Diario de León

CANTO RODADO

dolor

no hay dinero ni compasión para ampliar los cuidados paliativos con los que se llenan la boca cuando sale el debate de la eutanasia

Ana Gaitero
León

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Esta semana una amiga despidió a su madre después de varios meses enferma. Cuando le pregunté como estaba me dijo que había pasado un calvario, pero que las últimas 24 horas habían sido buenas. Por fin, después de un peregrinaje por urgencias y consultas, lograron entrar en el programa domiliario de cuidados paliativos.

Se preguntaba mi amiga, una mujer formada, con carrera, con una red familiar y social a su alrededor, qué sería de todas esas personas que carecen de familia o de personas que sepan moverse un poco por el complicado mundo de la administración. Le dolía el dolor ajeno tanto como el propio.

Ella es una persona solidaria y defensora de los servicios públicos. Ha salido muchas veces a la calle. Estas últimas semanas su vida se ha conducido por los pasillos tortuosos consecuencia de los recortes en la sanidad pública.

No es sólo el cierre de camas en los hospitales. Es toda la cadena de consecuencias que traen decisiones que se toman en nombre de la austeridad y el ahorro y que perjudican tanto a las personas que usan los servicios públicos como a las que trabajan en ellos. Sin ser médica ni sanitaria, sabía que su madre sólo necesitaba que le paliaran el dolor.

Pero no hay dinero ni compasión para dimensionar los cuidados paliativos con los que tanto se llenan la boca cuando se plantea el debate de la eutanasia. Entonces empiezan a hablar de muerte digna y todo eso. Pero la realidad es que, como ha dicho muchas veces el doctor Montes, aquel que persiguieron por aliviar el dolor ajeno, «en España se muere muy mal».

Dice un refrán que se muere como se vive. Si esto se extrapola a la sociedad en su conjunto... El resultado es que se vive muy mal. Pero no queremos alentar el pesimismo en estos tiempos en que el Gobierno dibuja con destreza el paisaje de la recuperación económica basado en obras como aquel plan E que tanto criticaron a Zapatero. Obras programadas con la calculadora del calendario electoral y cuyo principal rendimiento va a ir a parar a las grandes empresas constructoras.

Mientras en León la agonía del carbón continúa en las térmicas sin más paliativos que un plan para las cuencas que llega tarde, mal y nunca. Mientras en León, el sector hostelero y el Ayuntamiento de León quedan en evidencia porque no son capaces de poner en marcha la famosa feria gastronómica y ahora exigen a la asociación que devuelva el rosario de su madre, o sea, la subvención de 200.000 euros.

Mientras en León arrancamos los carteles que anunciaban a la ciudad en sus entradas como capital monumental y los cambiamos por otros en los que los que unos señores (o señoras) con cucurucho en la cabeza (sí, capilote) son la imagen de la nueva promoción turística y cultural. Ciertamente, necesitamos cuidados paliativos y no sólo para el buen morir de la ciudadanía que llega a las puertas de la muerte con mucho dolor.

Duele una provincia a la que tienen que recordar desde Madrid, desde el Consejo Superior de Minas, que en la Hullera Vasco Leonesa hay un patrimonio industrial que preservar. El pozo Ibarra, con su castillete estilo Eiffel, es la única explotación minera declarada bien de interés cultural (BIC).

Está abandonado. Como tantos pozos, colominas, lavaderos e instalaciones que un día sirvieron para alimentar la industria con la electricidad que salía del carbón. Duele ver que en cualquier país, ya sea la rica Suiza o el más humilde Portugal, no sólo se cuida sino que se saca partido al patrimonio industrial. Una visita a la fábrica de chocolates Cailler, en La Gruyere, y otra a las Minas de Panasqueira, en Fundâo, basta para ver que otro turismo es posible.

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