«Esto no tiene por qué ser dramático»
Una zambullida dejó a Miguel Ángel tetrapléjico a los 18 recién cumplidos. Hoy, a los 32, es licenciado en Económicas, trabaja, viaja y disfruta de la música, los amigos y la familia. Lleva las riendas de su vida en silla de ruedas
Miguel Ángel tiene 32 años, trabaja en una empresa constructora, le gusta la fotografía, leer, viajar y, sobre todo, los amigos, la familia y la música en directo. Como oyente «y también como promotor», apunta. Precisamente con una referencia musical, el concierto de Madonna en junio del 90, se sitúa justo en el día antes a que una zambullida lo dejase tetrapléjico. Otros colocan los episodios de su vida por mundiales de fútbol o de liga en liga. «Pero esto no son las olimpiadas», insiste. Desdramatizar la vida en una silla de ruedas le parece ya tan incontestable como la pared en la que se convirtió el mar de O Grove aquel día de hace catorce años. «Estoy seguro de que si antes del accidente me plantean esto, también diría que prefiriría morir», dice. Sin embargo, una vez que sucedió, nunca pensó en ello en serio. «En el hospital lo oí e incluso lo dije», reconoce. Deportista Once meses estuvo él ingresado en el Juan Canalejo. Del primero no recuerda nada. En los cinco siguientes «nada me planteé de la vida cotidiana, porque aquello era una cuestión de pura supervivencia», recuerda. Y después, enseguida cayó en la cuenta de que «la recuperación completa era imposible». Acababa de cumplir los 18, tenía el COU aprobado con notas brillantes, jugaba al balonmano, ya había sido tres veces campeón gallego y subcampeón nacional de Kung Fu... y pasó a entrenar duramente en el gimnasio del hospital. «Pero también antes el deporte me privaba de leer e escuchar música», afirma. Una C-5 «incompleta» (lesión cervical), insiste, lo dejó sin movilidad en las piernas y con facultades reducidas en los brazos. «Lo mío no es lo peor, es muy diferente a tener una lesión completa; puedo hacer muchas cosas y tengo sensibilidad», explica. Punto y seguido La roca de O Grove le partió en dos la médula y puso un punto en su vida. Y seguido. «De estos catorce años no hago ningún balance muy dramático. A mí esto no me marco más que alguna relación que tuve o que otras circunstancias le pueden afectar a otros, y más ahora mismo si miras un poco ao redor y ves lo que está pasando por el mundo entero», dice. Es día de entierros blancos en Rusia. Aún en el hospital, el fin de semana volvía a su casa, y la semana la dedicaba a intentar ganar la mayor autonomía posible. «Tuve que volver a aprender a escribir sin mover los dedos, con la muñeca; tardé un mes en ser capaz de meter las letras en los renglones», cuenta. Y soportó algún que otro «golpe», valora. Como que el colegio mayor al que quería irse en Madrid tras superar la selección para Ingeniería de Caminos lo rechazase por tener que realizar mejoras en la habitación. «Ese día fue un poco duro, porque estás como en una burbuja, yo tuve muchos apoyos, familiares, de amigos, e incluso económicos... pero nada, fueron dos horas que pasé cogiéndole rabia a los directores del centro». Independencia Sin plantearse demasiado a dónde iba a llegar, tuvo claro Miguel Ángel que aquello era una situación nueva y para siempre. «Había que vivir con ella», resume. Y se fue a estudiar a Santiago Empresariales. El primer año iba y venía a su casa cada día, porque aprendió a conducir y cogió el coche desde el primer momento. «Te da mucha independencia». Los siguientes, alquiló un piso con los amigos. Se cambió a Económicas, carrera que terminó con un expediente para enmarcar y «tuve la suerte de conecer a María del Carmen García Negro», menciona expresamente. Becado por la Consejería de Pesca, se quedó a trabajar con ella en la Universidad. Cuatro años en los que viajó a Dublín y tras los cuales se tomó un descanso para seguir viajando antes de trasladarse a Pontevedra, donde trabaja en el área financiera de una constructora familiar desde el 2000. En cierto modo, no oculta sentirse afortunado por sus desgraciadas circunstancias. «Vivir