Perfil
El gran salto del delfín
Alberto Núñez Feijóo (Ourense, 1961) tenía todas las papeletas de seguir el mismo camino que la mayoría de los gobernantes que se han examinado en las urnas en los tres últimos años: volver a la oposición.
La crisis ha cambiado presidentes de todos los colores políticos, pero el líder del PP gallego ha resistido para satisfacción de su amigo y jefe, Mariano Rajoy, que coge oxígeno de cara a un otoño repleto de protestas ciudadanas contra su política de ajuste. Con este éxito Feijóo, además de conservar la presidencia de la Xunta de Galicia hasta el 2016, gana enteros para convertirse en el único barón del PP con opciones de sustituir a Mariano Rajoy al frente del partido. Eso sí, cuando toque. Un anhelo que jamás confiesa en público, aunque es uno de los líderes territoriales del PP que más y mejor cultiva sus relaciones con los círculos de poder de Madrid y suele tener una presencia alta en los medios de comunicación nacionales.
En el centro político
Feijóo se ha esforzado en representar la imagen de un político con dos pies en el centro político. Alejado de los extremismos y las salidas de tono, no le ha importando enfrentarse a las directrices marcadas por la dirección nacional del PP e, incluso, oponerse a decisiones de ministros de Rajoy. «No siempre tengo que estar de acuerdo con lo que dice mi partido», sacó pecho antes de la campaña electoral.
Su contestada idea de presentar su campaña con un cartel sin siglas ni símbolos del PP no fue un gesto baladí. Hoy por hoy, la marca Feijóo supera en Galicia a la del PP, muy tocada por los severos ajustes impuestos por el Gobierno central. No ha sido una casualidad que en los quince días previos a las elecciones, el presidente gallego haya marcado distancias con Rajoy. «Esto va sólo de los problemas de Galicia», ha repetido hasta la saciedad Feijóo en estas dos semanas intentando romper los intentos de la oposición de izquierdas de convertir los comicios gallegos en un plebiscito sobre los tijeretazos de Rajoy. Un aire de modernidad que, curiosamente, cala más en las zonas rurales —el gran feudo del PP gallego— que en las capitales, con más presencia de la izquierda.