El continente en el que todo es extremo
El primer leonés en coronar el Vinson, el monte más alto de la Antártida, regresa relatando su inmensa belleza; pero alerta sobre lo que puede acabar convirtiéndose
«Es el lugar más bello del mundo, jamás he visto nada igual... es inenarrable». Jesús Calleja, 40 años, alpinista leonés desde siempre, y desde hace dos años embarcado en coronar su carrera en la montaña con las cimas más altas y los lugares más recónditos del planeta, resume de esta guisa cómo es la Antártida. Regresa del continente helado tras haber llegado a su montaña más alta, el Vinson (4.897 metros de altitud). Ha vivido a temperaturas de hasta -50º centígrados y entre vientos de en torno a los 100 kilómetros por hora que elevan la sensación térmica hasta más de -85º. «Allí no viven ni los virus ni las bacterias, no los hay», cuenta Calleja. Ha sido un reto personal y deportivo extremo, que ha logrado en un tiempo casi de récord: diez días para llegar a la cima y veinte en total de expedición. Marchó el 6 de enero de casa y regresó el 26 tras haber coronado el Vinson el día 16, convirtiéndose así en el primer leonés en conseguirlo. Pero además, junto a un canario y un americano, exploró una cima virgen en la Antárdida, que han bautizado como Canarias-Castilla y León, y realizado la segunda repetición mundial de un monte que holló por primera vez una expedición española: el Pico Jaca, así denominado porque la expedición la formaban miembros del grupo de montaña de la Guardia Civil con base en esta población aragonesa. Pero además de regresar con la satisfacción del reto deportivo cumplido, Jesús Calleja vuelve contando cómo es la Antártida, qué ha visto allí y quiénes son las personas que viajan en las expediciones no científicas además de los montañeros. Un variopinto grupo de ricos generalmente, con ambiciones y ganas de un turismo poco definible y justificable a pesar del dinero y las dificultades que el Tratado Antártico impone. Van desde un astronauta ruso de la estación espacial MIR que quiso contemplar desde el suelo la belleza que divisó desde el espacio exterior hasta un magnate del petróleo, anciano, que quizá no quería morir sin visitar lo que asegura que será un yacimiento de su emporio a corto o largo plazo. «Es increíble que aún haya gente así, me impresiona y debe hacernos pensar a todos», sostiene Jesús Calleja. Y en medio de éstos, personajes de todas las razas y lugares que vuelan desde Chile a la base antártica de Patriot Hill para pasar allí quince días con distintos motivos. El punto de partida de cualquier viaje a una base no científica de la costa es Punta Arenas, la ciudad más austral de Chile y el último puerto del Pacífico antes de cruzar al Atlántico por el estrecho de Magallanes. Desde allí, junto al temido cabo de Hornos, una empresa americana hace despegar un enorme reactor ruso Antonov con los expedicionarios. Y ya en Punta Arenas los viajeros de lo que se puede considerar una aventura o una exploración propia del siglo XIX, «pero con los medios y el material del XXI, como me dijo un amigo», aprenden lo que es el verano austral: casi 24 horas de sol ininterrumpidas, en las que la luz impide casi ver sin la protección de las gafas de sol. «El ángulo de los rayos solares es tan oblicuo y tan cercano que ciega, pero hace que veas las cosas como en ningún otro sitio del mundo, la luz es distinta», describe el montañero leonés. Las condiciones que relata Calleja, en lo económico y lo legal, son tan estrictas que llama la atención que haya tanta gente sin intención justificada que se anime cada año; sólo el poder del dinero lo explica: «Tienes que firmar un documento notarial que recoge que sabes en las condiciones en las que vas al sitio más inhóspito del mundo, y que si no vuelves al lugar de recogida en la fecha señalada o la climatología impide que aterricen los aviones ni tu familia va a reclamar nada. La verdad es que en una situación de mal tiempo extremo es imposible que a más 2.000 kilómetros de la costa vaya a buscarte nadie». Y aquí precisamente comienza la aventura y la sorpresa de Calleja, cuando conoce a sus compañeros de vuelo, los que durante seis horas y quince kilómetros de deslizarse sobre el glaciar en el que aterriza el Ilinus -no puede frenar y para «por pura inercia»- serán en cierta medida amigos. Antes del despegue la expedición al completo acude a una reunión que organiza la empresa ANI, la única autorizada a operar en el interior de la Antártida: «Tiene una logística de la que ni siquiera ninguna de las bases de cualquier país del mundo dispone, excepto Estados Unidos». En esa reunión se dictan unas normas absolutamente estrictas sobre el comportamiento a seguir en el continente helado, especialmente en lo ecológico: «El que no las respeta es automáticamente expulsado». Los 38 expedicionarios parten hacia el interior de la Antártida. «Trabé relación con los seis pilotos rusos, que al saber que soy piloto privado me dejan volar en la cabina y en el puesto de observación del fuselaje, donde soy testigo