Diario de León

Un año con una niña haitiana

¿Qué les ocurre a los protagonistas de las noticias una vez que desaparecen de los medios de comunicación? Anaika se hizo famosa hace un año, cuando ella tenía dos, al salir evacuada de Haití. Doce meses después, su historia es la lucha por ada

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NANI ARENAS | texto y fotos
León

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Hace un año, ese rostro dulce pero aterrado de Anaika acaparó la atención de los medios de comunicación. Ella y dos compañeras, Wisline y Lisbeka, se convirtieron en la cara amable del cruento conflicto haitiano que se originó para derrotar al entonces presidente Jean Bertrand Aristide. Gracias a la ayuda de la embajada española en uno de los países más pobres del mundo, las tres pequeñas, de 2 años y 16 y 18 meses respectivamente, lograron salir de un mísero destino en guerra donde la ausencia de futuro era, y es, evidente. Por distintas circunstancias, mi vida y la de Anaika se cruzaron. Hace un año, en Puerto Príncipe, el destino la puso en mis brazos. Y sin querer, ella, las otras pequeñas haitianas y yo misma nos convertimos en noticia... Ya de vuelta a la normalidad, la curiosidad me carcomía. ¿Qué habría sido de aquellas pequeñas? ¿Cómo las había tratado el mundo? La pasada semana, la vida nos unió de nuevo. Esta vez fui yo quien manejé los hilos del destino con la intención de volver a ver a esa niña mirada amenazante y piel azabache cuyo rostro ha hecho raíces en mi cabeza. Quise volver a ver a esa esporádica compañera con la que compartí una de las experiencias más duras a la vez que más hermosas de mi vida. Un año después, Anaika es una niña más. Una niña normal. Pero su vertiginoso proceso de adaptación a la nueva vida rebosa anécdotas. Esta vez, la cita es un cúmulo de contrarios. El termómetro de Vilanova i la Geltrú (a 40 kilómetros de Barcelona), donde ahora reside Anaika, marca un grado de temperatura. Lejos queda aquel pegajoso calor de Puerto Príncipe. En Vilanova, no hay basura en las calles. Ni cabras. Ni suenan disparos de fondo. No hay barricadas. A cambio hay zonas peatonales, columpios a la orilla del mar... y la tranquilidad y seguridad típicas de los países desarrollados. Anaika ya no llora desconsoladamente. Me mira, pero no me reconoce... ¡menos mal!. Su madre temía que mi imagen trajera a su mente recuerdos del infierno haitiano. Pero no. Yo sí la reconozco. Anaika ha crecido mucho y su pelo no rebosa lazos. Su cara ya no transmite miedo, pero la mirada es la misma. Esos ojos grandes se clavan y me analizan con la fuerza que aquel día. Un año después, sigue siendo una niña con expresión de adulto. En las seis horas que compartí con ella el día de la evacuación no logré arrancarle ni una sonrisa. Y juro que lo intenté de mil maneras. Era mi asignatura pendiente. Verla sonreír. El encuentro El encuentro es en la guardería. Me acompaña Blanca Fernández, la luchadora madre adoptiva. Soltera. Funcionaria. Blanca de nombre y blanca de piel, deja todos los días a su hija en esta ludoteca donde la pequeña juega y aprende. «Se va con todo el mundo, y se lleva muy bien con todos los niños», me cuenta la responsable de la guardería. «Hola, Anaika», saluda Blanca. «Mira quien ha venido a verte desde Galicia. Está aquí la Nan i», añade. Anaika me examina, de arriba abajo, y me da la mano. ¿Cuántos años tienes?», le pregunto. «Tes», responde. Me da la mano y me enseña su caballo. Y sonríe. ¡Asignatura aprobada!. Son las 15:30. Hace un frío polar, pero no llueve, así que Blanca lleva a Anaika al parque: «Hoy vamos al que te gusta, al que tiene arena», le dice a su hija. «Quero cubo, cubo» demanda la pequeña con un curioso acento catalán. Vocaliza mal y cuesta