E = MC2 GIRA POR TRES CIUDADES EN 1923 RELATO

1905: Y Dios reinventó la física La carta y la bomba Einstein en España El día de la luz Bibliografía

El diecinueve de diciembre de 1905 la revista «Annalen der Physik» recibía la última colaboración, por ese año, de un tal Albert Einstein. El tiempo iba a colocar esos artículos, a su autor y al añ

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JOAQUÍN ALEGRE | texto
León

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José Ortega y Gasset, en un largo ensayo, reivindicó para sí la paternidad de las ideas einstenianas, creyendo cándida y apresuradamente que de algún modo Albert Einstein afirmaba la equivalencia de las perspectivas china y griega para juzgar un jarrón o la nariz de una mujer. Ernesto Sábato, Uno y el Universo Nada en la vida de Albert Einstein puede ser anotado con rigor en el apartado «convencional». Un recién titulado en la Eidgenössche Technische Hochschule -centro que devendría prestigioso pero secundario frente a las grandes universidades germanófilas- publicando en una prestigiosa revista científica de Alemania, dibuja una excepcionalidad que le acompañará de por vida. Max Born, premio Nobel de física, dijo de él: «Sería uno de los mayores físicos teóricos de todos los tiempos, aun cuando no hubiera escrito una sola línea sobre relatividad». Pero resulta que sí escribió esa línea, y otras muchas tras ella; líneas que siguen manteniendo ocupadas las mentes más prodigiosas de nuestro tiempo: «Las ecuaciones de Einstein de la relatividad general constituyen su mejor recuerdo y epitafio, y deberían durar tanto tiempo como el universo», Stephen Hawking. Su figura, algo descolorida, fue revitalizada por una sorprendente secuencia de descubrimientos cosmológicos realizados durante los años sesenta y setenta; con ellos quedaban verificadas las predicciones más osadas de la relatividad general -postulada entre 1913 y 1916- . Los clásicos ven en Newton al único gigante capaz de hacerle sombra. Sí, Newton fue grande, grandísimo, estratosférico incluso. Pero Einstein en 1905 era sencillamente un extraterrestre. Ulm Bismarck chapoteaba sobre el corazón de Francia cuando proclamó el II Reich mirándose en los espejos de Versalles; daban comienzo los años de acero que con mano más férrea prolongaría el kaiser Gillermo II: militarismo exacerbado, cobertura legal sobre las grandes corporaciones industriales y lucha sin cuartel contra los movimientos obreros y las minorías nacionalistas (alsacianos, daneses, polacos, etc). A esta convulsa Europa traía Pauline Einstein (Koch de soltera) a su hijo la mañana del 14 de marzo de 1879. Su feliz marido, Hermann, inscribiría al primogénito en el registro civil de Ulm, dejando para la historia el domicilio familiar (un inmueble arrasado durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial): calle de la Estación, 135. Toda la parentela del recién nacido era oriunda de la región de Suabia. El padre había sido un muchacho aplicado, excepcional en matemáticas, que no pudo acceder a estudios superiores por falta de recursos. La madre, en cambio, disfrutó de una envidiable posición social y de una esmerada educación, llegando a ser una gran pianista. La apacible «Venecia del Danubio» con su alta catedral y sus pintorescos barrios quedaría muy pronto atrás; a pocos quilómetros la pujante Múnich atrae como un imán los intereses comerciales de Hermann y su hermano Jakobs. Allí fundarán Elektro-Technische Fabrik J. Einstein & Co., una empresa especializada en aparatos eléctricos industriales y de iluminación. Llegará a tener doscientos empleados y algunas de sus dinamos fueron mostradas en exposiciones internacionales. Múnich En la capital bávara da comienzo la formación del joven Albert, primero en una escuela elemental (Volksschule) católica -aunque toda la familia es judía-, después, al cumplir los diez años, en el instituto Luitpold. A pesar de lo mucho que se ha especulado con el lento aprendizaje del futuro genio, no hay dato cierto que lo corrobore: su madre se enorgullecía de sus notas y en el instituto le tildaban de empollón. Sólo cuando los excesos de rigor disciplinario del sistema educativo alemán se cruzan con una insolente adolescencia, comenzaron los verdaderos problemas. En la memoria ha quedado la predicción de su profesor de griego -olvidemos por caridad su nombre-: «Señor Einstein, de usted no conseguiremos nunca nada de provecho». Con doce años descubre la geometría en el «sagrado libro» que le regalara Onkel Jakobs; trece, una fe arrebatada pierde la batalla ante la razón; catorce, devora la Critica de la razón pura y la serie Libros populares sobre Ciencias Naturales de Aaron Bernstein; quince, herr Reuss le induce a leer obras de Schiller, Goethe, Shakespeare¿ La electrificación e iluminación de Múnich enfrentará a la modesta Einstein & Co. con poderosas compañías competidoras -Siemens, Edison, Schuckert, Allgemeine Elektrizitäts- en un pulso resuelto al borde de la quiebra. La hermosa mansión donde vivían las familias de Hermann y Jakobs hubo de ser vendida de inmediato y los hermanos pusieron rumbo al Sur, a