Diario de León

Falleció Henri Cartier-Bresson, el «ojo del siglo XX»

Henri Cartier-Bresson, el «ojo del siglo XX», como era denominado, uno de los padres del foto-periodismo, que retrató a personajes y acontecimientos históricos, vivió el último y definitivo «instante decisivo» de su vida en la localidad frances

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ISABEL MARTÍNEZ PITA | texto Cartier-Bresson, debilitado y sin comer en los últimos días, falleció el pasado día 2 de agosto, en Montjustin, no muy lejos del Mediterráneo con el que se sentía tan identificado. Y esto porque, según decía irónicamente, había sido «concebido durante el viaje de novios de mis padres en un hotel de Palermo». El fotógrafo, uno de los fundadores de la mítica agencia Magnum junto a Robert Capa y David Seymour, decía que la cámara es «la prolongación» del ojo. Aborrecía los flashes y prefería que se mirara con sensibilidad sus imágenes. Por eso decía que en ocasiones le gustaría poner pies de foto falsas «para que la gente mire con sus ojos, no con el cerebro». La noticia de su muerte desencadenó una cascada de homenajes entre sus colegas de profesión, pero también entre las más altas autoridades francesas, como el presidente Jacques Chirac, que señaló que con Cartier-Bresson el país había perdido «un genio de fotógrafo, un verdadero maestro». El primer ministro, Jean-Pierre Raffarin, destacó que el fotógrafo será recordado como «el que erigió una técnica figurativa al nivel de práctica artística», mientras que el titular de Cultura, Renaud Donnedieu de Vabres, lo consideró «uno de los más grandes fotógrafos de nuestro tiempo» y «un espíritu profundamente inconformista que quería ir al encuentro de los hombres». Testigo y testimonio A Cartier-Bresson se le asocia a acontecimientos clave de la historia del siglo XX por sus retratos de Fidel Castro o Ernesto Che Guevara, sus imágenes de la entrada de Mao en Pekín o la muerte de Gandhi, sus fotos de Pablo Picasso, Henri Matisse o el matrimonio Pierre y Marie Curie, pero también de muchos anónimos en sus viajes por Asia y la China revolucionaria. Nacido en la localidad de Chanteloupe, en las afueras de París, el 22 de agosto de 1908 en una familia de industriales, Cartier-Bresson se interesó desde pequeño por el dibujo y la pintura, y se formó con el cubista André Lhote. A los 22 años se marchó a Costa de Marfil a la aventura, trabajó como cazador y, lo que fue más importante para su carrera, tomó sus primeras fotografías en una transición desde la pintura que, como contaría más tarde, tuvo que ver con su pasión por la vida y por el instante. De vuelta a Francia para curar unas fiebres, se compró en Marsella una «Leica», la cámara que ha quedado asociada a la imagen del foto-periodista. En el París culturalmente en ebullición de los años 30, estuvo en contacto directo con la flor y nata del surrealismo y trabajó como asistente de directores de cine como Jean Renoir y Jean Becker. Su actividad profesional se fue encaminando al foto-reportaje, gracias a su carácter de trotamundos, que le llevaba del exotismo del África negra a la coronación de Jorge VI de Inglaterra, pasando por la Guerra Civil española. Poco después se vio implicado personalmente en otra guerra, la Mundial: movilizado por el ejército francés, fue capturado por los nazis en 1940, y logró escaparse tres años más tarde, lo que le permitió ser uno de los que inmortalizaron con su cámara la liberación de París. El fin de la contienda fue la ocasión para fundar la agencia Magnum, que le dio la independencia suficiente para continuar como testigo de primera línea de la historia. «Con Magnum nació la necesidad de contar una historia» por medio de la imagen, explicó años después Cartier-Bresson en una entrevista con el diario Le Monde en la que reconoció también la decisiva influencia de Capa en su modo de afrontar la fotografía. Una filosofía que reflejó en todas sus instantáneas, que recogen desde la vida cotidiana en la España republicana hasta la Revolución china y el caos en la India tras el asesinato