Nuevos actores para viejas tradiciones
Desde San Pedro de las Dueñas, hasta Benavente, las inmensas planicies de cereal, rematadas por imponentes iglesias, conviven con nuevos iconos y pobladores

EDUARDO MARGARETO
«En Tierra de Campos sólo hay agua en los bares». No es una definición poética, pero sí certera. El viajero se la escucha a Aishe, una mujer búlgara, menuda, sonriente y plenamente adaptada al territorio, que se expresa en un español claro y cantarín, a pesar de que sólo lleva dos años residiendo en Melgar de Arriba. Ella y su marido pastorean un rebaño de unas 600 ovejas. En su pueblo, Nicopol, bañado por el Danubio, sobra el agua y el suelo «es mucho mejor, no tiene piedras como aquí». Bulgaria es un vergel, pero tuvieron que marcharse porque «allí no hay dinero». Al escucharla, Florencio Bajo, el amo del ganado que pasa de los 70 años, sólo acierta a señalar lastimosamente, «ahora que hay un buen nivel de vida, se ha ido la gente». Los búlgaros son los nuevos pobladores de la parte más septentrional de Tierra de Campos. A mediados de los noventa del siglo pasado se asentaron en torno a Mayorga y con su presencia colaboraron en aumentar el censo de la zona en unos 500 habitantes. Eso sí, apenas se mezclan con los lugareños. Telegráficamente, Suhat, de 38 años, dos hijas, y también pastor, ofrece la única razón convincente para emigrar a esta comarca esteparia: «a mí donde hay dinero, me gusta». En su país ganaba 120 euros al mes. Ahora cobra 750 y junto a su hermano, que también recaló en Melgar de Arriba con su familia, se encarga de sacar al campo y ordeñar las ovejas de don José Luís, el médico. «Es una buena persona, trabajamos ocho horas y nos da la casa». Suhat y Amed solo se quejan del calor. La ribera del Cea Ni ellos, ni sus hijos se han acercado en este tiempo al azud del Cea. El área recreativa que construyó la Confederación Hidrográfica del Duero, en 1996 a las afueras de Galleguillos de Campos, para compensar a los vecinos por el trasvase del Cea al Carrión. Este pueblo se enorgullece de ser el más húmedo entre León y Valladolid, aunque este año las actividades se han reducido y sólo se puede tomar el sol y dar algún que otro chapuzón en esta agua remansadas. Las desavenencias entre el regidor de Sahagún, del PSOE, y el alcalde de este pueblo, del PP, ha impedido que las canoas naveguen por este afluente del Esla camino de San Pedro de las Dueñas como otros veranos. «No hay permisos y las piscinas han pegado un bajón», se queja Salvador López, el concesionario del bar. Al hilo de los lamentos, algunos clientes rememoran épocas pasadas. «Hubo años que para vendimiar llegaban hasta 300 personas de fuera y había baile todas las noches». Ahora apenas si quedan cien vecinos durante el invierno. Galleguillos se merece una distinción por parte de la Dirección General de Tráfico. Un vecino, Serafín, ha rotulado buena parte del pueblo con carteles alertando de la obligatoriedad de usar el cinturón. En un alarde de genialidad ha colocado un Guardia Civil, con bigote y tricornio incluido, junto al siguiente lema: «modere la velocidad». Sin saberlo, el autor de estas pedagógicas pintadas ha dado con una de las claves para descubrir y embeberse de Tierra de Campos, hay que viajar despacio, porque no es un tópico afirmar que el tiempo en este territorio discurre de otra forma. De hecho, los vecinos de estos pueblos usan la bici por los caminos de sirga para deleitarse con uno de los paisajes más simples que se puede contemplar: cielo y tierra. Campos de cereal y girasol. Horizontes donde los días claros se divisa la Cordillera Cantábrica, aseguran, desde el Teleno hasta el Curavacas, allá en Palencia. El resto del año el decorado lo forman los palomares y las torres de las iglesias, porque como expresó Jesús Torbado, aquí se cuentan «más catedrales que silos y más historia que vida» Un Giacometti al aire libre Ya camino de Urones de Castroponce se percibe la entrada en un enclave donde se aprecia el arte. Una esbelta y estilizada escultura humana, de más de cinco metros de alto y realizada con tablas de madera, inspirada en las obras del gran Giacometti y creada por Vicente Pérez Alejo, recibe al viajero. Es uno de los trabajos de Arte Campos, una iniciativa que según la historiadora Teresa Ortega-Coca, «nació en el 2000 con una intención similar a una utopía. Su intencionalidad era la de elevar el nivel cultural de unos pueblos, de una manera quizá muy insólita, mediante la comprensión y el contacto directo con el Arte Contemporáneo». El empeño ha supuesto la instalación de un «Museo Vivo situando el Arte y sus artífices en la calle de todos esos pueblos». Nada tiene que ver con esta iniciativa la aparición de una cruz de cráneos humanos que fueron descubiertas al quitar el enfoscado que protegía una de las paredes exteriores de la del Salvador. A falta de estudios, las opiniones se reparten entre quienes ven un pasado templario, a los que apuestan su pertenencia a una cofradía de ánimas. Según el antropólogo Alonso Ponga, «así mostraban su poder sobre los feligreses para conseguir rezos y limosnas». Urones es un buen ejemplo de la situación que padece toda la Tierra de Campos. Hace diez años el censo superaba los 200 vecinos, ahora apenas si alcanza los 140. Cada año se producen tres muertes, mientras que sólo tiene lugar un nacimiento cada tres. Todos los pueblos terracampinos sobrellevan este sino. La despoblación engendra despoblación. Pero, paralelamente a esta pérdida de habitantes, surgen emprendedores. Javier Peña y María Pérez, no superan la treintena. Tienen dos hijos que han nacido en el pueblo. Se dedican a la agricultura y hace unos años decidieron crear una empresa apícola. «Envasamos miel artesanal pura y la vendemos en la comarca», cuenta María, y asegura que la vida en un pueblo te permite realizar muchas más actividades que en una ciudad. «Además, las labores agrícolas se circunscriben a unos periodos de tiempo muy concretos, el verano y el otoño, nos queda mucho tiempo para hacer otras cosas». De cada colmena obtienen unos 60 kilos de miel. «Es increíble lo laboriosas que son», se admira la propietaria de esta pequeña envasadora, si saber que ella pertenece también a esa estirpe de abejas obreras. Parece una premonición, hace poco más de un siglo, los pueblos de Villagrá y Villar de Roncesvalles se fundieron en un solo municipio. Eufemístico nombre, La Unión de Campos. Allá a lo lejos queda Benavente, en la esquina de Tierra de Campos, ejerciendo todo su poderío de gran capital de la comarca.