Italia. Pavía, cerca de Milán, ofrece una oportunidad única para la tecnología hidroeléctrica. La acaudalada rama de los Koch, asentada en Génova, invertirá en la nueva fábrica. A mitad de curso, con tres años por delante para conseguir el título de grado medio -imprescindible para acceder a la universidad-, Albert quedó en Múnich bajo la tutela de una anciana con la que estaba remotamente emparentado. Entonces el cielo comenzó a cubrirse de nubarrones, el Luitpold se convirtió en un campo minado, la sociedad germana resultaba opresiva, los profesores, odiosos, y por si fuera poco, el servicio militar oscurecía aún más el horizonte de un ser al que la disciplina y la marcialidad le enfermaban. Cierto día, el profesor de griego se atrevió a invitarle a abandonar el centro, Einstein acepta, pero a su manera: un médico amigo le diagnosticó una crisis nerviosa y logró de su profesor de matemáticas un certificado superior de conocimientos (aquellos documentos obraban efectos que en este tiempo falsario de hoy nos resulta muy difícil entender). Ambos concluían que el reencuentro con los padres sería beneficioso para Albert. El 19 de diciembre de 1894 alcanzó la libertad, no tardará en atravesar el San Gotardo para descubrir el paraíso italiano que su hermana Maja le dibujaba en las cartas. Pavía Durante algunos meses va a dejar que un aire de libertad inunde sus pulmones; goza la cordialidad lombarda, asiste esporádicamente a la Escuela Internacional de Milán, vagabundea por los Apeninos, estudia el compendio de física de Jules Violles y las obras de Leibniz, echa una mano en la fábrica, escribe algún artículo admirable para haber salido de la estilográfica de un adolescente, visita amigos, familiares, ciudades, monumentos, museos, galerías de arte¿; en sus propias palabras: «fui feliz». Para cuando Hermann ha tendido los primeros límites de futuro a su periodo disoluto, Albert ya tenía un plan: la espantada del Luipold le vetaba el acceso a la universidad, pero la Escuela Politécnica Federal Suiza (ETH) no exigía el Matura, «bastaba» con superar un examen de ingreso. Desde luego no tenía el reconocimiento de centros clásicos -Heidelberg, Berlín o Gotinga- pero se estaba prestigiando a marchas forzadas, y su padre aceptó el trato. En el otoño de 1895 un ufano adolescente protagoniza en Zúrich una estrepitosa derrota: suspende. (Para algunos biógrafos, acaso algo metafísicos, fue una argucia más para torcer la voluntad de un progenitor que deseaba, a toda costa, un ingeniero que pudiera incorporarse al negocio familiar). Heinrich Weber, jefe del departamento de física, quedó impresionado con la destreza fisico-matemática del aspirante (dos años más joven que el resto de candidatos), pero su arrebatada opinión favorable no pudo sobreponerse al desastre en otras materias. Con todo, el director, Albin Herzog, le ofreció a Albert un trato generoso: si cursaba con provecho otro año de enseñanza media, se comprometía a aceptarlo en la próxima convocatoria. Dulce derrota. Aarau Los Einstein eligieron la escuela cantonal de Aarau, y aún harían una elección mejor, Albert se iba a hospedar en casa de uno de los profesores, Jost Wienteler (filólogo y ornitólogo). Aquello no tenía nada que ver con el sistema docente teutón, y los Wienteler eran gente encantadora de trato cálido, nada formalistas y muy tolerantes. Sus siete hijos consiguieron el prodigio de convertir al empedernido individualista en un gregario y bullicioso compañero, capaz de armar cometas de papel para los pequeños o de perseguir aves por los montes Jura con los mayores. Pasó las Navidades con ellos, encadenado por las miradas de la bella Marie. Una colección de cartas cruzadas entre las dos familias revela cuán complacidos estaban con la relación. Pero el destino, siempre juguetón, trazaba caminos nuevos. En agosto, Albert logro el Matura y, casi a la vez, Marie aceptó un puesto de maestra a varios kilómetros de la Rössligut (mansión familiar). Se cruzarán todavía cartas arrebatadas mientras se abre la brecha. Zúrich Con la maleta en una mano y el estuche del violín en la otra, un 29 de octubre de 1896, Einstein salía de la estación de Zúrich dispuesto a conquistar el futuro. Se integrará rápido en el ambiente estudiantil y cosmopolita de la ciudad; la metamorfosis obrada en Aarau facilitó probablemente las cosas. La promoción de la Sección VI (Física y Matemáticas) está compuesta por cinco estudiantes: el húngaro Marcel Grossmann, el francosuizo Louis Kollros, el germanosuizo Jakob Ehrat, la serbia Mileva Maric y el apátrida Albert Einstein. Como la zorra que pierde antes el rabo que las mañas, Albert volvió a las andadas en la Politécnica, estudiando cuando, dónde y como quiso. Su manera de abordar a los profesores o su desdén hacia las normas establecidas le granjeó la ojeriza de medio claustro. El profesor Minkowski le llamó «perro holgazán», Weber, su valedor en el examen de acceso, le dijo: «Eres inteligente, muchacho; pero tienes un fallo: no dejas que nadie te diga nada, absolutamente nada». Friedrich Adler, amigo de un curso superior, mantuvo que el problema de Einstein radicaba en