Diario de León

El manco de La Moncloa

Sabino Ordás | Amigo de Buñuel, Lorca, Dalí, leonés de Ardón, profesor eximio y patriarca de nuestras letras, amén de testimonio ineludible del exilio posterior a la Guerra Civil

DL

DL

Publicado por
CARMEN BUSMAYOR | texto
León

Creado:

Actualizado:

La dulce herida del otoño persiste entre amagos de lluvia desflechada y nebulosa. Serenos rayos de sol se cuelan en la chopera confidente del Astura , además de algunas heladas que aún no permiten poner en práctica el ritual de la matanza, algo que no tardará en llegar y que proporcionará un gran gozo al anciano Sabino Ordás, pues por raro que parezca a sus casi cien años, en moderadas cantidades, por prescripción médica, eso sí, en su menú figuran el chorizo, la morcilla, el jamón y creo que el salchichón, elaborado con exquisitez por su fidelísima Chon con la estimable ayuda de algunos convecinos , que cuánto echó en falta el embutido casero el represaliado profesor en sus años de forzado y penoso exilio americano, embutido ahora en abundancia para su complacencia y la de los amigos que le siguen visitando en su meditativo retiro, tal es el caso del fabulador Antonio Pereira desde hace más de cinco lustros 1 , del autor de Arden las pérdidas , el poeta Antonio Gamoneda y de «la terna de nombres compuestos y mayormente evangélicos», en expresión del propio Pereira, correspondiente a José María Merino, Luis Mateo Díez y Juan Pedro Aparicio (toca las fibras del corazón que los tres hoy en día hayan cobrado considerable distanciamiento suyo, aspecto éste sobre el que regresaré más adelante) amén del de un significativo número de visitantes más o menos conocidos, porque no debe pasarse por alto que desde su llegada al pueblo de sus raíces y gracias a que lo sacasen a la luz del faro de la intelectualidad española los últimos novelistas a los que he hecho mención, ya que ni siquiera figuraba en la crucial recopilación El exilio español de 1939 , dirigida por José Luis Abellán, han sido y son frecuentes, aunque ahora en menor grado, las visitas a este republicano nacido en la localidad leonesa de Ardón en el año 1905, estudiante de Bachillerato en León y de Filosofía y Letras en la Universidad Central de Madrid, asimismo doctor bajo la dirección de don Ramón Menéndez Pidal mediante la tesis La expresión literaria de los pueblos del Astura , de cuyo fluir vital, intelectual , crítico y profesoral nos informan sobre manera los artículos y entrevistas aparecidas en Pueblo literario entre el 30 de noviembre de 1977 y el 3 de idéntico mes de 1979, bajo el común epígrafe de Las cenizas del Fénix , nombre tomado de uno de los artículos conformadores de la anunciada serie, porticada con el titulado De la novela de la vida y concluida con Mi amigo Claudio Bastida (primer premio Heliodoro de novela), artículos y entrevistas, por otra parte, de muy buena acogida entre el público. No sé, pero aquí las estaciones sobrevienen despacio y con matices que se asemejan a la umbría del castaño y la fineza primigenia del trigo y del adobe. De forma incomprensible para mí y difícilmente expresable la postal del otoño con sus golondrinas insistentes me traslada al pluricolor paisaje de la ribera del Astura en Ardón. Bien quisiera estar allí de forma presencial aunque fuese presa de una brevedad inconsentida, poner el oído atento, los ojos bien despiertos y la grabadora de la memoria con toda su potencia. No por los pájaros, hermosos y plurales; no por los madroños y los manantiales de admirable afincamiento; no por el rastro del último rayo de la tarde; no por el estanque de metal de la noche; no por el tan sereno como procesional navegar de los patos en la presa; sí por el anciano maestro que tanta sabiduría y lucidez atesora aun a la altura en que escribo las presentes líneas, que aunque no fuese así y sólo por consideración debida a su brillante pasado como intelectual comprometido y coherente con su ideología en defensa de los más sanos valores republicanos, lo que le llevó, tras la finalización de la guerra civil española, al exilio, acontecimiento determinador de un antes y un después en su vida y en su obra, bien merece un sonado homenaje. De manera que desde aquí ruego a las autoridades correspondientes se le tribute tal, si no es antes porque el