directo de los cambios del océano a lo largo de la ruta. Primero observas cómo las tormentas turbulentas del cabo de Hornos dan paso a un cielo más claro y a un mar lleno de millones de icebergs; luego aparecen las banquisas, un mar continuamente congelado de hasta mil kilómetros de longitud. Sólo cuando ves las cordilleras de la costa sabes que has llegado al verdadero continente, donde poco a poco se alzan las mesetas antárticas, a una altitud media de 3.200 metros», relata el leonés. Dos horas después y unos 1.500 kilómetros más al interior descienden para aterrizar en mitad de un glaciar azul. «Este aterrizaje incumple todas las normas de seguridad de aviación civil, pero previamente nosotros hemos firmado este riesgo, pues descendemos sobre un glaciar azul y la condición es que no haya viento cruzado de más de 30 nudos (52 kilómetros a la hora), que la visibilidad sea superior a cinco mil metros y que el glaciar no tenga nieve azúcar , tan fría y fina que en el proceso de frenado entraría en los motores y los pararía averiándolos para el posterior despegue: el piloto dice que sólo hay una oportunidad y que la precisión tiene que ser absoluta». Y tanto, porque no se puede tocar el freno de las ruedas, sólo el de motor; el horizonte se confunde con el suelo y la dificultad se extrema al no haber ninguna radioayuda ni balizamientos. El aterrizaje es visual completamente y el avión tarda en detenerse 15 kilómetros, botando sobre un glaciar rugoso y azul: «Uno tiene la sensación de que se está estrellando». Empiezan a verse las primeras caras de susto. Cada expedicionario busca en la del compañero la confirmación de que todo está saliendo bien. Tras detenerse y abrirse la puerta de carga de la cola, el frío extremadamente intenso da la bienvenida. Será la tónica durante toda la aventura desde este momento. «Rápidamente se forman dos grupos: el de montañeros y el de ricos y científicos. Nosotros tenemos que caminar a pie 20 minutos para llegar a la base de Patriot Hill mientras ellos van en moto de nieve», desvela Calleja. Esta instalación no es otra cosa que un grupo de tiendas de campaña ancladas en el hielo y una comunal más grande destinada a comedor. Toda la base se monta y se desmonta cada año, al completo, para la temporada de expediciones. En Patriot Hill Calleja conoce un poco más al resto de expedicionarios. Entre ellos están el canario Juan Diego y el americano Andy: serán desde entonces sus compañeros inseparables de aventura: «Un instinto especial nos hizo juntarnos a los tres para unir fuerzas». Pero si este fue un momento agradable, enseguida llegaron las primeras sorpresas no gratas. En mitad de la comida el director de la base pregunta a todos su nombre, su historia y qué motivo les lleva a la Antártida. En todas las conversaciones salieron reflexiones serias. Menos en una. «Todos hablamos de la belleza, de la suerte de estar allí, de que es el único lugar virgen del planeta donde no existen además fronteras y donde la comunidad científica mundial está unida y comparte proyectos. Quizá fue lo que sacó de sus casillas a un multimillonario tejano, magnate del petróleo, que viajaba con dos amigotes y su hijo», explica Jesús. Buscaban la foto en el Polo Sur, aunque escondían otra intención más malsana: «Quería ver con sus propios ojos donde él piensa que algún día su compañía petrolera tendrá un yacimiento puesto que en la Antártida se hallan algunas de las mayores reservas del planeta». El Tratado Antártico prohibe por el momento su explotación. Este personaje y su prepotencia la tomaron especialmente con el leonés. Fue contestatario a sus afirmaciones y tuvo una reacción violenta con el montañero. «Me tocó el hombro y me dijo: mira chaval, pon atención a lo que te voy a decir. Vosotros llegáis aquí con vuestras absurdas ideas ecologistas a divertiros y realizar gestas deportivas, pero los que de verdad hacemos progresar al mundo somos nosotros, los empresarios del petróleo, que con tanto tratado y tanta mierda... no os dais cuenta que se esta terminando y que pronto. Os guste o no, tendremos que explotar las reservas petrolíferas de la Antártida. Y yo estaré aquí el primero», relata Calleja que le espetó. A renglón seguido, su hijo y los amigotes esbozaron una gran sonrisa. «Me quedé pasmado, sin reaccionar. Atónito. Me levante de la mesa y me fui a la ultima esquina del comedor a digerir en soledad lo que había oído. Reflexionando, llegue a la conclusión de que quizá no existan muchos energúmenos como éste, porque si no estamos acabados en este planeta. Es la mayor salvajada que he oído en mi vida, y ha tenido que ser precisamente allí», confiesa hoy, un mes después un aún sorprendido montañero leonés. Aunque el tiempo siempre da y quita razones, enseña y da a cada uno lo suyo: «Pero me cobre mi pequeña venganza. Eso fue antes de que tuviera que dormir en la tienda de campaña a mas de treinta bajo cero en un saco de dormir, o de tener que defecar en una bolsa de plástico. Por lo que tengo entendido, se enfoscó hasta su inmaculado cuello blanco de la