una incapacidad visceral para congraciarse con la autoridad. Concentrado en el estudio de las teorías de Maxwell y Boltzmann, los trabajos de Hertz, Kirchhoff y Helmholtz, o los irreverentes libros de Ernt Mach, olvidó asistir a clase hasta provocar las protestas por escrito de los profesores más formalistas. Aunque para entonces alguno de sus compañeros ya eran conscientes de su enorme valía; el aristocrático Grossmann dice a sus padres: «este Einstein será algún día algo muy grande». En la primavera de 1900 aparcó la especulación científica y el coqueteo con Mileva para hundir su alborotada cabeza en los apuntes que Marcel le prestaba por sistema; se avecinaban los exámenes finales. Unos pocos días antes, el profesor Weber le exigió una nueva copia del trabajo fin de carrera en el tipo de papel preestablecido, esta actitud intransigente en un momento tan crítico no auguraba nada bueno. Los desaires a la autoridad académica que Albert repartió durante cuatro años estaban a punto de pasarle la factura. Todos sus compañeros de promoción fueron admitidos como ayudantes de algún docente, excepto él y la señorita Maric, que no había alcanzado la calificación que daba derecho al título. Comienza una triste, dolorosa y fecunda etapa en la vida del nuevo físico. La paga de cien francos que recibía de los adinerados familiares de Génova prescribe, obviamente, con el fin de los estudios. Debe aceptar cualquier tarea -realizar interminables cálculos para el director del Observatorio Astronómico Confederal, impartir clases particulares o revisar informes técnicos- sin dejar de postularse a todas las cátedras de física de Centroeuropa. Su amigo Michele Besso, intenta recomendarlo a dos profesores italianos -de Pisa y Bolonia- a través de un influyente tío. El futuro cuesta arriba y un presente sórdido -se mantenía a base de salchichas y pan- no le impidieron publicar con su novia en Annalen der Physik , una revista de primera categoría. Envió una copia a Boltzmann porque gran parte de la argumentación del artículo se basaba en una reciente teoría suya, mas no se dignó a contestar. Tampoco contestaron Wiener de Leipzing, Riecke de Gotinga, Koch de Stuttgar, Kamerling de Leiden¿ Un Hermann arruinado, derrotado y enfermo, sintiendo la «falta de futuro» de su hijo como un dolor propio, decide escribir una conmovedora carta al profesor Wilhelm Ostwald. No hay respuesta. Ehrat recomendó a Einstein para sustituir al profesor de matemáticas de la escuela técnica de Winterthur. Es un respiro y le permite descubrir que le gusta la enseñanza, aunque dura poco (de mayo a julio) y regresa a la desesperanza. Solicita horrorizado un puesto en una compañía de seguros. Tampoco. Otro compañero, Conrad Habich lo propone para un puesto docente en Schaffhausen, con poco sueldo (es una extorsión manifiesta) pero mucho tiempo libre para invertirlo en sus trabajos. El 2 de diciembre de 1901 se hace pública la convocatoria para cubrir un puesto de técnico en la Oficina de Patentes de Berna. Es el empleo por el que Marcel Grossmann y su padre han estado batallando en la sombra. Con todo, la burocracia suiza se toma su tiempo y Einstein regresa, después de la tormentosa salida de Schaffhausen, a los apartamentos sórdidos, las clases particulares y las salchichas recalentadas en el infernillo. (Hay testimonios dignos de crédito que hablan simple y llanamente de hambre) Berna El 23 de junio de 1902 se abrieron por fin las puertas de la Oficina de Patentes, Einstein entraba en el puesto más bajo y en periodo de prueba, pero el primer sueldo lo celebró con los miembros de la Academia Olympia. Como si la felicidad no supiera venir sin su reverso, cuatro meses más tarde, en el lecho de muerte, el padre de Albert consentía la boda con Mileva Maric. Lo harían el 6 de enero de 1903, en una ceremonia civil con Paul Habicht y Maurice Solovine como testigos y únicos invitados (los olímpicos al completo). Dibujemos el escenario donde se representó el drama de la física: recién casado con empleo precario, sueldo modesto del que tiene que extraer una cuantía para ayudar a la madre -su hermana Maja aparca los estudios para ponerse a trabajar-, algunas clases particulares de poco rendimiento, un hijo en camino, muchas lecturas -entre sus favoritas, El Quijote- y una actividad intelectual frenética. Y llegamos al nudo gordiano de esta historia. Un técnico de tercera categoría que durante un año (1905) completa en la oficina, a escondidas, un puñado de artículos que se publican en la elitista Annalen der Physik y que van a poner la física patas arriba. Denis Overbye describe la situación de inmejorable manera: «Helmholtz y los otros gigantes de la física continental dormían tan tranquilos sin saber que deberían estar temblando en sus pretenciosos lechos de éter». En su tarea, Einstein encontró una ayuda incomensurable en Michele Angelo Besso, un ingeniero de «extraordinaria agudeza mental» que influyó además en la formación de Albert. Solían perderse por las calles de Berna y, montados en una onda de luz, exploraban los confines de la ciencia, hasta que la aurora les regresaba a la realidad. En el