así es muy caro» «Vivir así es muy caro -se explica- las barreras en el mundo occidental se salvan con dinero». Y lo describe. Él que como tantos abre el día a las 7.45 horas conoce como pocos lo estrechas que pueden llegar a ser las puertas. «La diferencia entre tener dinero para arreglar tu vivienda o no es la de ducharte en el baño o tener que asearte en la cama; si resulta que el metro no está preparado para ti, puedes ir en taxi y los hoteles adaptados son casi todos de cuatro estrellas... no te quiero decir nada si precisas contratar a alguien para que te ayude». Antes de ir a trabajar, todos los días hace 45 minutos de rehabilitación para luchar contra la espasticidad. En la oficina, hasta las dos y a casa para comer. «No puedo cortar una chuleta, pero no pasa nada, hay cosas que hay años que no pasa un día, estás solo y acabas por conseguirlo». De la medida del esfuerzo, disiente. «No es titánico, hay que ponerse y nada más», considera. A las cuatro, y tras echarse un rato para reposar de la posición de sentado, vuelve a la oficina. No quiere teclado especial en el ordenador, se va apañando sin escribir rápido y se han hecho las adaptaciones mínimas. Las ocupaciones, muchas, lo tienen en el despacho hasta las ocho, hasta las nueve, cuando acaba la jornada laboral y llega el momento de los amigos y el ocio. Conciertos, teatro en la calle, viajes, pintura, fotos... Procura renunciar a poco y se mira aún menos al ombligo Miguel Ángel. Y asegura que «esto no es heroico». Le cuesta más, por ejemplo, hablar. Tiene la timidez de los valientes y piensa que la fuerza sale de las ganas. Aunque «estéticamente impactamos mucho -subraya- hay otras situaciones mucho más duras». Recuerda algunas que vivió muy de cerca. Cuatro meses compartió habitación con un hombre que permaneció aún más boca abajo, sobre una cama, sin poder mirar ni al techo y casi sin poder respirar. «En esos cuatro meses nació o su hijo, y le fueron a enseñar así, y no lo pudo coger...». Quizá por eso la reactualizada vida y muerte de Ramón Sampedro le suscite comprensión. Pero también dudas. Decidir el final es, opina, una cuestión en la que la persona tiene mucho que decir. «Anda que yo no son para nada dos que habló só de los derechos individuales -apunta-, vivimos en una sociedad, no somos sujetos ligados y las decisiones de uno repercuten en los demás». El límite del dolor Se pregunta, por ejemplo, qué razones pueden llegar a amparar la eutanasia. Dónde la vida cruza el límite. ¿Una lesión como la retratada por Amenábar? «¿Un gran deprimido o un ciego que no conciba su existencia sin ver y que lo sienta como insuperable no sería el mismo derecho?», interroga. «No sé cuál puede ser la mayor razón para pedir la eutanasia, quizás sea el dolor el mayor don que se puede acercar a la vida... no sé, habría que ver el caso....», dice él bien asentado sobre su vida. Las circunstancias, de nuevo, salen a relucir. Por experiencia. «Y también la cultura, no es broma», añade. Y se vuelve a explicar Miguel Ángel. «Si no sabes lo que es la literatura, ni la música, si tu vida es trabajar en algo para lo que precisas las manos o las piernas, jugar al fútbol y resulta que un día no puedes hacer nada de eso... entonces a lo mejor piensas que no merece la pena. Depende de como lo vivas», concluye. Estos días, entre su variadísima elección musical escucha a maestros de la música como Paganini y en la mesilla de noche reposa el libro del premio Nobel de literatura José Saramago Ensayos sobre la lucidez . Con el punto de vista a media altura, otea bien lejos y devuelve una mirada que lo relativiza casi todo: «Tener la plena certeza, como la tengo yo, de que nos vamos a cargar el mundo en poco mas de cien años, a veces también te quita las ganas de vivir», considera. «Eso nos afecta a todos, no sólo a uno», añade. Y sin embargo, «parece que lo sobrellevamos sin mayores problemas -dispara-, ou a lo mejor es que no nos interesa o, simplemente, no lo vemos», Así lo ve él. Será porque la vida no necesita de piernas para caminar hacia adentro.