La ruta de los mayas
En Chichén Itza los descendientes de los mayas, convertidos por el turismo en guías, cuentan historias de sus antepasados que no aparecen en los libros. En la península del Yucatán, entre la selva o al borde del mar, se puede seguir la estela d
ELIZABETH RUIZ
Veinticinco años después del descubrimiento de Colón, en el año 1517, un puñado de aventureros españoles llegaba a una zona inexplorada del Nuevo Mundo. Guiaba la expedición Francisco Hernández de Córdoba. Buscaban El Dorado, la fabulosa tierra sembrada de gemas y metales preciosos. Los aguardabab en la playa grupitos de indios que vestían un taparrabos orlado de plumas. A las preguntas de los españoles, deseosos de conocer el nombre del lugar al que habían arribado, los indios respondieron: «Yucatán», es decir, «no lo entiendo». Como tampoco los españoles entendían la lengua de los aborígenes, concluyeron que Yucatán era el nombre de la región. Y así se llama hoy la península que se extiende al sur, bañada por el Caribe y cerrando el golfo de México. Todavía hoy, apenas un centenar de la turística Cancún, y en pequeños poblados que no han sido «colonizados», con una muralla de selva en la que no ha penetrado aún la electricidad, los descendientes de los mayas siguen hablando aquella lengua indescifrable, de sonido gutural y breves vocablos... Los niños acarrean pesados fardos de leñas sobre sus cabezas y, acaso por eso, los habitantes de este Estado mexicano (Quintana Roo) sean de estatura diminuta. Para los primitivos mayas este era un signo de belleza. Aquella civilización, absolutamente refinada, rendía culto al cuerpo y lo modelaba. Para aplastar y agrandar la nariz utilizaban máscaras de arcilla, mientras que a los niños, al nacer, les colgaban de la frente una bola para que de mayores fueran bizcos. Existen, sin duda, nexos invisibles que comunican a este pueblo con el que se asentó a orillas del fértil Nilo; la numerología y la astronomía son algunos de ellos. Al subir los 91 escalones de la gran pirámide de Chichén Itzá (hay cuatro escaleras idénticas que suman en total los días del año) la sensación de encontrase en un lugar imposible es idéntica a la que se experimenta en Giza, frente a las pirámides de Keops, Kefren y Mikerinos. Y también la pregunta es inevitable: ¿por qué ambas acabaron destruyéndose? Aquí, en México, culpan a los toltecas, una civilización más atávica, que convirtió el famoso juego de la pelota de los mayas en un ritual macabro, en el que se decapitaban al capitán del equipo perdedor. Al sur de Chichén Itza están las ruinas de Coba, en plena selva; y más al sur aún, al borde del Caribe, se alza una de las ciudades mayas más hermosas: Tulum. Siguiendo esta ruta, los más atrevidos pueden hacer una incursión en Chiapas, para adentrarse en los misterios de Palenque y contactar con las reivindicaciones indígenas del presente...