legendario artículo Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento anota Einstein: «¿en el trabajo sobre el problema tratado aquí, mi amigo y colega M. Besso ha estado fielmente a mi lado, y a él debo agradecer muchos y valiosos estímulos». Concluido el esfuerzo, Einstein se sentó a ver qué pasaba, y claro, no pasó nada. Una lacónica nota de Max Planck pidiendo algunas precisiones técnicas fue todo. Se cansó pronto de esperar al cartero y volvió a la carga, su cabeza bullía con los flecos sueltos de sus teorías. Lo mejor estaba por llegar. Mientras, en la vida doméstica también aparecen mejoras: asciende a técnico de segunda categoría, lo que apareja una subida salarial de 1.000 francos. Mileva quedó encantada, pero a él el rutinario trabajo de la oficina comenzaba a pesarle como una losa. Solicitó ingresar como Privatdozent (una especie de meritorio sin contrato ni salario regulado) en la universidad de Berna. Para su consternación, fue rechazado y además el jefe del departamento calificó el artículo de la relatividad como «incomprensible». Poco después, el director de Jahrbuch der Radioaktivität und Elektronik le invita a publicar en su revista. Albert desarrolló su nota de los Annalen (noviembre de 1905) en un largo artículo donde aparece la fórmula más famosa de la física: E=mc2 (pero ojo con los publicistas que hacen metafísica de esos seis trazos, porque no fue escrita en la publicitada grafía de hoy). Se necesitaron veinticinco años de intensos esfuerzos para verificarla empíricamente. Pero ¿qué les ocurría a los físicos alemanes? ¿Estaban ciegos? No. Ocurría lo de siempre: desdén, superficialidad, pereza intelectual, elitismo social, intereses grupales, burocratización académica y una enraizada desconfianza hacia los espíritus libres. Einstein sigue en su pupitre de la Oficina de Patentes, escondiendo bajo la escribanía artículos científicos revolucionarios. Por consejo e impulso de Alfred Kleiner -el catedrático que había rechazado por dos veces su tema de tesis- volvió a mendigar a las puertas de la universidad de Berna. Esta vez, lo aceptaron. De pronto, un aliado sorprendente aparece en escena, su antiguo profesor de matemáticas, Hermann Minkowski, deslumbrado por la relatividad, se propone redefinirla geométricamente, convirtiendo el tiempo en una cuarta dimensión. Al presentar en el LXXX Congreso de Científicos y Físicos Alemanes un esbozo de su trabajo -lo culminaría con Fundamentos matemáticos de la teoría restringida de la relatividad - comenzó diciendo: «De ahora en adelante, el espacio por sí mismo y el tiempo por sí mismo están condenados a hundirse en la oscuridad, y sólo una especie de unión entre ambos podrá conservar una realidad independiente». Otra vez Zúrich La miopía del mundo académico iba a quedar expuesta a los ojos de todos en un episodio que reconcilia al género humano con la Historia. Kleiner pujaba por conseguir una plaza para Einstein en la universidad de Zúrich; pero la vacante había sido tácitamente concedida a Fritz Adler que gozaba de las simpatías del claustro. Adler admiraba el trabajo de Einstein y en cuanto le supo candidato, se retiró, dirigiendo una carta a la junta de gobierno en los siguientes términos: «Si es posible conseguir un hombre como Einstein para nuestra universidad, sería absurdo nombrarme a mí. Debo decir con franqueza que mi capacidad como investigador no soporta ser comparada con la de Einstein». El director de la Oficina de Patentes creía que Albert bromeaba el día que se despidió. Y cuánto no se hubiera sorprendido al verlo, a la mañana siguiente, en el centenario de la universidad de Ginebra departiendo con algunos de los más grandes científicos de Europa; entre ellos Wilhelm Ostwald -el químico al que primero Albert y después su padre suplicaron una plaza de ayudante-. E ironías de la vida, este mismo Ostwald propondrá a Einstein para el premio Nobel un año después de conseguirlo él (1909). Como profesor también va a levantar ampollas. ¿Qué hacía este pacífico hombre para irritar tanto a sus congéneres? Lo explica Denis Brían en su reciente libro: «¿si bien muchos alumnos lo adoraban, algunos colegas recelaban de sus métodos igualitarios, por considerarlos una amenaza a su posición privilegiada». «Vamos a mi casa, me acaba de llegar un artículo de Planck que seguro tiene algún fallo»; él mismo preparaba café para sus estudiantes y luego revisaban juntos el trabajo. «Nos enseñaba a reflexionar» rememora Foerster, discípulo de Einstein. Y las eminencias se escandalizan, claro, con un profesor que prosigue la discusión con sus alumnos en algún café o ¡en su propia casa! Y otra vez empieza a desaparecer el suelo bajo sus pies. Praga La renuncia de otro caballero, Gustav Jaumann, al saberse contrincante de Einstein por la plaza de profesor supernumerario de física teórica de la universidad de Praga, le convirtió en súbdito del emperador Francisco José. El año checo va a resultar de una inusitada actividad científica y social. En el verano de 1911 invita a los astrónomos a comprobar si la gravedad de objetos masivos curva la luz, como predice la teoría de la relatividad