crónica. en el número 6 de la calle real

La casa donde las naranjas se comen al revés

Publicado por
León

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Pagan alrededor de 825 euros por su estancia y cuidados. Les llevan al médico de cabecera, al psiquiatra cuando hace falta, limpian la casa, planifican la dieta semanal, compran y manejan su dinero, controlan los gastos, preparan comidas sencillas. En definitiva, los cuidados básicos de un ser humano que depende de otro para estar atendido. «Los desayunos son a las ocho, la comida a la una y la cena a las seis de la tarde», recuerdan al unísono varios de los usuarios de la nueva vivienda de Antimio de Arriba mientras esperan a que terminen de hacer el almuerzo. Gloria González es la encargada de la casa hasta mediodía. Hoy les cocina menestra de verdura y albóndigas. De postre, naranja. Pero lo del postre, como todo en la casa, es relativo, porque cuatro o cinco de los diez usuarios pelan la fruta y la comen antes de empezar a tomar el primer plato.

Por la tarde hay una segunda cuidadora y una tercera por la noche. Es todo el personal que hay en el centro. «No se necesita más porque son muy tranquilos», asegura la nueva responsable del centro durante una de las dos visitas realizadas para este reportaje. Cocina, y como exige la norma, lo hace a puerta cerrada, con el cerrojo puesto.

El acceso a este tipo de centros está regulado por un decreto de 1997 que exige tener una calificación legal de minusvalía. Sin embargo, el trastorno no puede ser demasiado grave y hay que carecer de posibilidades razonables de rehabilitación y recuperación profesional. Por supuesto, se tienen que demostrar las dificultades que hay para que estas personas no puedan ser atendidas en régimen familiar o domiciliario. Por lo tanto, entrar en un centro de este tipo no es algo fácil.

Las normas de conviencia son fundamentales, también las responsabilidades y la comunicación. En Antimio, lo normal es que algún hermano o familiar directo de los internos les visite o se interese por ellos cada mes. En algún caso, inlcuso cada dos semanas. El expediente judicial sobre la atención que se les prestaba hace meses cita un delito de abandono de incapaces, castigado en el Código Penal hasta con dos años de prisión y cuantiosas multas.

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