Diario de León

A CIELO ABIERTO

La guerra invisible

Un apacible pueblo de montaña como Ciñera amanece diariamente en posición defensiva, con sus calles colmadas de artillería casera; y el Gobierno sigue sordo .

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romero
León

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El ambiente se va enrareciendo en todos los frentes. Cuando un pueblo minero acostumbrado a la calma amanece en posición defensiva, con sus calles salpicadas de artillería casera, algo no va bien y algún presidente del Gobierno debería pensar en ello. Así es como comienzan los últimos días en Ciñera de Gordón, un pueblo quieto hasta que se ha desencadenado la batalla del carbón. Escribir una crónica que se nutre de los testimonios y desasosiegos de los mineros, de sus familias y de todos los que les apoyan en las cuencas, que son todos o casi todos, ofrece un prisma excepcional para saber, por ejemplo, que, si se cierran las minas de sopetón, en Ciñera no habrá mercado para los dos panaderos ambulantes, ni siquiera clientes para el pequeño mercadillo de los lunes.

Ya han pasado dos semanas desde que el sector carbonero se ha puesto en pie de guerra y afloran muchas preocupaciones. No es para menos. El Gobierno sigue más sordo que mudo y en la cabeza de todos ya empieza a pesar el agotamiento del cuerpo a cuerpo con las Fuerzas de Seguridad y la idea de que, el próximo mes, habrá la mitad de nómina, y ninguna el mes siguiente. «Si hay pa’ los banqueros, hay pa los mineros. Rajoy da la cara», se lee en la nueva pancarta que cuelga desde primera hora en el puente sobre el río Bernesga, una barrera natural que ahora es utilizada para tomar posiciones frente a los antidisturbios; cuando llegan, claro. Y ayer no fue el día. La barricada organizada por los mineros de la montaña central leonesa logró tener cerrada la nacional 630 durante más de seis horas —a partir de las 10:30 horas— y durante otras cinco horas el tráfico ferroviario entre Asturias y la meseta sin que apareciesen los equipos especiales de la Guardia Civil. Un helicóptero comenzó a controlar la zona a partir de las diez y cuarto de la mañana, cuando el tráfico en la nacional era inusualmente denso. El temprano corte de la autopista del Huerna a la altura del puente de Fernández Casado —es la segunda vez en una semana— había desviado una caravana de vehículos hacia el puerto de Pajares, algo que no sirvió de mucho porque todos ellos se quedaron después atrapados en la comarca de Gordón. Al mismo tiempo que se tomaba la calzada con neumáticos, quitamiedos doblados, basureros, árboles y balasto del ferrocarril, un pequeño incendio en el túnel número 4 y un pilar de hormigón atravesado en las vías dejaba cortado el tráfico ferroviario desde las diez y media de la mañana hasta las tres y media de la tarde.

Se esperaba un despliegue de antidisturbios —«hoy nos van a dar de lo lindo»—, pero no fue necesario. Dos agentes situados en una de las cimas que otea el pueblo de Ciñera observaron durante toda la mañana los movimientos del piquete. Las carreteras secundarias de La Vid y de La Pola de Gordón estuvieron también vigiladas durante toda la mañana por patrullas de la Benemérita. Aún así, hubo decisión de no intervenir contra los mineros. La estrategia policial ha cambiado radicalmente desde el primer día que se levantaron barricadas en Ciñera, cuando los antidisturbios cargaron contra el piquete, incluso dentro del pueblo. Al terminar la mañana y tras cumplir la misión se propone disolver la protesta, pero no hay unanimidad. Ciñera, otra vez con las puertas de todas las casas abiertas de par en par, sigue al lado de sus mineros. Y ellos vuelven a mostrarse firmes en este largo pulso al Gobierno; su pan depende del que diga la última palabra.

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