camisa. Sin contar las mil y una incomodidades que conlleva sufrir en este clima hostil. Al día siguiente su rostro inmaculado y su aspecto de gran señor del petróleo estaba desfigurado y abatido. No había dormido de frío, no se pudo lavar, se había untado en sus propios excrementos y de alguna manera la Antártida se estaba vengando. Ahora fui yo el que al entrar dicho personaje en el comedor eché una desairada risotada; y disfrute mucho más que el día anterior de la sopa caliente». El leonés relata además que hasta su regreso a Chile tuvo que usar oxígeno para respirar bien. Comienza la aventura Situaciones como esta no empañan la verdadera aventura ni la belleza del lugar, a pesar de lo inhóspito. Ya se superaban los -25 grados centígrados. La suerte se alía de nuevo con Calleja, que a la vuelta aseguró que «esta ha sido la expedición de la buena suerte». Las condiciones climáticas son óptimas para volar en una pequeña avioneta denominada Twin Otter hasta el glaciar donde se asienta el campo base del Monte Vinson. Un vuelo de 200 kilómetros durante 45 minutos permite al leonés y a sus compañeros, 17 escaladores de todo el mundo con la misma intención, «los que este año nos hemos dado cita allí». El vuelo permite ver desde el aire la espectacular cordillera del mismo nombre, más alta que los Alpes y totalmente cubierta de nieve y hielo fósil. «El campo base es un lugar idílico, casi irreal. Se aprecia un sol continuo, 24 horas al día que gira en círculo sobre nosotros, del que nacen dos soles simétricos más, producto de un fenómeno óptico llamado iridiscencia. La luz también es diferente: no es blanca, sino ligeramente anaranjada debido a la inclinación del Sol, y las sombras también son distintas: muy alargadas y a veces dobles. El decorado, mires a donde mires, es sólo de hermosas montañas, nieve como merengue y hielos azulados», relata aún hoy con cara de estar todavía allí disfrutándolo un entusiasmado Jesús: «En este conjunto te da la sensación de que vas a escalar en otro planeta». Calleja, Juan Diego y Andy deciden hacer equipo rápidamente puesto que seguir con el resto frena sus posibilidades: van menos cargados, no llevan un grupo tan cerrado ni con todo tan establecido como el resto y confían en sus fuerzas y posibilidades para imprimir más velocidad a la escalada. Así, inmediatamente parten desde el base al campo 1 de ascensión. Han de salvar 1.100 metros de desnivel con una mochila de 20 kilos y un trineo con 40 más. Evitan porteos y disfrutan en solitario de un paisaje único, limpio, mientras abren el itinerario. Al día siguiente, otros 1.100 metros para llegar al campo 2: «Será el último dado que prescindiremos del 3». Es la parte más técnica de la escalada, dificultada por una carga de más de 30 kilos a la espalda y un serac (acumulación de hielo) de hasta 50º de inclinación. «Es la parte más peligrosa, en un valle muy cerrado entre montañas de las que se desprenden continuamente toneladas de hielo que organizan pequeñas y medianas avalanchas. Es el lugar más aislado en el que he estado en mi vida: fuimos conscientes de que si pasa algo allí nadie nos va a poder ayudar», reconoce. El momento crítico Tras ellos viaja un grupo de japoneses, que se da la vuelta debido a las condiciones climáticas. «Nos sorprendió una de las frecuentes tormentas que asolan la Antártida, denominadas cataváticas: vientos que descienden de las capas altas muy rápido y que traen un descenso térmico muy acusado. En tan sólo cinco minutos pasamos de -28º y un ligero viento a -48º y vientos de más de cien kilómetros por hora, que hace que tengamos que cambiar los guantes por manoplas y poner calentados químicos. En este proceso, uno de los japoneses perdió su guante durante dos minutos: eso fue suficiente para congelarse cuatro dedos gravemente debido a que la sensación térmica por la combinación frío-viento alcanza los -89º y la sangre se congela literalmente: nos costó montar las tiendas y guarecernos hasta que escampó un poco», relata el leonés. «Es la sensación de mayor aislamiento y congoja que he vivido, solo con dos compañeros y en condiciones extremas. Me preguntaba ¿qué va a pasarnos si no cesa el viento y el frío? Desde allí no hay salida, ni posibilidad de ayuda si no cesa el viento», reconoce aún hoy. «Somos tan vulnerables que el mero hecho de que nuestro hornillo no funcione nos llevaría a una situación catastrófica», añade. Casi mágicamente, la tormenta se fue a la misma velocidad que llegó. La suerte, una vez más, se alía con ellos. Están más arriba que nadie y han aprendido que la alerta debe ser máxima y que si regresa la tormenta sólo hay cinco minutos para montar una tienda de emergencia en cualquier punto del ataque final. La prisa ante el temor a otra tormenta les decide a atacar la cima al día siguiente, en el tercer día de ascensión. Esta situación le sirve también para resaltar lo inhóspito y extremo de la Antártida, donde ni las bacterias sobreviven: «No puedo decir que sea tan duro y difícil como el Everest, donde falta el aire, pero se le acerca».