tiempo disponible para realizar de modo exitoso los preparativos que el evento requiere resulte insuficiente, hágase con motivo del no muy lejano cumplimiento de su centenario, pero en ningún caso se demore más el asunto, pues la Parca acecha y pudiera privarle de tan meritorio reconocimiento en vida, si bien mucho me temo que de entrada acepte, ya que su férreo deseo de pasar desapercibido así lo indica. No obstante, mediante la práctica de una decidida insistencia por personas de su confianza creo que el resultado será bien distinto. Y cuando tal asevero estoy pensando en el fenecido Dámaso Santos, quien a instancias de Merino, Mateo y Aparicio, buscadores impenitentes del exiliado intelectual hasta dar con su paradero, además de sus más fieles «discípulos», logró obtener de él, pese a sus reiteradas negativas, los sabrosos e iluminativos artículos a los que me he referido con antelación aparecidos en Pueblo Literario en las fechas citadas, en las cuales éste, natural de Villamañán, pueblo asimismo bañado por las aguas del Astura, antiguo nombre del río Esla, pilotaba el mentado suplemento. Pues bien, en ellos se halla, en buena medida, el pensar, sentir, cultural opinar y vivir de «Don Sabino», según la denominación respetuosa y afectiva del cantinero de Ardón, a diario visitado por él desde su retorno para el acto celebratorio de la partida de cartas, que justamente ahí, fue el lugar en el cual, después de numerosas indagaciones, recalco, en las que jugó un papel relevante el profesor Ricardo Gullón, coincidente con él por última vez en 1965 en San Juan de Puerto Rico, seguido de Manuel Andújar y Dave Fowler, bibliotecario de la Universidad de Salt Lake City, donde, igual que en otras universidades americanas, ejerció de profesor de lengua y literatura española, lo hallaron los «discípulos» recién mencionados con los cuales en las últimas fechas, ya lo he escrito antes, mantiene un contacto precario, ante todo epistolar, lo que lleva a Sabino Ordás a quejarse con benignidad de padecer achaques de olvido por parte de ellos, tal como lo atestigua el epílogo al libro de Mercedes Castro, Sabino Ordás, una poética , editado por la Diputación de León en la colección de los «Breviarios de la Calle del Pez»en el año 2001. Según termino de anunciar fue en la cantina de Ardón donde por vez primera los últimos vieron a su tan buscado y admirado magíster , de nariz aguileña, barba espesa, gruesas gafas, voz ronca, manos finas e inseparable boina. A partir de entonces, al tiempo que han tratado por todos los medios de airear tanto sus textos más madrugadores como los que vinieron a continuación ( La región idiomática del Bierzo , 1935; El leonés como idioma frustrado , 1936 ; El idioma de la Academia , 1945 ; Genealogía y rescate de desfamados , 1948 ; La literatura española de los españoles fuera de España, 1953 ; La expresión literaria en castellano desde la descolonización ultramarina hasta el franquismo tecnocrático , 1973 ), no han cejado hasta obtener de él nuevas colaboraciones, tal es, insisto, el conjunto de los antecitados artículos, los cuales ellos tres con mimo, a modo de particular homenaje en su ochenta aniversario, después de una valiosa labor de recopilación, han editado bajo su control en forma de libro en los ya conocidos «Breviarios...» en 1985 con el recuperado título de Las cenizas del fénix , enriquecidos para la ocasión con el aporte de un informartivo prólogo correspondiente a Manuel Andújar, persona de significativa y amistosa convivencia con Ordás durante algún tiempo del éxodo, junto con una nada desdeñable nota preliminar a ellos debida. No podría precisar por qué, sin embargo la dulce herida del otoño continúa en mí poniendo delante de mis ojos a don Pedro «a lomos de su motocicleta», acudiendo desde León para ofrecer a «Don Sabino» las últimas noticias sobre el entierro de Genarín; a Paciano Parra, el afable y no menos servicial conductor del coche de línea que le llevaba las cartas en mano a la Capital para que saliesen antes, en animosa charla con éste; al mismo Filín, el hijo del cantinero, mostrándole con gran entusiasmo sus , a fuerza de numerosos intercambios, sobados tebeos de El Corsario Negro , Mortadelo y Filemón , Astérix y Anacleto, agente secreto , situación que le dará pie para exponer