¡Apaga la luz!
Promotora del uso doméstico de la energía solar en España, Raquel Montón ofrece opciones sencillas para luchar contra el calentamiento global y los desastres naturales que esto provoca
Hay muchas formas de colaborar en la construcción de ese mundo más justo y solidario que tanto anhelamos, y cuya lejanía en mayor o menor medida a todos nos pesa. Desde las que exigen una importante renuncia, como la que eligen muchos de los protagonistas de esta sección, hasta las más sencillas, como colaborar con una oenegé, ser inteligentes y moderados a la hora de hacer nuestras compras o presionar a la empresa en la que trabajamos para que realice acciones de responsabilidad social corporativa orientadas a la ayuda a colectivos desfavorecidos y el cuidado del medio ambiente. La que propone Raquel Montón, responsable del área de energía solar de Greenpeace, parece una de las más asequibles y simples de alcanzar. Tanto es así que resulta imposible hallar excusas para no ponerla en práctica. Me encuentro con Raquel en la oficina de Greenpeace, un vasto piso que, como cualquiera que conozca medianamente la iconografía de la organización podría imaginar, está atiborrado de fotos de barcos ecologistas y ballenas. Al fondo está la sección de energía solar, donde Raquel trabaja junto a tres compañeros. En la ventana hay una margarita de plástico que, impulsada por un pequeño panel fotovoltaico, gira sobre sí misma. El panorama que describe Raquel resulta más que preocupante. Nuestro consumo de combustibles fósiles y las emisiones de CO2 que provocan a la atmósfera están incrementando rápidamente la temperatura en la tierra. A lo largo del siglo XX este aumento ha sido de 0,6 grados. Vida humana «Cuando lleguemos a los 2 grados la vida humana desaparecerá en muchos lugares del planeta. Y no estamos lejos. Como ya comprobamos este año, el riesgo de incendios ha crecido entre un 50 y un 80%. La desertización avanza a pasos agigantados, el nivel del mar está subiendo. No falta mucho para que cientos de millones de personas tengan que abandonar el lugar en el que viven, basta con que el mar ascienda medio metro más», explica Raquel antes de afirmar con rotundidad que se trata del «mayor desafío que debe enfrentar la humanidad». Entonces le pregunto qué podemos hacer para revertir este proceso. Y ella me da la clave: «Lo bueno de todo esto es que tienes parte de la solución al alcance de la mano. Con hacer algo tan sencillo como apagar las luces que no utilizas estás colaborando a reducir el calentamiento global». Ante todo, lo que Raquel propone es una transformación de la forma en que entendemos la energía que consumimos. Debemos dejar de pensar que es inocua e ilimitada, como durante generaciones se creyó. Y es en los pequeños detalles donde se produce el cambio: estar atentos a esa luz que ha quedado encendida en una habitación y que nadie utiliza, apagar la televisión cuando no es más que un ruido de fondo, abrigarnos en invierno en lugar de subir la calefacción, no caer en la tentación de poner el aire acondicionado a la máxima potencia... «Mucha gente piensa que estos gestos son inútiles. Pero si sumamos el pequeño ahorro que cada uno puede realizar, la transformación es brutal», afirma Raquel. «Y lo importante es pensar que no sólo es cuestión de ahorro sino que puede ser también una forma de salvar vidas. A la vista de las últimas catástrofes naturales, hacer un buen uso de la energía es una responsabilidad moral».