El Rey vuelve a la Transición
Don Juan Carlos intenta superar la crisis de imagen de la Monarquía tras su safari de elefantes con el refuerzo de su perfil constitucional y su papel como jefe del Estado.
Don Juan Carlos dio con la tecla de cuál debía ser su papel político e institucional durante la Transición. Se remangó y trabajó para que el sistema democrático se asentara, pero sin el borboneo —inmiscuirse en política— que le costó el trono a su abuelo Alfonso XIII. Remató su actuación con la deslegitimación de los generales golpistas del 23-F y el respaldo inequívoco al sistema democrático. A lo largo de estos años el Rey ha vivido de aquellas rentas, alimentadas con un comportamiento institucional intachable.
Treintaisiete años después, está sumido en una grave crisis. La Zarzuela ha diseñado ahora una estrategia para recuperar el aplauso de antaño, y la ofensiva soberanista del nacionalismo catalán ha proporcionado el escenario que parecía ideal para reverdecer viejos laureles, pero el efecto no ha sido el mismo.
El Rey sumió los recortes que afectan a toda la administración pública, divulgó las cifras, aunque fuera a grandes trazos, del reparto del dinero entre los miembros de la familia real, remozó su página web para permitir que los ciudadanos puedan dirigirse al Rey y su familia a través un libro de visitas, difundió fotografías y reportajes. Redobló su agenda y, pese a estar convaleciente de su intervención quirúrgica, viajó por medio mundo, presidió actos institucionales y sus encuentros con líderes políticos, sindicales y empresariales fueron menos discretos.
Viendo la televisión
Pero ahora se necesitaba algo más para relanzar la figura del jefe del Estado. Don Juan Carlos vio por televisión con sus colaboradores más estrechos la gigantesca manifestación soberanista del 11 de septiembre por las calles de Barcelona. Se preocupó. Dos días después, envió al jefe de su casa, Rafael Spottorno, a un desayuno informativo con Artur Mas en Madrid. Su presencia contrastó con la absoluta ausencia de ministros y dirigentes de PP y PSOE. El viernes, 14 de septiembre, don Juan Carlos y su equipo deciden colgar en la página web una carta de respuesta al envite de la Generalitat de Cataluña e informan al presidente del Gobierno, que da su conformidad al texto. Sin embargo, la Zarzuela aguarda hasta el martes para hacerla pública. Ese día el Rey tiene que presidir la apertura del Año Judicial y la Casa Real no quiere opacarlo ni tener que responder a las preguntas de los informadores.
Una vez que el Rey abandonó el Supremo, la carta se hizo pública. «Lo peor que podemos hacer es dividir fuerzas, alentar disensiones, perseguir quimeras, ahondar heridas», rezaba un párrafo. La misiva cayó como una bomba en todos los círculos políticos, para bien y para mal. La sorpresa fue total porque el Rey se mojaba a fondo y se ponía al frente del rechazo a la ofensiva independentista del nacionalismo catalán. Un gesto político impensable hace solo unos meses.
La Casa del Rey había calculado que con el rechazo a las aventuras secesionistas reflejaba el sentir de la mayoría de los españoles, así lo confirman todas las encuestas, aunque el precio fuera enfrentarse a una minoría, los nacionalistas. La estrategia que empleó en la Transición, cuando era portavoz del criterio mayoritario.
Pero han pasado muchos años y la sociedad y las fuerzas políticas han cambiado. La palabra del jefe del Estado ya no es incontrovertible, y mucho menos en controversias políticas. Los episodios negativos de los últimos años, a juicio de diversos sociólogos, pueden haber minado la complicidad de ciudadana con la Corona, y lo que funcionó en la Transición puede que no funcione casi cuatro décadas después.