general que está desarrollando. En otoño hace un hueco en sus obligaciones docentes para acudir al congreso Solvay. Allí coincide con la flor y nata de la física: Lorentz, Curie, Rutherford, Poincaré, Langevin, Planck, Nernst, Sommerfeld, Lindemann, De Broglie, Warburg¿ En Navidad llega un regalo inesperado: Marcel Grossmann (ahora rector de la Politécnica) le ofrece una cátedra en Zúrich. Otra vez la politécnica La familia regresa a la única ciudad que consideraban propia; pero de Praga y los largos debates con Paul Ehrenfest -probablemente el mejor de sus ayudantes- Albert trae el fermento del «pensamiento de Dios». La titánica tarea de extender la relatividad a todo el Universo requería la ayuda de un matemático sobresaliente y Einstein suplicó a Grossmann que le «salvara de la locura». Utilizando una sofisticada maquinaria de cálculo, introdujeron un tensor métrico en la función gravitatoria: gnm. Este innocuo símbolo exige diez ecuaciones para el campo (la teoría de Newton tan sólo requiere una). Y las encontraron, pero resultaban tan atrevidas que físico y matemático se retiraron a territorios conocidos. ¡Tuvieron miedo de su propia osadía intelectual! Banesh Hoffmann, colaborador y biógrafo de Einstein, explica la complejidad de estas ecuaciones: «Si se escribiesen con todo detalle en lugar de en su notación tensorial compacta, llenarían un grueso volumen repleto de complicados símbolos. Sin embargo, hay en ellas una belleza extrema, casi milagrosa». Sólo algunos compromisos académicos rescataban a Albert de su ensimismamiento: perdió comidas, prolongó jornadas hasta el alba y desatendió a su familia. En la primavera de 1913, Planck y Nernst se presentaron en Zurich dispuestos a reclutar al «gran físico» con una propuesta irresistible: un puesto en la Universidad de Berlín sin más cargas docentes que unas pocas conferencias al año, incorporación inmediata en la Academia Prusiana de las Ciencias, una buena retribución y libertad para conducir su trabajo como considerara oportuno. Por mucho que le doliera abandonar su Politécnica e interrumpir la colaboración con Grossmann, aquella era una oferta que no estaba en condiciones de rechazar. Con todo, pidió tiempo para responder; aceptaría en diciembre. Berlín Cuando llegan a la ciudad del Spree, el matrimonio de Einstein ya no era más que una parodia de conveniencia. Además, Mileva odiaba visceralmente lo alemán y Berlín se le hacía insoportable; a los tres meses cogió a sus niños y regresó a Zúrich. Albert despojó su casa de todo mobiliario y se lo remitió a su todavía esposa. En un apartamento vacío, añorando las voces de sus pequeños y con la guerra atronando fuera, se zambulló de nuevo en las ecuaciones. Otra vez malas comidas, otra vez las madrugadas en vela, otra vez el trabajo excesivo y obsesivo: diez artículos y un libro en un año. En marzo de 1916 envía a Annalen der Physik Los fundamentos de la teoría general de la relatividad ; por el momento, el edificio teórico había sido completado. Para descansar redactó Sobre la teoría especial y general de la relatividad: una exposición popular . Y es que Einstein tenía un concepto elevadísimo de la divulgación: «No basta con que los resultados de las investigaciones sean conocidos, elaborados y aplicados por unos cuantos especialistas. Si los conocimientos científicos se limitan a un pequeño grupo de hombres, se debilita la mentalidad filosófica de un pueblo, que camina así a su empobrecimiento espiritual». Otoño de 1917: el estómago de Albert se rebela, pierde 25 kilos, enferma dolorosamente y, tras un diagnóstico erróneo, se resigna a morir. Entonces aparece en escena su prima Elsa -con la que había mantenido esporádicos encuentros-, lo recoge en su casa y comienza a cuidar de él ¿maternalmente? Tras unas semanas de reposo y estricto control de la dieta, el cáncer se queda en úlcera; pero Einstein se ha acostumbrado a ser mimado. La expedición dirigida por Artur Eddington a la isla Príncipe comprueba, el 29 de mayo de 1919, que existen las lentes gravitacionales que predice la relatividad general. De forma incomprensible, este éxito se vuelve contra Einstein y desata la ferocidad de una heterogénea jauría. La cacería comienza en los periódicos norteamericanos -que por cierto, habían enviado periodistas especializados en golf y música para cubrir la noticia-, pero se extenderá con mayor nivel de grosería a otros ámbitos: «perogrullada», «repugnante para el sentido común», «extravagancia disparatada», «imbécil producto intelectual de un cólico mental»; son algunas de las lindezas dedicadas a la relatividad por científicos americanos de medio pelo. Aunque en Europa procuran guardarse las formas, la nómina de antirrelativistas tiene algunos nombres dolorosamente brillantes: Henri Poincaré (en sus trabajos tocó la relatividad con los dedos, pero no dio el necesario paso adelante), Philipp Lenar (fanático miembro del Partido Obrero Alemán, embrión del nacionalsocialismo), o Wilhelm Muller (antisemita iracundo, creía que la relatividad era una estratagema de los hebreos para dominar el mundo). El fanatismo que va asentándose en la mente