más tarde sus conocimientos e ideas al respecto, por consiguiente, peraltar su rechazo al culto excesivo de esta literatura gráfica en los años setenta 2 ; el escaño y la mesa de su cocina repletos de libros de historia y antropología con los que trabaja en un ambicioso proyecto concerniente al exilio español de 1939 hasta el punto de que la misma Chon se enfada porque no se puede rebullir en el fogón; en amena tertulia con Nicolás Guillén y Manuel Andújar en Oaxaca en el instante en que el poeta cubano entusiasmado le «descubre» para su futuro goce musical al imponderable cantautor berciano Amancio Prada, quien había musicado su poema «Caminando» («aquella adaptación le había fascinado por el misterioso sabor y el crescendo dramático de la melodía», precisa el leonés)» 3 ; con Buñuel, Alberti, Dalí... en su estadía madrileña en La Residencia de Estudiantes. No podría precisar por qué , sin embargo son tantas y tantas las imágenes que el otoño deposita en mis ojos de este singular admirador de Bukowski y de Durruti, el cual, curiosamente, el día anterior a la muerte del anarquista leonés en la plaza de la Moncloa en esa misma plaza fue herido de forma invalidante en la mano izquierda; el cual en «el finisterre de la vida» sigue dándole, a espaldas de su médico de cabecera, al vino y al chorizo mientras ataca a la gripe con aspirina disuelta en carajillo bien caliente. Empero el otoño prosigue sin que lo trace la memoria ni el feble canto de lo efímero. Una voz amiga y paisana interrumpe este repaso de imágenes, emociones y sensaciones, confieso que con desagrado para mí dispuesta a emprender caminata y paseata por Ardón con Sabino Ordás, conocer la titubeante sombra de su palomar, los rosales de su huerto, las bromelias, siempre y cuando acceda a la visita de esta desconocida admiradora, aunque dada su probada bondad no dudo del éxito de mi petición. De ese modo ya me veo en distendida, provechosa e inolvidable plática con él. Probablemente le pregunte por su particular «teoría del apócrifo», por su clara defensa, a mi juicio, de la autonomía leonesa, que me informe sobre la novela iraní y las «nivolas» de Goytisolo, el marxismo, el chanchullo del Planeta, los pecados de la crítica peninsular en el pasado, su cordial y mejicana amistad con León Felipe y su lejano pariente Félix Gordón Ordás. Eso sí, dejaré que sea él quien marque el rumbo de nuestra conversación y fluya de modo casi libre, como las bravas aguas del Astura en invierno. Pues ¿quién soy yo para intentar siquiera la más leve imposición sobre tan gran autoridad como « El Manco de la Moncloa»? No obstante, me puede un deseo: solicitaré con ruego expreso de concesión que debido a su persistente y brillante labor como prologuista honre el poemario mío que en breve editará la «Fundación Jorge Guillén», titulado Fronterizos, adúlteros y reciclados , con unas líneas preliminares. Seguro que no me defraudará. Y llegados a este punto, y ya para concluir las líneas que nos ocupan, debo consignar que no pongo en olvido que M - muy probable que se tratase de Joaquín Masoliver- en un artículo publicado en L a Vanguardia de Barcelona puso en solfa su existencia tratándole de «fantasma», «fantasma leonés» , idea que me consta comparten unos pocos más. Pues bien, me veo en la grata misión de responder a todos ellos con las palabras textuales del propio Sabino en la mentada ocasión: « Fantasma seré, pero de la más alta encarnadura que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan los venideros» 4 . Por lo demás, en final arrebato de sinceridad, debo constatar que hoy no es otoño (me gustaría elaborar una teoría del otoño), a pesar del amor de los potros en los prados y un cabeceo deshojado de fresnos y abedules. Asimismo que tengo fe en el invierno y creo de modo irremisible en la primavera, como Sabino Ordás. 1 Una prueba fehaciente de dicha relación la constituye «Sabino Ordás entrevista a Antonio Pereira», «Pueblo literario» (25-V-1979), reproducida también en Reseñas y confidencias, de Pereira, Diputación de León, «Breviarios de la Calle del Pez «, 1985. 2 «Sobre la literatura de la imagen», en Las cenizas ...., pp. 115 y ss. 3 «Amancio Prada en los caminos del Noroeste », Op. cit ., p. 184. 4 «Jo soc el que soc», «Pueblo Literario» (26-VII-1978).

tracking