Diario de León

El invierno de Barjas

El municipio más despoblado del Bierzo ve como envejecen sus últimos habitantes

Publicado por
Carlos Fidalgo ponferrada
Ponferrada

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En Barjas no quedan niños. Las escuelas están cerradas. Ya no sube el cura los domingos si no es para oficiar un funeral. El coche de línea sólo lo hace los lunes, muy temprano. Y en algunos pueblos, el alumbrado público se apaga de madrugada para ahorrar.

«En Barjas iremos al infierno, porque ya no hay misas», ironiza un vecino que invita a los periodistas a tomar café en su casa, a la hora de desayunar, pero prefiere que su nombre no aparezca en este reportaje.

No hay misas. No hay escuela. Es cierto que hay consultorio médico, abierto a diario. Pero ya no nacen niños en Barjas, municipio de jubilados en lo más recóndito del Bierzo Oeste. Entre las pocas excepciones, la de una pareja joven que este otoño reabrió el único mesón de la cabecera del ayuntamiento y se estableció con una niña en edad escolar. La pequeña, sin embargo, sólo duerme en el pueblo. Un taxi la recoge a diario para llevarla al colegio rural de Vega de Valcarce atravesando la misma carretera estrecha y de asfalto irregular que se retuerce entre laderas de robles acostumbrados a la nieve y por la que también circulan, en determinados días de la semana, algunos vendedores ambulantes, tres o cuatro panaderos y un par de pescaderos. Y el acceso desde la N-VI por San Fiz do Seo, más ancho y con mejor asfalto, resulta igual de sombrío. Así que la primera razón que explica la despoblación paulatina de Barjas sigue siendo su aislamiento ancestral.

«La carretera es muy umbría y en cuanto hiela se vuelve muy peligrosa, porque hay zonas donde el sol no sale hasta marzo», cuenta delante de un café, en la cocina del mismo vecino que ha invitado a los periodistas a desayunar, uno de los últimos hombres en activo del pueblo de Barjas. Se llama Manolo, prefiere no dar su apellido, trabaja como peón para el Ayuntamiento y cuando el lector lea estas líneas ya estará jubilado. El pasado 30 de diciembre, el día en que este periódico recorrió el municipio, lo que más le preocupaba era la carretera, la nieve que aparece intermitentemente y el hielo. «Antes ni siquiera echaban sal, ni nada. Íbamos a palo seco, con un Citröen 2CV, que es el mejor para la nieve porque tiene las ruedas estrechas».

Una cuña para la nieve. El mesón de la pareja joven está cerrado. El Ayuntamiento, abierto. «Habrán ido a comprar», dice el alcalde, Alfredo de Arriba, en el cargo desde 1983. En el tiempo que lleva como regidor, ha visto como su municipio ha perdido un 70 por ciento de su población. De 935 habitantes, ha pasado a 264; 140 hombres y 121 mujeres, según el último padrón del Ine. «El futuro es muy complicado -”cuenta De Arriba-”. Tenemos núcleos de población con dos o tres vecinos y los ingresos del Ayuntamiento cada vez son menos. Se está haciendo lo que se puede».

Y entre las cosas que ha podido hacer el Ayuntamiento está subvencionar el festival «Versos en el Hayedo», que este verano reunió a una multitud en Busmayor, o comprar una cuña para acoplarla al todoterreno municipal y retirar la nieve de las carreteras sin depender de las máquinas de la Diputación. La cuña ha costado 7.500 euros. El Ayuntamiento sólo ha puesto mil, con gran esfuerzo, y ha contado con la ayuda de Caja España. «Antes, igual teníamos que esperar tres días para que quitaran la nieve. Ahora, Manolo y yo -”dice refiriéndose al peón municipal-” dejamos las carreteras limpias en un día».

Barjas tiene 14 núcleos de población, pero los habitantes se concentran en Busmayor, más popular porque alberga el mayor hayedo del Bierzo, en Moldes, en Campo de la Liebre y en la propia cabecera del municipio. Lugares como Corrales están deshabitados y sus casas cerradas son pasto de ladrones nocturnos, que en ocasiones llegan a los pueblos preguntando si se vende cobre o chatarra y toman nota de las viviendas desocupadas, según cuenta la última habitante de Hermide, Angelina Cereijo.

Hermide se apaga. Angelina se queja de que el Ayuntamiento apaga las farolas del pueblo de madrugada y ella y su marido, que estos días se recupera de una operación en el domicilio de un familiar en el Bierzo Bajo, tienen que dormir con las calles a oscuras. «En Corrales, todas las casas están saqueadas», cuenta. Pero, salvo por la oscuridad, Angelina, de 67 años y dos hijas casadas lejos del pueblo, vive muy tranquila estos días. «No tengo miedo. Si quieren hacerme daño pueden hacerlo. Yo no le hago daño a nadie».

El matrimonio vive con la pensión de su marido y de lo que da una tierra donde cultiva berzas, patatas, pimientos, algunas hortalizas, y de lo que ponen unas gallinas a las que viene de alimentar cuando se encuentra con este periódico. «Si vendéis Biblias, no quiero nada», es lo primero que dice al descubrir a la fotógrafa y al redactor atravesando la pradera húmeda para llegar a la altura de su casa. «Pensaba que erais los de la Biblia», dice, cansada de que toquen a su puerta para convencerla de que debe tener fe. Y Angelina cree, pero a su manera. «Si no seríamos como bichos salvajes».

En Quintela, solo vive un soltero. Tiene 55 años, se llama Sergio Cela y se las apaña con un rebaño de 70 vacas. Cuando no está con el ganado, dedica el tiempo a la caza. Y por las noches, coge el coche y se acerca a Barjas, o a Busmayor, para jugar a las cartas. Todo para no quedarse solo en casa, delante de un televisor. Sergio, que es hijo único y nunca se ha movido de Quintela, está en el monte, cazando, pero responde a su teléfono móvil. «Las vacas son para carne. Y las vendo a quien me coincide», dice. El cierre del matadero de Ponferrada le ha hecho la puñeta, añade. «Ahora hay que ir a Astorga o a Lugo». ¿Y cómo pasa el tiempo viviendo solo? «Se pasa como se puede. Mal que bien», reconoce. Y vuelve a la caza mientras Barjas, donde ya no se celebran misas los domingos, se sigue sumergiendo en el invierno.

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