Almacenamiento y distribución
El del almacenamiento es uno de los mayores interrogantes que se le plantea a la industria automotriz para la popularización del hidrógeno como combustible, en sustitución de los tradicionales carburantes fósiles.
Dos parecen ser las claves de optimización: licuarlo o comprimirlo. En el primer caso, su repostaje en los modelos normales de calle presenta ciertas dificultades de elaboración y, sobre todo, manipulación habida cuenta que debe mantenerse a 253 grados bajo cero, lo que supone un alto costo energético. El hidrógeno licuado proporciona mayor autonomía al vehículo, aunque también -”nada es perfecto-” se evapora con mayor facilidad, el depósito del coche no duraría más allá de una veintena de días. Lo que no ocurriría si se utilizase en estado gaseoso, presurizado entre 300 y 700 bares.
Sin embargo, su almacenamiento resulta sumamente delicado -”precisamente por esas altas presiones-” y tampoco está meridianamente claro que la autonomía no se viese también reducida.
Así que..., lo dicho: queda aún «algo» de camino tecnológico por recorrer.
Entre otras cosas porque, efectivamente aceptado el hidrógeno como combustible del futuro, aún queda por determinar cómo utilizarlo: oxidar o quemar. Lo más sencillo y económico es quemarlo -”como el gas natural-” y, además, el coche sólo requiere unas mínimas adaptaciones (gestión electrónica adaptada a una combustión cien veces más rápida), casi no se resienten las prestaciones y las emisiones son mínimas. Por el contrario, la mayoría de fabricantes parecen preferir la reacción de oxidación (pila de combustible) para mover un motor eléctrico, cuyo rendimiento se duplica y la combustión da «emisiones cero».