 kilómetros de longitud. Son las montañas Aberdares, una inmensa selva situada a más de 3.000 metros de altitud con cumbres que superan los 4.000. El mejor modo de contemplar su rica fauna es pasar la noche en uno de los refugios del parque. El más célebre es Treetops, que pasó a la historia por ser el lugar en el que se alojaba la actual reina de Inglaterra, Isabel II, el día en que murió su padre, Jorge VI. Para viajeros menos mitómanos es más recomendable The Ark, una reproducción del Arca de Noé construida junto a una charca que se llena de animales durante la noche. La última ciudad antes de comenzar a ascender se llama Nyeri y es la capital de una importante región agrícola dominada por terratenientes blancos. Entre todos ellos merece la pena conocer a James, un escocés que se enamoró de África hace tres décadas y que ahora regenta una reserva privada plagada de jirafas reticuladas, guepardos, impalas y una colonia de babuinos a los que detesta. En el medio de la finca, protegido por una bella colina, se encuentra el Aberdare Country Club, un selecto hotel en el que los aficionados al golf pueden jugar la partida más original de su vida: las especiales características del campo han obligado a redactar un reglamento propio. Si un mono se lleva la bola, el jugador deberá continuar desde el lugar donde se produjo el hurto con una nueva. En la mayoría de safaris, sin embargo, el Country Club se utiliza sólo como campamento base para subir a The Ark, en el corazón de la jungla. Nadie que haya disfrutado a Johnny Weissmuller en el papel de Tarzán puede quedar impasible al adentrarse entre la pesada niebla de estas montañas. Aberdare es, por encima de todo, el hogar del amenazado rinoceronte negro. De su supervivencia se encargan, entre otros, Stephen y Philip, dos jóvenes guardias locales que a diario patean la selva para fotografiar los ejemplares que en ella habitan. Es el único modo que tienen de controlar la población. Técnicas como el aletargamiento y la implantación de microchips suenan a ciencia ficción en esta esquina del mundo. Al mando de todo está Joseph, un naturalista preocupado de poder concluir cuanto antes la construcción del perímetro del parque. Los casi 400 kilómetros de vallado, que si nada cambia estarán concluidos en el 2005, ayudarán a luchar contra los furtivos y ahorrarán problemas con los granjeros locales. Entre tanto, Joseph ejerce como maestro de ceremonias en las mágicas noches del Arca. Dormir aquí es un pecado. Para redimir a los somnolientos existe un sistema de timbres que alertan de la presencia de grandes piezas en la charca. Un ding-dong es un elefante. Cinco, un león. El juego no respeta ni la hora de la cena, así que una cata de los mejores caldos sudafricanos puede ser interrumpida súbitamente para contemplar un espectáculo tan fugaz como la llegada de un inesperado puercoespín. El resto de la velada transcurre entre los ventanales de observación y la chimenea del salón, presidida por la cabeza de una imponente hembra de rinoceronte negro. «No la matamos nosotros», se apresura a explicar Joseph. «Una inocente pelea entre dos crías de elefante y rinoceronte terminó con una gran disputa entre las madres. A la batalla se sumaron más elefantes adultos. Tardaron cuatro horas en darle muerte. Fue algo muy triste, pero no pudimos hacer nada. No debemos intervenir cuando ocurre algo así. Ahí fuera mandan ellos».