EN BLANCO
Cosas chiquitas
Lo bonito sucede a veces, tal como pudimos comprobar el otro día en la Biblioteca Pública gracias a la presentación de Cosas chiquitas , una película-reportaje que semeja alguno de aquellos maravillosos cuentos de Hans Christian Andersen. El milagro que lleva aparejado un acto tan simple como abrir los ojos, sumado al deleite que produce la memoria, son los grandes ejes sobre los que gira este proyecto visual protagonizado por un escogido ramillete de abuelos procedentes, en buena medida, de las localidades de Orzonaga y Acebes del Páramo. La aportación capitalina al documental lleva los nombres de Enrique Alegre y, cómo no, del incombustible Pepín Muñiz, un hombre cuya edad fluctúa entre los 60 y los 100 años, según han dictaminado sesudos estudios antropológicos. En respuesta a los mejores recuerdos de su vida, responde impasible: «La mujeres, las que amé y las que no amé, las que me amaron y las que no me amaron. Todas.». La directora de esta obra que permite al espectador paladear los rincones de la memoria común es Sara Tejera, una madrileña licenciada en Arte Dramático que ha viajado por medio mundo predicando la buena nueva del teatro, la música y otras artes que considera propias.
De tan activa inquietud surgió la idea de inmortalizar a su abuela Juliana, una de las voces vivas incluidas en aquella generación crucial que supo sobrevivir a la España en blanco y negro de su época. Sara entró en contacto con Fernando Fernández-Gil, fundador de la plataforma de voluntariado Los Argonautas, y con la ayuda del médico y escritor Manuel Cortés han pergeñado una propuesta que nos lleva a retroceder en el camino del recuerdo, llevados de la mano por un selecto abanico de gentes de la vieja escuela. Se trata, en definitiva, de dejar fluir el verbo y la confesión por parte de unas personas que pueden presumir de su indiscutible veteranía espiritual. Una película para ver y recordar.