de los alemanes convierte a Einstein en una pieza simbólica, y de la crítica exacerbada se pasa a la amenaza. Fiel a sí mismo, no sólo no se escondió sino que dio la batalla en todos los frentes. Estaba naciendo el otro Einstein, el que se clavará en el subconsciente colectivo como referencia de honestidad y rigor intelectual. En 1921 viajó por los Estados Unidos y, entre divertido y asombrado con los excesos de la joven sociedad, descubre su capacidad de influencia. Viajes y batallas políticas no impiden que se proponga nuevos retos científicos: deberían poder unificarse todas las fuerzas de la Naturaleza en una coherente y sencilla descripción matemática -esta tarea le ocupará el resto de su vida-. Después de once años de rechazo, en otoño de 1922, le conceden el Nobel de 1921. Como había prometido, entrega el importe íntegro del premio a su ex-esposa. Por Berlín corre el rumor de que las Sturmabteilung (S.A.) piensan matar a Einstein. Planck vuelve a hacer todo lo posible por ponerlo a salvo del fuego cruzado y retenerlo en Prusia, sabía que Leiden y Madrid le habían tentado con sendas cátedras. Pero Albert valoraba la actidud de Planck, Nernt, Meitner y Von Laue y se quedó sin pensar en el riesgo. Hitler alcanza la cancillería y Einstein pierde todos los derechos, confiscan sus bienes y ponen precio a su cabeza. Incluso la Academia Prusiana de las Ciencias intentó expulsarle, la decidida e indignada intervención de Planck permitió que fuera el propio Albert quien renunciara a pertenecer a tan distinguida institución. Unos meses antes, Einstein había aceptado la generosa oferta de Abrahan Flexner para trabajar en su paraíso de sabios (sin lugar fijo aún) dejando una puerta abierta al regreso, si los nazis, como él suponía, eran un sarpullido pasajero. Ahora veía claro que la puerta se había cerrado, tal vez para siempre. Princenton La extraordinaria curiosidad de Albert por todo lo que le rodea resultó ser un magnífico factor de adaptación. También utilizó su cada vez mayor ascendiente para ayudar a quien estuviera en apuros (amigos pero también perfectos desconocidos). Ocupó una enorme cantidad de tiempo en dar respuesta al correo más heterogéneo que nadie haya recibido: Nathan Leopold (asesino que hablaba 27 idiomas y que consideraba al físico un igual), un neoyorkino que quería patentar la loción capilar Albert Einstein, una niña que no sabía resolver un problema de geometría, una madre demandando ayuda para un hijo que se creía Jesucristo, mujeres que le pedían consejo para tener un hijo, personas que creían ciegamente en que podía hacer milagros o médicos que deseaban controlar su salud. Entre cartas, manifiestos a favor del control de las armas nucleares, promoción del Gobierno Mundial, actos de apoyo al naciente estado judío -le ofrecieron la presidencia-, encontró tiempo para batallar, junto a Scrödinger y de Broglie, por recuperar la física de la causalidad frente a la verdad revelada por la interpretación de Copenhague: con la paradoja Einstein-Podolsky-Rosen pondría en un gravísimo aprieto a la incertidumbre cuántica, y con sus colaboradores realizó varias oleadas de acoso al santo grial de la unificación final. En Norteamérica la franqueza de Einstein hizo saltar las alarmas del FBI que le dedicó un voluminoso expediente por «pacifista» y «pensador liberal». El tristemente célebre Comité de Actividades Antiamericanas consiguió una respuesta contundente a sus intrigas: «El problema con el que se encuentran los intelectuales de este país es muy grave. Los políticos reaccionarios han conseguido que el público mire con suspicacia todos los esfuerzos intelectuales. Para ello les ponen continuamente ante los ojos el fantasma de un peligro exterior. Hasta ahora han conseguido lo que se proponían, y ahora van a suprimir la libertad de enseñanza y a quitar los puestos a todos los que no estén dispuestos a someterse (¿) ¿Qué debe hacer la minoría de los intelectuales para enfrentarse a este mal? Francamente, el único camino que veo es la actitud revolucionaria de no cooperación, tal como la entendió Gandhi (¿) Si el número de personas dispuestas a tomar esta grave decisión es elevado, lograrán su objetivo. En caso contrario, los intelectuales de este país sólo se merecen la esclavitud que quieren imponerles». McCarthy se revolvería en su trono, pero no hizo nada; Einstein era demasiada presa para él. «Para Nissen, mis entrañas, ¡para el mundo, mi lengua!» escribió en el dorso de la célebre fotografía. Salía del hospital judío de Brooklin cuando un periodista le preguntó por su salud y un jocoso Einstein le ofrecío el gesto clínico: ¡aaaah! En ese mismo año (1948) fallecía Mileva Maric, un año antes lo había hecho Planck, Elsa y Grossman murieron en 1936. Se soltaban las amarras del pasado. Besso, el amigo, le esperó hasta marzo de 1955. Sólo un mes más tarde, un aneurisma abdominal acababa con herr Einstein. Quién sabe, quizá sigan vagabundeando por las esferas siderales como dos curiosos quantum de luz. *** Imaginen un tímido matemático de veintidós años que se ve ante el oráculo. ¿Qué ocurre? Lo cuenta John Kemeny: «Es maravilloso