LEÓN LUCHA POR LA MINERÍA. LA BATALLA DE LAS MUJERES
Ellas también sudan
«Vivir al lado de un minero te hace diferente, con más agallas», aseguran las esposas de dos marchistas de Torre del Bierzo .
Efusivo encuentro del matrimonio de Torre del Bierzo en Botines.
«Un día antes de nuestra boda Manuel tuvo un accidente y casi se queda en la mina, en Antracitas de Brañuelas. Se salvó porque se quedó en un rincón hasta que le sacaron». recuerda su esposa, Sandra Moas, 16 años después de su primera prueba de fuego como mujer de minero. Manuel Agostinho «fue arañadín» a la boda.
Desde entonces Sandra lo pasa mal «si se retrasa 20 minutos. Hasta que llega a casa y veo que está bien», confiesa. Y eso que a ella le tocó correr delante de los antidisturbios a principios de los 90 en Bembibre. «Dejábamos los libros en el instituto y marchábamos a cortar la carretera», cuenta. Entonces era por su padre.
Ser esposa de minero «es duro», admite Montse Sánchez. Vivir el día a día a su lado «nos hace diferentes y acabamos teniendo más agallas». Su marido, José Luis Fernández, trabaja en el cielo abierto de Coto Minero Cantábrico (CMC) en Cerredo (Asturias).
Montse y Sandra viven juntas la Marcha Negra a Madrid. Son «amigas y vecinas» de Torre del Bierzo, pueblo del Bierzo Alto donde apenas quedan en activo una docena de mineros. «Hay muchos prejubilados, pero si se cierran las minas que quedan es el fin porque no hay nada más y no hay alternativas: mira cómo están LM y Cristalglass. Nos están enterrando», lamentan. Su mensaje es claro: «No defendemos a los empresarios, sino los puestos de trabajo y a las cuencas», asegura Montse con mucha energía.
Se complementan la una a la otra. «Yo soy la temperamental», afirma. «Y yo la que tranquiliza», añade Sandra. No están solas. Suman esfuerzos en la Asociación de Mujeres en defensa de las minas de carbón para dar soporte a los mineros en lucha, explica Belén Piñuelo.
Sara Moas prefiere ver a su marido en la marcha que cortando las carreteras: «Aparte de la sanción económica corren mucho peligro. Anoche (por el lunes) aún estaban corriendo por el monte a las diez de la noche», subraya. Manuel estuvo en la Marcha Negra del 2010.
Montse tiene al esposo en la marcha y a un hijo, Jefry, en la lucha que mantienen los mineros en las cuencas. «Es mejor que sea el padre el que camine, aunque cuando le vi en Tremor me sentí muy triste. Mi marido es cazador, pero no es lo mismo ir por el monte, que paras cuando quieres que caminar sobre el asfalto», apunta. Ayer le vio mejor. Tenía razón el hombre: «Soy como los buenos vinos, a medida que van pasando los días he cogido más fuerza». «Es que se pasa 10 horas sentado en un buldozer y eso machaca los huesos», apunta ella. Es hijo del minero más antiguo del pueblo.
La marcha, añade, «le está sacando sentimientos desconocidos» después de más un cuarto de siglo de matrimonio. «Es un hombre muy reservado y le he visto emocionarse de una manera...». José Luis Fernández tiene 52 años y le jubilaron por enfermedad con 39.000 pesetas. Decidió volver al cielo abierto. «Tiene un 50% de gas metal en los pulmones», afirma Montse. Es la primera vez que participa en una marcha minera.
La mina castiga el cuerpo de los hombres y el ánimo de las mujeres. «Manuel tiene primer grado de silicosis avanzado y bronquitis crónica», afirma Sandra. Es minero de interior en Uminsa y lleva 19 años de mina en las espaldas. Sus padres, que viven en Portugal, no saben que está en la marcha. «No saben lo que estamos viviendo aunque se lo imaginarán», afirma Sandra.
Ellas llevan el peso de la casa y trabajan en lo que pueden. «Limpiando», contestan. Con el pequeño sueldo de Sandra y la ayuda de la familia están salvando el mes y medio sin nóminas de las minas. «Me ayuda mi suegra», dice Montse.
El camino hasta Madrid se les antoja largo a estas mujeres, pero saben que sus maridos llegarán hasta el final. Las visitas de las familias se espaciarán ahora que dejan atrás a León. A sus maridos, afirman, les sostendrá en la marcha «su trabajo y sus familias, saber que estamos al 100% con ellos».