entenderla, pero es evidente que Anaika comprende todo lo que le dicen. En su reducido vocabulario no quedan restos de palabras en creole (idioma haitiano). La mente de Anaika ha logrado adaptarse a los dos nuevos idiomas con los que convive: castellano y catalán. Pero la incógnita sigue ahí. ¿Qué recuerdos almacenará la mente de Anaika de su pasado? Blanca quiere que su hija conozca su origen y lamenta no haber estado nunca en Haití. El conflicto bélico imposibilitó su entrada en el país. «Tengo que ir, tengo que hacerlo por Anaika. Quiero ver con mis propios ojos ese país, ese entorno... visitar el pueblo donde nació. Según los papeles del orfanato, se llama Cabaret pero lo he buscado en los mapas y no lo encuentro», relata Blanca. «Debe ser un pueblo muy cercano al mar por que a Anaika el agua le apasiona», añade. También sabe que la madre natural entregó a la niña al hospicio cuando esta tenía un año. «Las madres las tienen consigo hasta que se quedan sin leche en el pecho. Al no poder alimentarlas las entregan en adopción» relata. Familias monoparentales ¿Y por que una niña haitiana?. «Haití es uno de los pocos países donde permiten adoptar a madres solteras. Y en principio, los trámites allí eran más sencillos que en otros sitios», explica Blanca pero matiza que al final todo resultó más complicado y caro de lo que parecía: dos años y medio de espera y unos 15.000 euros de gasto. «Anaika fue la segunda niña que me asignaron. Antes me dieron otra pero al mes me llamaron para decirme que Lolita, ese era su nombre, se había muerto. Me quedé helada. Luego perdieron mi expediente y me tuvieron meses pendiente de una nueva asignación. Al final decidí cambiarme de orfanato y me aconsejaron God's Littlest Angels . Y entonces me asignaron a Anaika», recuerda. Cuando todo parecía ir por buen camino, estalló el conflicto. Y el horizonte del aquel tortuoso proceso se tiñó del color del rostro de Anaika. Por suerte para Blanca, la embajada española en Puerto Príncipe y el Ministerio de Exteriores de España se pusieron las pilas para acelerar los trámites que permitieran la salida de algunas niñas. Anaika, Lisbeca y Wisline fueron las afortunadas. Y tras ellas, otros muchos niños que estaban en lista de espera. Un año después, ya no quedan niños retenidos en Haití. Adaptación La pasada semana se cumplió un año del primer abrazo entre Anaika y su madre en los lujosos salones de la residencia de la embajadora española en República Dominicana. Dos días después, ambas aterrizaron en Barcelona. Ese día se cerró el capítulo de la adopción pero empezó otro tan duro como el primero. La adaptación. «Los primeros cuatro meses no me separé de ella. Las madres adoptivas tienen los mismos derechos que las naturales y por supuesto, disfrute de las 16 semanas de baja maternal» cuenta Blanca aunque matiza, enfadada, como no todo son facilidades. «La adopción internacional conlleva mucha burocracia e infinitos papeleos. Fíjate que yo no he cobrado los cien euros de madre trabajadora, ni las ayudas de la Generalitat», explica. Blanca no es la única que sufre este problema al que se enfrentan la mayoría a de las familias que tramitan adopciones internacionales. La mayoría de los niños, por deficiencias del Registro Civil Central, son unos «sin papeles» durante casi un año. Es por esto que un grupo de padres adoptivos han iniciado una recogida de firmas para presionar a las instituciones. Y para conseguir que se apliquen las recomendaciones aprobadas en la comisión especial del Senado de diciembre de 2003, con el fin de facilitar la plena adaptación de sus hijos y minimizar los costes de los procesos de adopción que, según qué países, pueden llegar a los 24.000 euros.

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