cómo hacía que la gente se sintiera cómoda. Era algo que tenía que ver con su estilo personal, cálido y modesto. A todo el mundo, y desde luego a los profesionales, le hablaba como a un igual, lo que yo no era en absoluto, pero que te hacía sentir cómodo de inmediato». Otro gigante, Bertrand Russell, lo expresó así: «Nunca he conocido a un hombre más grande». |||| «Escindir un átomo por bombardeo es como disparar de noche sobre los pájaros en un lugar donde no abunden» respondía en 1934 Einstein a un periodista que le interrogaba por las posibilidades prácticas de su fórmula E=mc2. El gran teórico tuvo razón poco tiempo pues, ese mismo año, en Roma, Enrico Fermi descubría que al átomo no hay que dispararle sino ofrecerle los neutrones como caballos de Troya: su oscilación quiebra la interacción fuerte y libera la repulsión electrostática, fraccionando el núcleo. Así interpretó Lisa Meitner -una física tan brillante como olvidada- los experimentos llevados a cabo en Berlín por Otto Hahn y Fritz Strassman; en su artículo aparecía la palabra mágica: fisión (tomada del término que define la división bacteriana). Una lección singular para un tiempo inquietante: un paranoico dirigiendo a la primera potencia científica y dispuesto a provocar otra guerra mundial. Wigner y Szilar, ambos discípulos de Einstein, le apremiaron a dirigir una carta al presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt: «Ciertos trabajos realizados recientemente por E. Fermi y L. Szilard, de los que tengo información manuscrita, me hacen pensar que el uranio puede convertirse en una nueva e importante fuente de energía en un futuro inmediato. Algunos aspectos de la situación parecen merecedores de atención y, si fuera necesario, de una intervención rápida por parte de la Administración (¿) Es posible pensar en la construcción de nuevas bombas con una potencia muy superior a las actuales (¿)» Un mes después de remitida la carta, Werner Heisemberg trabaja a marchas forzadas en la Oficina de Armamento del Reich. Hacia 1942 un colega informa a Einstein de los progresos del equipo alemán y éste se siente, de nuevo, en la obligación de alertar a la administración norteamericana. No hay siquiera una respuesta de cortesía, a pesar de que el Proyecto Manhattan ya está en marcha. La razón aguarda en los archivos del FBI: «A la vista de su historial radical, esta oficina no recomienda el empleo del doctor Einstein en cuestiones de carácter secreto (¿) y parece improbable que un hombre con ese historial pueda haberse convertido en tan poco tiempo en un ciudadano norteamericano leal». Mejor así, el desenlace del asunto no le hubiese causado más que dolor. A partir del otoño de 1942, Robert Oppenheimer será el encargado de coordinar a un irrepetible grupo de genios, con su correspondiente cuota de vanidad, en Los Álamos. Pero el talento de Fermi no sabe de planes, el 2 de diciembre ya consigue la primera reacción nuclear controlada. La mañana del 16 de julio de 1945, el hombre daba por primera vez uso práctico a la fórmula E=mc2, explosionando una bomba atómica (plutonio 239) en el desierto Alamogordo, Nuevo Méjico. En el búnker, Oppenheimer recitó un versículo sánscrito: «Yo me convertí en la Muerte, el destructor de mundos». |||| En un acto presidido por el rey Alfonso XIII, se nombra al profesor Albert Einstein miembro corresponsal extranjero de la Real Academia de Ciencias Exactas Físicas y Naturales, un 4 de marzo de 1923. En el discurso de presentación, Blas Cabrera, propalador de los conceptos relativistas en España, dirigiéndose al homenajeado dijo: «Sois aún joven. Espero que al final de vuestra vida, que será también el de mi generación, la España científica, que hoy apenas encontráis en embrión, haya llegado al lugar que tiene el inexcusable deber de ocupar». A esa España llega el gran físico que acaba de recibir el Premio Nobel, con cierto papanatismo se recibe la celebridad y se dan por buenas sus investigaciones; los partidarios del éter, Echegaray, Comas i Solà, Alcobé, se han de resignar a los nuevos tiempos. Y lo cierto es que los nuevos tiempos arrancaban con brío. Julio Rey Pastor pensionado por la Junta para Ampliación de Estudios en Leipzig, transmitía a Einstein, primero en persona y luego por carta (22 de abril de 1920), la invitación del Institut d'Estudis Catalans y la propia JAE. Posteriormente Esteban Terradas, pensionado en Berlín, hacía lo propio en nombre de la universidad de Zaragoza, además de en el de las otras dos instituciones. Santiago Ramón y Cajal como presidente de la JAE cursa una invitación oficial en julio del mismo año. En el verano de 1922, Terradas se reunía de nuevo con Einstein para concretar todos los detalles del viaje. La estancia en España se prolongó durante veintiún días, en los que Einstein -acompañado por su esposa- visitó las tres ciudades en las que se impartía la titulación en ciencias físicas: Barcelona, Madrid y Zaragoza. A la Ciudad Condal llega desde Francia el 21 de febrero de 1923 -dicta un curso, visita el monasterio de Poblet y las iglesias románicas de Égara, pronuncia una conferencia en la Real Academia de las