HISTORIA
Los últimos quijotes de La Mancha
Felipe Ferreiro, nieto de un emigrante orensano que llegó a La Mancha a finales del siglo XIX, es el dueño de la única venta que queda de la época de Cervantes. Dice que unos vecinos poderosos quieren complicarle la vida, pero él se res
E n el municipio de Almodóvar del Campo, provincia de Ciudad Real, en pleno valle de la Alcudia, está enclavada la Venta de la Inés, llamada la Venta del Alcalde hasta el siglo XVIII, que es el nombre con el que se la cita en una parte de la obra Rinconete y Cortadillo , de Cervantes. Tiene delante de su puerta el Camino Real de la Plata, una arteria viaria fundamental en la historia medieval y moderna de España que durante siglos enlazó Toledo con Córdoba, o lo que es lo mismo, Castilla con Andalucía. Y unos metros más allá corre el agua que mana la Fuente del Alcornoque, donde se sitúa la acción del duodécimo capítulo del Quijote. Miguel de Cervantes Saavedra recorrió muchas veces estos lugares y pernoctó en la venta, que con los siglos, por los azares del destino, pasó a manos de un gallego de Orense, y hoy está en las de su nieto, Felipe Ferreiro Alarcón, un jovial caballero de 74 años cumplidos en enero que lucha por que siga perteneciendo a sus descendientes, dos varones y una mujer, a pesar de las trabas que, dice, le ponen unos acaudalados vecinos, los de la hacienda de la finca La Cotofía. Un orensano minero Por partes. La conexión Orense-Ciudad Real, extraña, a priori. A finales del siglo XIX, Domingo Ferreiro, un mozalbete de Orense cuyo municipio exacto de origen ya es imposible de precisar, emigra a las minas de Horcajo en busca de fortuna. Plomo y plata brotan de aquellas tierras que atraen a aventureros de todo el país hasta que se cierran en 1911. El orensano, además de horadar la piedra, se casa con una cordobesa de Santa Eufemia, e inicia así la estirpe de los Ferreiro en un lugar de la Mancha. Se murió joven, porque dejó a la viuda con 21 años. Lo enterraron en las minas, tan buenas que hasta tenían plaza de toros, pero todo lo abrieron en canal hace años, con prisas, para que pasara el AVE a toda velocidad, como hace siglos trataban de hacerlo pícaros, tunantes, corregidores, comerciantes, hidalgos o artistas que tan bien retrató el famoso manco de Lepanto. Ese matrimonio con la cordobesa dejó, aparte de hijos, la herencia de la venta, que en quinta generación, por la parte de su abuela materna, tiene ahora Felipe Ferreiro. Allí vive con su mujer, enferma de Parkinson, y una hija (tiene otros dos varones, en San Benito y Brazatortas) disminuida física. Y allí quiere vivir muchos años más, aunque ya lleva unos cuantos en pleitos con los actuales dueños (desde hace 18 años) de la sociedad que gestiona la Cotofía, a la que pertenece la mayor parte del terreno circundante y las casas que han ido comprando a vecinos que se decidieron a vender. Caminos cortados Felipe nunca quiso desprenderse de su trozo de historia, y cree que por eso ahora tratan de hacerle «la vida imposible», tanto que, denuncia, le han cortado caminos, la tubería que le llevaba el agua, y no le dejan pasar el tendido eléctrico. Menos mal, añade, que tiene un pequeño aerogenerador, unas placas solares y un generador de gasóleo que le permiten obtener algo de electricidad para mantener cuatro electrodomésticos, un teléfono TRAC y algo de vida más o menos normal en un inmueble tan extraordinario. Apoyo legal y artístico En esta lucha legal, Felipe y familia han recibido el apoyo de muchos manchegos. Incluso se ha constitutido la Asociación de Amigos de la Venta de la Inés, que lidera el maestro y cantautor Rafael González Jiménez. Le ha dedicado muchas estrofas, como ésta: «En la venta de la Inés/ los caciques se destapan/ que el histórico lugar/ lo quieren borrar del mapa». Y muchas más.