Las protestas sorprenden a un Gobierno centrado en defender la reforma laboral
El malestar estudiantil amenaza con provocar una revuelta paralela a la sindical.

Los estudiantes celebraron ayer una asamblea antes de abandonar su encierro.
La imagen de grupúsculos violentos en Barcelona y Valencia no logra alterar el paso de los miles de alumnos que han salido a la calle en España para protestar o, por los recortes en educación o, precisamente, para rechazar la agresividad con que fueron dispersadas algunas de las marchas que tuvieron su origen en la falta de calefacción de un instituto valenciano. Un germen que amenaza con provocar una revuelta paralela a las movilizaciones de los sindicatos contra la reforma laboral acordada por el Gobierno.
Lo más preocupante para los análisis gubernamentales es que esto no ha hecho más que empezar, es el preludio de la tormenta. Las protestas de las últimas semanas son la respuesta al ajuste del gasto en Cataluña, el recorte de 9.000 millones de euros acordado por el Gobierno el 30 de diciembre y la puesta en marcha de la reforma laboral. Sin ser recortes menores, falta la parte del león.
Para alcanzar el objetivo de déficit de 5,8% del PIB, el Consejo de Ministros va a tener que hacer este año ahorros de entre 15.000 y 20.000 millones, según calculan en los Ministerios de Economía y de Hacienda. Buena parte de ese ‘tijeretazo’ aflorará con los Presupuestos y el Gobierno no lo esconde.
Tanto Mariano Rajoy como la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría han admitido que vienen más «sacrificios» y que serán más «duros». El Ejecutivo aún esconde sus cartas, pero el 30 de marzo, con los Presupuestos, mostrará los naipes. Sobre la mesa está otra subida de impuestos, esta vez el IVA y los especiales sobre el tabaco, alcohol y carburantes, el aumento de las matrículas universitarias y fórmulas de copago en la Sanidad. Todo ello sin descartar nuevas congelaciones o rebajas salariales de los funcionarios y hasta despidos en el sector público. Es la tormenta que viene.
1397124194 Sin ceder. Los efectos de las revueltas estudiantiles han pillado al Gobierno con el pie cambiado. A Rajoy no le importó confesar en Bruselas que la reforma laboral le iba a «costar una huelga general». Un comentario que no fue casual. El presidente dejó así claro a sus colegas europeos que las manifestaciones o las huelgas no le van a doblar el brazo.
El amplio argumentario que elaboró el Ejecutivo para replicar a los agentes sociales por «no preocuparse» por los 5,3 millones de personas sin empleo, que rozarán los seis millones en este año, según cálculos del Gobierno, se quedó en papel mojado a la hora de contrarrestar las movilizaciones de los estudiantes que despiertan más simpatía ciudadana que los sindicatos.
«Detrás de cada alumno hay un padre y un abuelo preocupados porque los jóvenes no van a disfrutar del mismo bienestar que ellos», explica Ignacio Urbizu, profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid.
Los tambores de guerra de las centrales gremiales, con una huelga general el 29 de marzo en el horizonte, obtienen del Ejecutivo y del PP una respuesta medida: «Algunos se quejan por medidas duras. Cuando tomamos medidas difíciles, pensamos en quienes peor lo pasan», expuso Rajoy durante el congreso que su partido celebró en Sevilla. Las protestas sindicales preocupan menos en la Moncloa porque siguen el mismo patrón desde 1978 y su eco social ha demostrado ser decreciente.