Artes y las Ciencias de Barcelona y se entrevista con un dirigente de la CNT-, y parte para Madrid el 1 de marzo. En la capital lo esperan, amén de autoridades y científicos, Lina y Julio Kocherthaler, familiares de Elsa Einstein que les acompañarán en numerosos actos -más conferencias, doctorado Honoris Causa por la Universidad Central, reunión en la Sociedad Matemática Española, charlas divulgativas en el Ateneo y en la Residencia de Estudiantes, visitas al Museo del Prado y a Toledo-. El día 12, ya de regreso, se detiene dos días en Zaragoza donde da un par de conferencias más en la Facultad de Medicina y Ciencias y en el consulado alemán, un pequeño concierto. Marchó el día de su 44 cumpleaños hacia Bilbao, donde embarca destino a Hamburgo. |||| Al posar los pies sobre la fría tarima, un estremecimiento le recorrió el cuerpo. No había sido una buena noche: Hansito, inusualmente inquieto, reclamaba a cada instante las atenciones de su madre. Mileva, rendida, apuraba el sueño de la mañana. Intentó poner algo de orden en su cabeza desgreñada, mientras miraba por la ventana. Por las junturas de los batientes se colaba la misma luz hiberniza que anegaba la Kramgasse 1 . Una tímida primavera trataba de abrirse camino en la herencia de un interminable invierno. Se acercó a la cuna donde ahora su hijo dormía plácidamente. Sonrió. Atravesó el salón, entre un laberinto de ropa tendida y en la cocina se dispuso a encender el fogón. Sobre la mesa, aún estaban esparcidos los restos de la reunión de la Academia Olympia 2 . Utilizó uno de los platos para limpiar la pipa. El agua para el café ya hervía. Al servirse, volvió a sonreír recordando la ocurrencia de Solovine tras el solo de violín de anoche: «Albert, ganarías más como músico callejero que en la Oficina de Patentes». Un tímido rayo de sol descendía por el patio acorralando los últimos celajes grises de la madrugada. Dio una larga bocanada a la pipa y enarcó las cejas. A su mente llegaban, como una aparición, las objeciones de Besso. «Ese poltrón italiano, con la mente más desordenada y extraordinariamente aguda que haya existido bajo los cielos.» «Pierde Newton, Albert. Maxwell tiene la llave. Sólo hay que descubrir hacia dónde abre». Le había dicho la tarde anterior; cuando ya se daba por vencido, pensando que las leyes verdaderas quizá fueran inaccesibles para los hombres, que debían conformarse con tristes espejismos. Pero en el portal, el desánimo comenzaba a remitir: «La ciencia no es más que un refinamiento del pensamiento cotidiano, Michele. Esas piezas encajarán tarde o temprano.» Y se propuso invertir el sábado en revisar el concepto de invariancia de Lorentz -ahí debería entrar la llave- y los últimos borradores que se había traído de la oficina. Sintió el trajín de su esposa en la habitación y luego unos pasos asimétricos por el pasillo. «Buenos días Jonzerl». Le dijo Mileva desde el marco de la puerta. «Buenos días pequeña Schnoxl. ¿Qué le ocurría a Hansito?» Preguntó Einstein. «No lo sé.» Se interrumpió para desperezarse con un largo bostezo. «Ha estado muy inquieto durante toda la noche». Albert la miró maliciosamente y la atrajo hacia sí: «Quizá presiente que su padre está a punto de penetrar en los pensamientos del Viejo». «¿Sí?» Mileva emparedó el rostro de su marido con las manos y comenzó a besuquearlo. Entre carantoña y carantoña, repetía: «Siempre supe que mi Jonzerl haría algo grande». «Bueno, bueno¿; aún se resisten los últimos eslabones. Bajaré por carbón para la estufa.» Mileva lo despidió con otro beso. Hans daba cuenta de la papilla cuando su padre entró en la cocina con dos cubos de antracita. «¿Qué te ha pasado esta noche, muchacho?» El rostro del niño ensayó un mohín enfurruñado, y luego abrió la boca desproporcionadamente. Sus padres rieron y él alargó la chanza, añadiendo una especie de rugido. «No parece que esté enfermo, ¿verdad?» Preguntó Mileva. «No, desde luego. Vístele, nos vendrá bien un paseo.» «¿Podríais acercaros hasta la tienda de Helene y traer unas salchichas?» «¿Dónde está?» Dudó Albert. «No recuerdas a Helene; en la Neubrückstrasse.» Einstein empujaba el carrito que les habían regalado los olympicos hacia la Theaterplatz. Cada vez que atravesaba la plaza con su hijo, miraba al reloj, si las agujas se acercaban a la hora en punto, esperaba para que Hans disfrutara del espectacular carillón. Iban a dar las once. Los osos, los gallos y otras figurillas mecánicas comenzaron el desfile, rematado por el tañido de las campanas. El niño aplaudía entusiasmado. Subían la Marktgasse cuando las campanadas del reloj de la Käfigturm tomaron el relevo al Zytglogge. Albert movió la cabeza en señal de desaprobación. «Cómo iban a llegar los trenes a su hora. No era extraño que cada relojero del país quisiera patentar un sistema de sincronización.» Giró de golpe la cabeza y dejó la vista clavada en la esfera del reloj: «¿Cómo he sido tan estúpido?» Sacó la estilográfica y garrapateo unos apresurados símbolos matemáticos en su libreta de pastas de cuero. Una nítida luz de primavera disolvía las nubes del cielo.

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