Diario de León

La ley del más fuerte

La reciente reunión de la Organización Mundial del Comercio en Hong Kong podría haber sacado de la miseria a millones de agricultores. Paloma Escudero, responsable de comercio justo de Intermón Oxfam, considera que el resultado de este encuentr

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HERNÁN ZIN | texto El 2005 prometía ser un año clave en la lucha contra la pobreza extrema que mil millones de personas padecen en el mundo. La revisión por parte de Naciones Unidas de los objetivos del milenio, el encuentro de los líderes del G-8 en Gleneagles y la reunión de la Organización Mundial del Comercio (OMC), permitían vislumbrar la posibilidad de un cambio. Se tenía la impresión de que este siglo XXI que comenzó sacudido por el 11-S y la lucha contra el terrorismo, al final de su primer lustro podría reconducirse y avanzar hacia el futuro con cierta sensatez. Sin embargo, mirando retrospectivamente, no se pueden alcanzar más que conclusiones negativas. El G-8 apenas logró condonar la deuda a 14 naciones africanas y prometer un lánguido aumento de la ayuda a los países pobres, a pesar de la presión popular que se ejerció sobre los líderes políticos que se congregaron en Escocia. Pero quizás lo más decepcionante fue el encuentro de la OMC que tuvo lugar el pasado mes de diciembre en Hong Kong. Reunión en la que se suponía que los países prósperos harían un esfuerzo por reducir las subvenciones agrícolas y las barreras arancelarias para favorecer así a los productores del Sur, ya que, en teoría, se trataba de una «ronda de desarrollo». Teniendo en cuenta que el 80% de los pobres del mundo son pequeños agricultores, el objetivo de la cumbre era de vital importancia para reducir la miseria en África, Asia y Latinoamérica. Si se hubiese permitido a los países más postergados aumentar tan sólo un 1% su presencia en los mercados internacionales, 128 millones de personas habrían sobrepasado el umbral de la pobreza. Presión desde España Paloma Escudero lleva años trabajando en Intermón Oxfam para que se establezcan reglas comerciales más justas. Durante las semanas previas a la reunión de la OMC, Escudero organizó diversas actividades como conferencias de prensa o recogidas de firmas, y trajo a expertos como Kevin Watkins, responsable del Informe sobre Desarrollo Humano de las Naciones Unidas, para que concienciaran a los legisladores españoles acerca de la importancia del encuentro de Hong Kong. Una actividad similar a la que realizaron los miembros de Intermón Oxfam en numerosos países con el apoyo de personalidades internacionales como Desmond Tutú, Bono, Kofi Annan y el Dalai-Lama. Esto les permitió, apenas comenzó la cumbre, presentar al director de la OMC, Pascal Lamy, un total de 18 millones de firmas de ciudadanos que reclamaban el respeto por los derechos económicos de los productores del Tercer Mundo. Pero más allá de los actos de presión, y de las enormes expectativas generadas por la reunión, Intermón Oxfam califica sus resultados como «profundamente decepcionantes», ya que apenas se logró un acuerdo de mínimos y la discusión de los temas fundamentales fue postergada para el 2006. Y Paloma Escudero afirma que se ha perdido «una oportunidad de conseguir cambios reales en las reglas comerciales, debido principalmente a que los países ricos han puesto sus propios intereses comerciales por encima de sus compromisos con la ronda de desarrollo». El debate en Hong Kong giró en torno a las subvenciones que las naciones desarrolladas brindan a sus agricultores. Se estima que en Estados Unidos, la Unión Europea y Japón, suman cada año 200.000 millones de euros. Esta ingente cantidad de dinero permite a las grandes empresas de los países ricos colocar en el mercado internacional miles de toneladas de algodón, azúcar y arroz a un coste mucho más bajo del que requirió su producción. Práctica que en el argot económico se conoce como dumping . Las consecuencias de estas subvenciones son nefastas para los agricultores de las naciones más postergadas, ya que no sólo no pueden exportar los excedentes de sus cosechas, sino que ven inundados sus mercados de productos contra cuyos precios no pueden competir. Condicionantes injustos En los últimos veinte años, esta práctica ha hecho que millones de campesinos se hundieran en la miseria. Como bien señala Paloma Escudero: «Si realmente queremos luchar contra la pobreza, lo primero que tenemos que hacer es garantizar que los pequeños agricultores puedan vivir de lo que producen». Quizás el ejemplo paradigmático de esta competencia desleal sea el arroz, principal fuente de ingresos para más de 2.000 millones de personas en países como India, China, Nicaragua y Egipto. En el 2003 los Estados Unidos destinaron 1.300 millones de dólares a las grandes empresas agroalimentarias del sector permitiendo así que pudieran exportar su arroz a un precio un 34% inferior al coste real de producción. Para hacer la situación aún más dramática, y cerrar así el cerco a los campesinos del Tercer Mundo, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial ejercen una enorme presión sobre los países pobres para que abran sus mercados. Empujado por el FMI, Haití redujo los aranceles que imponía al arroz de un 35% a un 3%, lo que provocó un aumento exponencial de la importación del producto, altamente subsidiado y, por lo tanto, más barato, de EE.UU. En cinco años, la actividad de los agricultores haitianos descendió un 25%. Al-Hassan Abukari, humilde campesino del norte de Ghana, consigue 27 sacos de arroz de su cosecha anual, lo que le reporta 215 dólares, principal fuente de ingresos de su familia (mientras que cada agricultor estadounidense recibe 232 dólares de subvención por hectárea cultivada). A lo largo de los años, Al-Hassan ha visto cómo caía su poder adquisitivo. «Si de mí dependiera, bloquearía el acceso del arroz estadounidense. Estoy convencido de que, si hubiéramos impedido su entrada, habríamos prosperado», afirma preocupado por el futuro de sus dos hijos: Ya-buku y Adamu.

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