CANTO RODADO
soroche
el patriarcado sufre un peligroso mal de altura después de veinte siglos implantado en la médula espinal y los vasos sanguíneos de la sociedad
La tecnología nos ha cambiado la vida. En La Paz, la capital de Bolivia, desafían la altura y las distancias con un teleférico como novedoso y rápido medio de transporte público. En apenas unas horas se cruza el Atlántico en una aeronave. El ser humano explora nuevos sistemas solares con posibles indicios de vida. Se fabricarán órganos con impresoras 3D y el wi-fi se ha convertido en un servicio básico, casi tanto como la comida. Todo el mundo tiene un móvil a su alcance.
El mundo está lleno de adelantos. Y sin embargo, qué poco hemos avanzado en ciertas cosas. El patriarcado, sin ir más lejos, sigue anclado en los tiempos del imperio romano, una civilización cuyas obras admiramos y mostramos como ejemplos del progreso humano. En aquellos tiempos, las mujeres tenían vetado beber y hasta servir el vino en la mesa. Era una actividad reservada al pater familias, como ha señalado la profesora de Derecho Romano de la ULE, Gema Vallejo.
Ahora las mujeres pueden beber vino y en los últimos tiempos son noticia los casos de chicas jóvenes víctimas del abuso del alcohol. Las mujeres entran con más facilidad en el mundo de los hombres que viceversa. En el poder pasa lo mismo. Es más fácil que una mujer que llega sola a un puesto de responsabilidad imite las maneras masculinas de mandar. Es una técnica de supervivencia. Por eso las mujeres necesitan una masa crítica, al menos un 30% de los puestos, para poder introducir cambios reales.
Pero el patriarcado está enfermo. Sufre una especie de mal de altura después de tantos siglos de imposición e implantación en la médula espinal y los vasos sanguíneos de la sociedad. Sufre náuseas y una especie de vértigo que lo convierte en un arma letal. Es el soroche, el apunamiento, después de tantos siglos en la cúspide. El mal de altura, a unas más y a otras menos, afecta a casi todas las personas que se adentran en La Paz, en su valle de la Luna o en la calle Sagárnaga en busca de la colorida artesanía local. En el Altiplano o ante las espectaculares imágenes del Lago Titicaca o el carnaval de Oruro.
En Bolivia han creado unas pastillas especiales para el soroche. Es ácido acetilsalicílico, una aspirina mejorada para prevenir y tratar el mal de altura. Las infusiones o el mascado de hoja de coca o acullico son otra ayuda. No hay pastillas ni pócimas mágicas contra el patriarcado. Sólo derechos y educación capaces de generar los cambios necesarios para erradicar el machismo, desde las bases invisibles de los micromachismos hasta las más groseras discriminaciones, como la brecha salarial y los techos de cristal en la política, la economía y la universidad, y, por último, la lacra más execrable de la desigualdad, las violencias hacia las mujeres.
El Día de la Mujer se barrunta este año con caceroladas y paros. Me pregunto qué pasaría si de pronto todas las mujeres pararan de verdad por un solo día. El mundo se bloquearía. Paseando por las calles de La Paz, escalando por las carreteras de El Alto, en cualquier esquina de Santa Cruz de la Sierra... o en el Altiplano hay una mujer con una tiendita o una criatura envuelta al costado y, comúnmente, al cargo de ambas.
En un país como Bolivia donde la vida en la calle está en ebullición se ve muy bien el papel, los papeles, de las mujeres en la sociedad. Como trabajadoras, cuidadoras y ‘metedoras’, impulsoras de cambios colectivos. Y pese a ello siguen invisibilizadas por el poder y el dinero. Y muchas veces asesinadas. Las mujeres son, además, las campeonas de la economía informal, de esa parte del Producto Interior Bruto que no cuenta ni cotiza en bolsa pero que sostiene a las casas y a los países.