CANTO RODADO
lucrecia
a la víctima de una violación múltiple en los sanfermines no es que no la crean, es que quieren que se suicide socialmente y calle

Son como fotografías de piedra del Renacimiento. Me refiero a los dieciséis personajes cuya memoria pervive en los medallones incrustados en el zócalo de la fachada plateresca de San Marcos, una de las obras más importantes del Renacimiento español. Trece hombres y tres mujeres componen el memorial escultórico, aunque no es fácil distinguir el sexo.
Las descubrí hace tiempo en un paseo. Al llegar a casa sacié mi curiosidad en una enciclopedia de arte. Quería saber a quienes pertenecían los rostros femeninos que alguien decidió incluir en esta galería de personajes de fama. Todavía no se había publicado el libro El cosmos de piedra, de Eduardo Aguirre.
Mi sorpresa fue aún mayor cuando vi que, aparte de Isabel la Católica, personaje femenino indiscutible de la historia de España, para bien y para mal, estaban en el repertorio escultórico Judit, una de las protagonistas de la Biblia y Lucrecia, una mujer de la antigua Roma. Me pregunté cuál sería el motivo de que fueran seleccionadas estas dos mujeres.
Judit interesó artistas de todos los tiempos. Miguel Ángel, Caravaggio y Artemisa Gentileshi pintaron la decapitación de Holofernes. Cuenta el libro de Judit que el pueblo hebreo venció a los babilonios con la argucia de esta viuda al arrastrar a su lecho al jefe del su ejército, engañado y borracho. Judit pasó a la historia como heroína y a la vez mujer fatal, tal y como la retrata Klimt a principios del siglo XX.
Supongo que Lucrecia también fue popular en el Renacimiento. Su historia me dejó helada. Fue violada por el hijo del último rey de Roma y cuentan las crónicas que vengó su honor con el suicidio.
A la vista de lo que ha pasado esta semana con los violadores que se autodenominan La Manada, es evidente que la historia (o leyenda... nunca se sabe donde acaba una y empieza otra) de Lucrecia sigue de plena actualidad. A la joven que fue víctima de una violación múltiple durante unos sanfermines no es que no la crean, es que pretenden que se suicide para limpiar su honor, como hizo Lucrecia.
Me refiero a un suicidio social, que es lo que se espera de las víctimas de agresiones sexuales. Que sean Lucreacias que se aniquilen para salvar su honor. Que callen, que arrastren el trauma de por vida, que no disfruten del sexo y caminen como zombis.
Pensábamos que habíamos finiquitado a los jueces que cuestion a las víctimas por vestir minifalda o no resistirse ‘lo suficiente’ (por cierto, ¿cuánto es lo suficiente?). Pero todo el pasado se nos echó encima con la manada (son muchos más que cinco) del patriarcado que apoya a La Manada.
Hace dos años, Lucrecia me inspiró Crónica íntima de un encierro de libres, el relato que abre el libro 24 horas, un experimento de escritura colectiva de Aller&Jular que se fraguó en el hotel Quindós: «Miro por la ventana y, desde la distancia, converso un rato con Lucrecia. A menudo hablo con Lucrecia. Desde el medallón de piedra del hospital de peregrinos me cuenta que su violación desencadenó la caída de la monarquía romana. Lo personal es político. Lucrecia se suicidó. Y ahí está ella, de piedra, recordada sin ser reconocida. El rostro de todas las violadas de la historia».
Ya no somos Lucrecias. La chica violada salió a la calle, siguió su camino y eligió disfrutar de la vida. Eso no quiere decir que no haya sufrido, ni que el daño sea más leve o el delito menor. ¿Alguien sabe lo que le queda de aquella noche? Pero si hay algo que cabrea aún más al patriarcado es la oleada de apoyo hacia la joven violada. Ojalá la sororidad, palabra que existe aunque aún no haya sido autorizada a entrar en el diccionario, haya venido para quedarse. Y que el patriarcado sea decapitado sin argucias.