«Creo que tengo una hernia»

La medicina está viviendo un cambio de roles. Los pacientes piden cada vez más información y disponen de mayores conocimientos

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PEDRO RIELO | texto
León

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En la sala de espera no se respira esta mañana un especial nerviosismo, pasan los minutos sin demasiado desasosiego. Una mujer embarazada mira un cuadro en el que aparece una playa, una dorna y, al fondo, la inevitable gaviota que está a punto de despegar. Todo muy bucólico, tranquilo y, por supuesto, sin malos humos. Doce personas en un centro de salud decorado con muchas macetas; atentas enfermeras y médicos con batas verdosas recorren los pasillos sin demasiada prisa. Muy cerca de la ventana un hombre, que supera generosamente los cuarenta años, se toca varias veces el estómago, parece que está confirmando algo. Mira hacia un lado, a quien probablemente sea su mujer, y por primera vez manifiesta estar algo nervioso: «No sé para qué vamos al dichoso médico. Ya sé lo que me va a decir y lo que me va a preguntar: «¿Tiene usted ardores de estómago, le cuesta tragar?. Lo estoy viendo. «Hernia de hiato», dirá, te lo digo yo, ya verás». Después de entrar en la consulta pasan unos minutos, pocos. Sigue reinando la tranquilidad hasta que sale la pareja con cara de circunstancias. El hombre se muestra satisfecho de su predicción y, al mismo tiempo, se lamenta porque deberá olvidarse de los homenajes de churrasco, de las prolongadas sesiones de café, y tendrá que poner fin a esas siestas que se confunden con el sueño nocturno. Esta es una muestra real, clara del cambio de hábitos en pacientes cada vez más informados y que ya conocen previamente su dolencia, al menos tienen esa certeza, en una sociedad cada vez más volcada con la salud. El cambio de posición en el recatado paciente es una tendencia en el mundo occidental, tal y como se desprende de diferentes estudios, entre ellos el realizado por el Picker Institute de Oxford, que revela que cada vez se percibe una mayor exigencia hacia los profesionales de la sanidad. En Galicia, las cosas están cambiando con usuarios que también demandan una atención transparente y práctica. El último estudio sobre la atención a los usuarios del Sergas, elaborado por la Universidad de Santiago y publicado el año pasado, le otorga un notable a los médicos de cabecera, un 7,50 sobre 10. También se valora de forma positiva el tiempo dedicado por el facultativo, la información recibida, la confianza y el interés prestado. Lo que no se enseña en la Facultad de Medicina El paciente tiene derecho a que se cuente con él y según argumenta el presidente del Comité de Ética del Hospital Juan Canalejo, Antolín Rodríguez: «Durante muchos siglos, desde Hipócrates, el buen médico era el que hacía lo que pensaba que era más beneficioso para el paciente, que no recibía ninguna información. El médico no daba más explicaciones que las estrictamente necesarias y no era bueno que el paciente supiese demasiado. Esto se mantuvo así hasta mediados-finales del siglo pasado, cuando se desarrollan técnicamente los hospitales; en Estados Unidos comienzan a aparecer, en los años setenta, las Cartas de Derechos y Deberes de los Pacientes». En España, los primeros planes de humanización surgen en los años ochenta, cuando se reclama que hay que darles información a los pacientes, lo que se incorporará posteriormente a las leyes sanitarias. «Esa comunicación que se pedía rompía una práctica que nos habían enseñado en la Facultad de Medicina, donde se preocupaban de decirnos cómo se trataban las enfermedades, pero no a los enfermos. Una cosa es cómo se trata la úlcera de duodeno, y otra, cómo se trata un paciente con úlcera de duodeno», añade Rodríguez. Se busca mejorar el contacto entre el médico y el paciente, que le permita tener una información adecuada. Es un derecho que ayuda a mejorar los resultados terapéuticos. Las encuestas internas de los hospitales gallegos señalan que la mayor demanda de los usuarios es recibir más información y ahí Internet juega un papel determinante aunque su uso sea todavía escaso. Nos