Carlos Fabra, la política como cortijo
. El ex presidente de la Diputación y del PP de Castellón, gobernó y lideró el partido sin que nadie se inmiscuyera nunca en su territorio ni en sus decisiones .
«¡Mirad, este es el aeropuerto del abuelo!». Carlos Fabra se ufanaba así ante sus nietos en la inauguración del fantasmal aeropuerto de Castellón hace dos años. Esa era su forma de entender la política, un cortijo particular del tamaño de la provincia de Castellón en el que hacía y deshacía sin que nadie, ni desde Madrid ni desde Valencia, se entrometiera. Lo controlaba todo, desde el detalle más nimio. El ex ministro socialista Jordi Sevilla solía contar que cuando hacía campaña electoral por esas tierras era motivo de fiesta y alborozo el día en que alguna cadena de televisión local, y había decenas, se interesara por ellos.
Un control absoluto que no era una estrategia medida, era lo que había aprendido en casa. Los Fabra, desde ‘el agüelo Pantorrilles’, el tío tatarabuelo de Carlos que presidió la Diputación desde 1874, hasta su padre, que ocupó el mismo puesto durante el franquismo, han controlado el poder provincial con mano de hierro. La idea, además, es perpetuar la saga. Su hija Andrea, diputada y protagonista de un sonoro «que se jodan» cuando Rajoy detallaba en el Congreso los recortes en el subsidio de desempleo, está en la recámara para que la sexta generación tenga también un retrato en los salones nobles de la Diputación.
Cacique
Esa es la forma de entender la política para Carlos Fabra. «Si ser cacique es ejercer la autoridad en mi partido y ejercer de presidente, pues sí, soy cacique», comentaba cuando simultaneaba el liderazgo territorial del PP y el gobierno provincial, dualidad que duró dos décadas. Su política de personal tampoco deja lugar a las dudas: «El que gana las elecciones coloca a un sinfín de gente, y toda ese gente es un voto cautivo y agradecido». No iba descaminado. En las municipales de 2007, cuando las acusaciones por tráfico de influencias, cohecho y fraude fiscal recrudecían, volvió a arrasar con una mayoría aplastante. «He sido absuelto por el pueblo», proclamó.
El aspecto, un tanto siniestro con sus eternas gafas oscuras que tapan el ojo que perdió en su infancia, dicen que jugando con su hermano, no contribuye a mejorar su imagen de autoritario. Pero quienes le conocen dicen que, aunque no puede evitar el punto de chulería, gana en las distancias cortas, donde es afable y hasta dicharachero. Lo que sí es un tipo con suerte. Cuenta que hasta siete veces le ha tocado la lotería entre 2000 y 2008. La última vez hace cinco años y nada menos que dos millones de euros. Días antes del sorteo del Niño, cansado de las acusaciones de blanqueo de dinero con décimos premiados, dijo: «Si me toca, me sacaré la pirula y mearé en la sede de IU». Le tocó, pero no consta que hiciera lo segundo.