de Gandhi, y en las que aparecen, con toda su humanidad, desde las prostitutas de los burdeles mexicanos hasta gigantes de la cultura del siglo XX, como Ezra Pound, Henri Matisse o Coco Chanel. De la fotografía a la pintura El mismo lugar de su fallecimiento, en su país natal, cierra un círculo que el maestro, convertido al budismo desde hacía años, había procurado trazar durante toda su vida artística, en la que comenzó como dibujante y pintor y volvió a entregarse a esas disciplinas tras abandonar la fotografía profesional. Ese abandono, tan discreto como todo en su vida y que muchos no supieron entender, puso fin a una carrera fundamental para entender el arte de la fotografía. Tras cubrir guerras y grandes acontecimientos históricos durante tres décadas -fue el primer fotógrafo occidental que pudo entrar en la Unión Soviética en 1954, tras la muerte de Stalin-, en 1974 decidió dejar profesionalmente la fotografía para consagrarse a la que había sido su pasión de infancia, la pintura. Justificaba esa decisión porque «la fotografía es un instrumento. No hay que hablar mal, me gano el pan con ella, pero nunca me ha preocupado. Me ha gustado hacer fotos, lo que es diferente. El dibujo implica una participación total». Aunque en 2000 había creado con su mujer, la también fotógrafa Martine Frank, la fundación que lleva su nombre para reunir su obra, siempre quitó importancia a su trabajo, que se negó a considerar un arte. «La foto -decía- es para mí el impulso espontáneo de una atención visual perpetua, que capta el instante y su eternidad. El dibujo, por su grafología, elabora lo que nuestra conciencia ha captado de ese instante. La foto es una acción inmediata, el dibujo una meditación». En sus últimas entrevistas contó que, en los últimos años, le había ocurrido a veces que, al acercarse a un grupo de fotoperiodistas que aguardaban para tomar una foto, éstos le habían invitado a que se apartase y no molestara. Ninguno de esos fotoperiodistas, con sus enormes equipos reflex y largos objetivos último modelo, había podido reconocer en aquel anciano, con su minúscula cámara Leica, a Henri Cartier-Bresson, el maestro indiscutible que sentó las bases del fotoperiodismo, cofundó la mítica agencia Magnum y creó escuela con su doctrina del «instante decisivo». De todos modos, a él no parecían importarle mucho aquellos desprecios. Después de todo, durante toda su vida una de sus obsesiones fue pasar inadvertido, hacerse invisible para escabullirse por los rincones más insospechados y retratar la vida. Un silencioso observador Cartier-Bresson creó escuela con su trabajo, siempre en blanco y negro y asociado como pocos a un modelo de cámara, las de la casa alemana Leica, que revolucionaron el mundo de la fotografía por introducir el formato de negativo de 35 milímetros -que aligeró enormemente el peso del equipo fotográfico-, su pequeño tamaño, su visor directo, que posibilitaba ver en todo momento la escena, y su silencioso obturador, que permitía pasar inadvertido al fotógrafo. Características que cuadraban a la perfección en el estilo de Cartier-Bresson, cuyas fotos son reconocibles por recoger con exactitud un momento clave en el que la expresión de las personas retratadas, la luz y la composición se conjugan para dar lugar a una imagen única, capaz de retratar tanto el amor de dos jóvenes besándose en un café como la fe de un grupo de musulmanas rezando ante las montañas de Cachemira. La importancia de captar justamente ese instante mágico, definido por Cartier-Bresson como «El momento decisivo», título de su libro más famoso, publicado en 1952, en el que afirmaba que «en fotografía, la cosa más nimia puede ser un gran sujeto». «La cámara es la prolongación de mi ojo», dijo alguna vez Cartier-Bresson. Ahora, sus ojos y los de su fiel Leica, que nunca pudo dejar de lado del todo, se cerraron para siempre y, con el mismo sigilo que caracterizó su vida, el mundo no se ha enterado hasta dos días después de la muerte que se ha llevado a un genio.

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