informa, generalmente, sobre cuestiones genéricas, que no aparecen jerarquizadas y que corren el riesgo de generar falsas expectativas. «Es un fenómeno positivo -explica Santiago Ares, subdirector xeral de Asistencia Sanitaria del Sergas-, pero el problema es que la medicina es una ciencia que necesita su tiempo y se pueden crear falsas ilusiones como cuando se dice que las células madre corregirán enfermedades como el párkinson. Es necesario que un profesional filtre esa información». De la cultura de la resignación a la reclamación Existen claroscuros que no certifican los estudios sobre la mejora de la calidad sanitaria. Tres años para operarse de bocio, once meses para una consulta de ginecología o más de un año para una resonancia magnética. Las principales quejas de los pacientes tienen que ver con las famosas listas de espera y con la solicitud de un mayor número de profesionales. Y si los hospitales se encuentran saturados o los pacientes reciben un tratamiento incorrecto saben que pueden recurrir a la Justicia. En el bufete de Alfonso Iglesias se acumulan los papeles con procesos referentes a negligencia médica, ya que actualmente se tramitan unas ochenta reclamaciones al año en este despacho coruñés o, lo que es lo mismo, en los últimos seis años se han multiplicado por cinco. Existen dos grandes grupos. En el primero se encuentran las intervenciones quirúrgicas, entre las que, en los últimos meses, sobresalen los casos sobre cirugía plástica y oftalmología. «La mayoría de este tipo de reclamaciones son por vía civil, ya que no están cubiertas por la Seguridad Social. El denominador común es siempre el mismo: un resultado peor del que se ha ofrecido». Ese paso hacia adelante es una consecuencia lógica de que la calidad en los hospitales se considera un derecho y una necesidad, por lo que una gran parte de la población acude con mayor confianza. Desde luego, estamos a una gran distancia de la historia auténtica de un inglés, William Mclloroy (1906-1983), que fue operado 400 veces y estuvo internado en cien hospitales distintos con 22 nombres falsos. El conocido como síndrome de Munchausen poco tiene que ver con la historia de la medicina gallega y sus circunstancias, que son los pacientes. Hasta hace algunos años, el paciente que acudía a un hospital se podía encontrar totalmente desconcertado; sentía unos intensos dolores en alguna parte del cuerpo, pero no tenía ni la más remota idea de lo que padecía. La medicina era un campo ajeno, un trámite que había que atravesar alguna vez y frente al que armarse de valor, como quien va al dentista. Existía, también, cierta desconfianza y miedo en acudir al médico por la enraizada cultura de la muerte y de lo inevitable, con situaciones que hoy parecen inverosímiles. Los gallegos hemos tenido tradicionalmente mucho respeto, por no decir temor, a la figura del médico, uno de los tres vértices, con el alcalde y el cura, del poder en cualquier pequeña localidad. Porque existía una marcada diferencia entre los enfermos de las ciudades y los de la aldea, lo que fue estudiado con detenimiento por el intelectual y médico Domingo García Sabell, fallecido hace dos años. En su discurso de ingreso en la Real Academia Galega se valió de su experiencia y de sus amplios conocimientos teóricos para trazar una completa radiografía del enfermo gallego. Si el aprensivo es un tipo universal, hay diferencias entre los paisanos que aportan explicaciones muy breves y los que viven en las ciudades, que reparan más en análisis de electrograma o del metabolismo. Una característica típica, en palabras del pensador humanista recogidas en su obra Análise existencial do home galego enfermo, es la negación de la enfermedad; es atacado y trata de ignorar ese ataque; a esa fase le sigue el desprecio hacia el mal contraído y el miedo a no recuperar el bienestar perdido: «Non asusta cáseque nunca a gravidade do mal, nin tan sequera a súa fatalidade. Asústao e dálle arrepío, e vólveo medio tolo de medo, a potencia do curador que coñece, sen dúbida, dunha maneira que semella máxica, a marxe estreita e inampliable da súa vida».

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