Diario de León

Mafia, capital Nápoles

Al igual que en su día la mafia siciliana, la Camorra ha logrado que parte de la población de barrios como el de Torre Annunziata se identifique e incluso defienda activamente a los capos que dirigen los negocios legales e ilegales controlados

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FÉLIX SORIA | texto
León

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Durante las últimas tres semanas las autoridades italianas han lanzado una vasta ofensiva contra la delincuencia organizada napolitana, la Camorra, que agrupa y coordina bandas dedicadas al narcotráfico, la trata de blancas, la inmigración clandestina, la obtención de contratas públicas, el tráfico de armas, la falsificación, el tratamiento irregular de residuos tóxicos, la usura y otros negocios ilegales. Con motivo de la mayor redada, durante la que se pretendía detener a 52 facinerosos y en la que han intervenido más de 3.000 funcionarios, decenas de vecinos de Torre Annunziata (en la periferia de Nápoles) han obstaculizado la acción policial, ayudando a varios mafiosos a ocultarse o a huir. Pese a que los negocios ilegales de la Camorra son muchos y sustanciosos, lo que más poder otorga a sus capos no es el dinero que manejan, sino la fuerte penetración económica y social que han conseguido a lo largo de los últimos diez años. Fuentes oficiales trasalpinas estiman que tres de cada diez residentes en enclaves como Torre Annunziata se benefician de la actividad delictiva. Lazos de dependencia Sin embargo, el puñado de sociólogos, economistas y abogados napolitanos que han estudiado a fondo el asunto han llegado a conclusiones más preocupantes y apuntan que -aparte de ese 30% de población económicamente cómplice o secuestrada- otro 25%, como mínimo, de los vecinos de Torre Annunziata se benefician parcial o indirectamente de las actividades de la Camorra. Semejante situación también se debe a que los mafiosos financian y controlan empresas legales en sectores como el inmobiliario, los transportes, los talleres mecánicos y los servicios domiciliarios, entre otros negocios. Nápoles, tanto por la cuantía del dinero que maneja la Camorra como por su capacidad de penetración en la sociedad, se ha convertido en ejemplo de mafia moderna y, a la vez, en un teatro de operaciones en el que ya trabajan especialistas de varios países de la Unión Europea en busca de soluciones para un problema que amenaza con extenderse y que, básicamente, es un cóctel de delincuencia organizada, alto índice de desempleo, ausencia de inversiones en economía productiva, nihilismo social y descrédito de los dirigentes políticos Y esto último, por extensión, acaba desautorizando a las instituciones. Versión hispana El clan de los hermanos Rodriguez Orejuela, que tenía base en la ciudad colombiana de Cali y se dedicaba al narcotráfico, constituye -junto a las bandas que operan en Ciudad Juárez- la versión hispana más fiel del modelo histórico de mafia que se desarrolló en Sicilia a partir del siglo XVI. El clan de los Orejuela, que en gran medida ha sido desmantelado, empezó a declinar por dos motivos, entre otros de menor importancia. Uno, porque en su afán por controlar más y más aspectos de la economía y de la sociedad colombianas, en la década de 1990 -máxime tras la muerte de Pablo Escobar- empezó a pisar los callos y los zapatos de grandes empresarios, financieros y políticos del país. Y en segundo lugar, Gilberto Rodríguez Orejuela, el Ajedrecista, fue extraditado porque la Administración norteamericana -por razones más geopolíticas que de higiene social o de justicia- reclamó con excepcional insistencia al capo di tutti capi de la mafia de los hemanos Orejuela, que gracias a la exportación de cocaína habían levantado un imperio. Los ocho «mandamientos» Los Orejuela, con Gilberto actuando cual consejero delegado ejecutivo de un consorcio, crecieron exponencialmente y sin grandes dificultades porque aplicaron -probablemente sin ser conscientes de ello- siete de los ocho mandamientos que, en esencia, ya contemplaba la mafia siciliana del siglo XIX: Primero, fomentar o, si es necesario, forzar una total cohesión familiar (o de clan); lo que permite aprovechar al máximo los lazos de cosanguineidad y los de matrimonio. Segundo, cumplir y hacer cumplir a rajatabla la omerta (la ley del silencio o de fidelidad), so pena de pagar con la vida, al tiempo que se estructura una organización fuertemente jerarquizada. Sin excusa ni perdón El tercero mandamiento consiste en imponer una estricta división del trabajo. Así, por ejemplo, en mafias como la de los Orejuela dedicadas al narcotráfico, se debe mantener en compartimentos estancos a campesinos, productores, distribuidores, almacenistas, técnicos, transportistas, mercenarios (asesinos), abogados, cómplices sociales, políticos corruptos... La norma es que nadie participe ni se mezcle en las actividades de los grupos o bandas que actúan en distinto campo o que tienen diferente función. No obstante, en la actualidad y también en las mafias, cada vez es más habitual la subcontratación de servicios. Cuarto, las órdenes deben ser inequívocas, evitando los matices, y deben ser cumplidas sin excusa. Quinto, rigor disciplinario con aplicación inmediata del castigo que corresponda. El perdón puede acarrear complicaciones ulteriores, por lo que la comprensión está terminente prohibida. Sexto, apoyo total en lo humano, lo económico y lo social a los miembros de la organización que estén en apuros; ayuda que siempre se debe hacer extensible a los familiares directos del detenido, perseguido o fallecido. Séptimo, invertir parte de los beneficios en el entorno social y constituir empresas legales, que siempre son útiles para blanquear dinero negro y para obtener crédito o penetración social. Dar es el cebo para recibir Y la octava norma, quizá la más difícil de cumplir porque requiere una concienzuda preparación personal, establece que se cuiden con mimo las relaciones externas, especialmente con las instituciones (sobre todo con las autoridades locales, la policía y los jueces) y con los mundos empresarial y bancario. En sus relaciones y en cuanto se da la más mínima posibilidad, el mafioso debe introducir el factor dinero: bien pagando favores, bien financiando negocios legales en comandita, o bien haciendo préstamos desinteresados a los conocidos y amigos que acusen apuros económicos. El objetivo último del mafioso que aplica el octavo mandamiento es ganar aliados circunstanciales y garantizar su lealtad futura. No en vano, el apoyo de personas socialmente bien consideradas -aunque el respaldo sea mínimo- siempre es útil en situaciones de emergencia o, alternativamente, sirve para que el delincuente y sus socios tengan acceso a ámbitos y ambientes que de otra forma les resultarían inalcanzables. El mafioso profesional -es decir, el que delinque para enriquecerse con la intención de disfrutar de su dinero y de sus bienes durante toda la vida- evita las improvisaciones y las prisas, cuida las formas y elude pisar intereses ajenos a su mundo, pero si lo hace utiliza testaferros a los que, si es preciso, denosta en presencia del perjudicado. Por último, aunque suene a guión de Mario Puzzo, el mafioso clásico, el que aspira a morir en la cama rodeado de sus nietos, nunca levanta la voz y en público jamás demuestra estar enfadado. Gilberto Rodríguez Orejuela es un ejemplo de capo di tutti capi que minusvalora el octavo mandamiento y que, para colmo, pisa los zapatos de quienes habitan en mundos ajenos al suyo, incluido el de la política. Los capos de la Camorra que operan en o desde Torre Annunziata adolecen todavía de una precaria cohesión porque carecen de un incontestable capo di tutti capi, lo que dificulta sus relaciones con las clases dirigentes. Pero lo compensan siendo generosos con el vecindario. Y esto, impensable en Sudamérica y para un Orejuela, alimenta temores en los territorios de la Unión Europea que acusan altas tasas de paro.

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